ELEVANDO LA OBRA

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Elevando la obra

En la construcción de nuestro interior como una fortaleza inexpugnable capaz de permitir a nuestra alma el abandono de las etapas de sufrimiento, se presenta una segunda fase que tiene que ver con embellecer el esfuerzo realizado. Para ello, si en el capítulo anterior iniciamos el camino de construcción de nuestra propia fortaleza luchando contra nosotros mismos, llega el momento de elevar esta obra a episodios de belleza y resplandor.

Para poder brillar, es preciso no sólo la construcción, sino dar lustre a la obra realzando sus líneas y alcanzando otra dimensión, que transciende la impresión del esfuerzo realizado y la convierte en admiración y ejemplo para otros. Es la capacidad de trascender, de llegar al corazón de aquellos que admiran una obra de arte, un prodigio de belleza y creatividad.

La creatividad y la belleza en las artes materiales sólo está al alcance de unos pocos, aquellos que ponen en su obra no sólo la razón sino fundamentalmente la emoción. Son aquellos que impregnan de auténtica belleza espiritual todo aquello que ejecutan, asistidos también por aquellos otros que, desde el otro lado, comparten sus luces, brillanteces y elevadas conquistas superiores.

En el alma humana ocurre otro tanto, cuando conseguimos localizar las cegueras que la aturden y comenzamos a edificar la fortaleza interior que nos preserve de ellas, se hace preciso dar paso a la luz, a la dimensión renovada de la verdad y del bien que emerge desde los planos superiores de la vida hasta llegar incluso a la oscuridad del mundo material.

Algo tan difícil está al alcance de unos pocos, aquellos que preparan su conciencia, su intelecto y su emoción para recibir estas impresiones siderales procedentes de la Fuente de Creación Divina. Cuando, después de construir nuestra fortaleza interior nos decidimos a elevarla, es cuando nos colocamos en la posición precisa para recibir las “luces de la eternidad” que embellecen no sólo nuestra alma, sino las de todos aquellos que las contemplan.

Esta tarea del embellecimiento interior, que tiene como ineludible esfuerzo el trabajo constante y el servicio al prójimo, es una difícil y extraordinaria epopeya que transcurre a lo largo de varias vidas en la materia, donde vamos comprendiendo la importancia y trascendencia de valores como la abnegación, el sacrificio por los demás, el testimonio de la verdad.

Y al propio tiempo, como un hierro candente que ha de sumergirse en el agua helada de la fragua, experimentamos la incomprensión, la intolerancia, la difamación, la ingratitud y muchos otros aspectos que nos ponen a prueba. Y es precisamente a raíz de superar estas pruebas con humildad, con resignación, con tolerancia y con comprensión hacia aquellos que nos agreden o nos ofenden, cuando se abre paso en nuestro interior esa pequeña luz, ese anticipo de las estrellas emergentes del alma que comienza a despuntar en el alba de nuestra auténtica brillantez como espíritus.

La capacidad de aceptar el sacrificio en el bien, la injusticia sin rebeldía, la defensa de la verdad a pesar de la difamación, y continuar adelante siempre, sin retroceder ni avergonzarse de nuestros principios, es un embellecimiento de nuestra propia alma que nos predispone y nos prepara para misiones futuras de mayor alcance y progreso espiritual.

Comprendiendo cuál debe ser la actitud, es más factible acertar en las decisiones importantes que tomamos a lo largo de las distintas vidas que debemos afrontar. Pero hemos de tener cuidado en una cosa: no podemos comenzar la casa por el tejado. Los cimientos han de construirse de forma segura, firme, tal como explicábamos en el artículo anterior de esta serie. Y una vez los cimientos se hallen firmemente asentados, dejar que el embellecimiento de nuestra propia alma crezca a través del sacrificio, el testimonio, la entrega desinteresada al bien y al prójimo.

Esta etapa de elevación que supone el embellecimiento del alma, el comenzar a desarrollar en nuestro interior las luces de nuestro espíritu inmortal, llega indisolublemente unida a un aspecto: el abrazo de la virtud

Un sabio de la antigüedad explicaba: “el hombre sabio es el hombre virtuoso”. Otro, que fue discípulo del anterior, nos legó un tratado sobre la “Ética de la Virtud”, confirmando que ésta surge del esfuerzo interior del ser humano, de la construcción y esfuerzo personal que el ser realiza interiormente por elevarse, por mejorarse, por armonizarse con el mundo, la naturaleza y las leyes trascendentes que rigen el proceso evolutivo del ser.

La distinción entre moral y virtud es pertinente, pues la primera es variable en función de las reglas sociales, religiosas o históricas que cada sociedad o civilización acepta como válidas. Mientras que la virtud es lo que eleva el alma por encima de reglas morales, pues la virtud nos conecta con las leyes trascendentes que Dios ha colocado en nuestra conciencia.

Es esa virtud que supone el descubrimiento del “dios interior” que cada uno de nosotros llevamos impregnado en la esencia de nuestro espíritu inmortal. Somos a imagen y semejanza de Él, y como tal, poseemos en potencia todas las cualidades de la perfección, la verdad y la sabiduría.

Y puesto que las luces que eliminan la ceguera del alma humana se encuentran en nuestro interior, es preciso pues dejarlas aflorar. Para ello necesitamos del esfuerzo por reconocer lo que somos realmente: seres inmortales, creados a imagen y semejanza de la Grandiosidad Cósmica, causa primera de todo lo que existe; y por ello mismo con un propósito y claro significado de llegar hasta Él.

Este retorno se efectúa mediante un camino que es iluminado por nuestro propio interior, abrazando la virtud como el medio de llegar a la meta más rápidamente. Es esta identificación con los valores superiores de la vida del espíritu inmortal (virtud) la que nos permite avanzar rápidamente, dejando de lado las vidas de dolor y sufrimiento, cuyas causas se encuentran en nuestros propios actos equivocados de etapas pretéritas.

Es todo un elenco de valores superiores como el amor, el perdón, la humildad, la pureza, la abnegación, el testimonio, el sacrificio desinteresado, la caridad, etc., lo que podemos considerar como virtudes en esta etapa humana que experimentamos ahora. Existen muchas otras que todavía no estamos en condiciones de comprender y alcanzar, y que van tomando carta de naturaleza en nuestro interior a medida que vamos elevando la obra interior de nuestra alma en la belleza de los ideales superiores que adornan al espíritu inmortal cuando llega a etapas angélicas de perfección y felicidad.

Así pues, nuestras luces como seres eternos destinados a la felicidad y la plenitud se encuentran vinculadas a la elevación interior de nuestra alma, siempre unida al esfuerzo y el mérito que la conquista de las virtudes superiores nos permiten, en un recorrido incesante de crecimiento y elevación que conecta de forma armónica y luminosa con la Fuente Creadora e Inteligencia Suprema del Universo.

Elevando la obra por: Benet De Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

2024, Amor, Paz y Caridad

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