ESTADOS DE CONCIENCIA

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Estados de conciencia

«La ley en nosotros se llama conciencia. La conciencia es propiamente la aplicación de nuestras acciones a esta ley.»

«Pedagogía» – Immanuel Kant, Filósofo

En un capítulo anterior de esta serie, detallábamos las fases de evolución (niveles) de la conciencia por la que transita el alma humana desde sus inicios evolutivos en la etapa hominal. Analizábamos cinco niveles desde la Conciencia de Sueño sin Sueño hasta la integración en la Conciencia Cósmica. Siendo esta la última fase que el alma adquiere cuando se reintegra de forma plena al pensamiento y el amor divino una vez alcanzada la perfección relativa y la plenitud. 

Advertíamos en esa explicación el hecho de que son muy pocos los seres en la Tierra que han alcanzado esa plenitud de integración cósmica con la divinidad sin perder su individualidad. Jesús, Buda, Krisna, y algunos otros son ejemplos de esta amplitud de la conciencia cósmica en el hombre perfecto, angélico e iluminado.

Pero esta realidad de la evolución de nuestra conciencia nos pone en evidencia que el alma transita desde los primordios de la evolución en las formas físicas hasta alcanzar en el hombre la plenitud con razonamiento, libre albedrío y voluntad que le permite dirigir conscientemente su destino. La frase del gran filósofo León Denis lo resume así: “El alma duerme en el mineral, siente en la planta, se emociona en el animal y razona en el hombre”. Sin duda, todo se eslabona en el universo hacia formas más perfectas evolutivamente hablando, tanto en el aspecto de la evolución biológica (ley de selección natural) , como en el aspecto de la evolución anímica (desarrollo del psiquismo) y la evolución espiritual (adelanto del alma humana). Por ello, después de la etapa hominal caracterizada por el razonamiento, llega la etapa superior de la intuición; algo que todos alcanzaremos antes o después.

Con frecuencia, en ese proceso de evolución que afecta a todas las formas, materiales, psíquicas o espirituales, se suele confundir el papel que tiene la conciencia en cuanto a su manifestación y estado. Se precisa, pues, necesaria y conveniente la explicación acerca de diferenciar ambas cosas; por un lado, los niveles de conciencia, que son equivalentes a las fases de la conciencia que ya explicamos, y por otro lado los estados de conciencia. Estos últimos nos presentan el momento presente de la conciencia que se trate. Es decir, cómo se manifiesta la conciencia del individuo en el punto de progreso y evolución en el que se encuentra.

Y esta manifestación puede ser sublime o perturbadora, puede ser equilibrada o distorsionada, puede oscilar entre la patología mental mas grave o el estado de conciencia más luminoso. El que pueda encontrarse en uno u otro estado no depende del cerebro ni de la mente. Depende exclusivamente del alma, de su nivel de adelanto y progreso moral y evolutivo que condiciona su patrón energético elevado o mórbido, de alta o baja frecuencia si hablamos en términos de energía. 

Y también depende de las pruebas, expiaciones o planificaciones que el alma trae a la Tierra en cada reencarnación, pues podemos encontrarnos espíritus nobles y elevados que aceptan misiones penosas en cuerpos deficientes y mentalmente perturbados para ofrecer su sacrificio y ejemplo a los que les rodean. Estos no merecen la expiación, pues su nivel moral es superior, pero manifiestan conciencias perturbadas derivadas de la malformación cerebral o biológica, aceptada plenamente antes de encarnar por ellos mismos para llevar a cabo su misión de sacrificio.

Por ello es preciso, una vez aclarados los niveles de conciencia en el capítulo al que hacíamos referencia, enfrentar ahora los “estados de conciencia” que puede experimentar el alma humana. Es importante destacar en primer término que el órgano de manifestación de la conciencia es en primer lugar la mente humana, que cuando estamos encarnados usa del cerebro para poder manifestar los impulsos y la voluntad que dirige sus acciones, pensamientos, emociones y comportamiento.

Así pues, un análisis de los estados de conciencia no puede realizarse sin distinguir los estados mentales de los estados cerebrales; pues no son la misma cosa. Pongamos un ejemplo: el traumatismo craneoencefálico que origina en la persona la pérdida de masa cerebral suele tener como consecuencia en la mayoría de los casos disfunciones mentales deterioradas al faltar parte del receptor (cerebro) encargado de gestionar y transmitir los impulsos de la mente.

Sin embargo, en lo referente a la conciencia de la persona, puede que no se vea afectada en absoluto, ya que se conocen casos de personas que, habiendo perdido el 45% de su masa cerebral en accidente, su cerebro funciona perfectamente a nivel de conciencia después de haberse recuperado del traumatismo recibido. 

Este ejemplo nos sirve para diferenciar claramente los estados mentales de los estados cerebrales, y ambos de los estados del conciencia. Se suelen dar casos igualmente paradigmáticos. Otro ejemplo sería el de aquella persona que perdió la memoria a raíz de un traumatismo cerebral y desconoce quienes son su familia, su esposo, hijos, etc. sin embargo, esa persona mantiene perfectamente lúcida su conciencia, su capacidad de reflexión, abstracción y razonamiento. Lo único que ha perdido es “la memoria”, pero no su conciencia como individualidad, específica, concreta y con capacidad de decidir por sí misma, con funciones mentales equilibradas y sin distorsión. La mayor prueba en este caso llega cuando la persona comienza a reconstruir su memoria a partir del momento en que sufrió el accidente, nunca antes, quedando velados para ella, de forma consciente, los recuerdos y experiencias anteriores al accidente. Una nueva memoria “cerebral” se instala desde el accidente hasta el presente con aquellos nuevos recuerdos y experiencias que va teniendo, pero nunca con los anteriores. 

Y tanto en este último estado en el que se encuentra como en el anterior (antes del accidente), en ningún momento ha perdido la conciencia de si misma, de su individualidad, de su capacidad de decidir, lo que evidencia que la conciencia “siempre está”, aunque los instrumentos de los que se vale para manifestarse (nuestra mente o cerebro) se encuentren deteriorados.

Incluso en los casos en los que aparentemente la conciencia ha desaparecido, como acontece con enfermedades degenerativas como el alzheimer y otras demencias, la conciencia siempre está, aunque no pueda manifestarse a causa de que el instrumento del que se sirve para ello (un cerebro) se encuentra deteriorado y sus células no responden a los impulsos de la mente y la memoria. Cuando tenemos un televisor estropeado, por muy fuerte que llegue la señal de la emisora de TV. y el sonido, no podremos recibir esa señal en las mejores condiciones. A veces de ninguna forma.

Así pues, un estado cerebral distorsionado, como un traumatismo craneal, una infección, una meningitis cerebral, un ictus, etc., producen una deficiente conexión mente-cerebro que impide a la conciencia manifestarse con lucidez y equilibrio. Esto es sin duda un “estado patológico cerebral” que no podemos confundir con otros tipos de estado de conciencia, pero que afecta al individuo en su manifestación consciente equilibrada.

Y a la recíproca ocurre exactamente igual; es decir, un estado mental desequilibrado a consecuencia de patologías mentales como la esquizofrenia, la epilepsia, la depresión aguda, el trastorno bipolar, etc., generan disfunciones en el cerebro que le impiden funcionar de forma equilibrada, alterando no sólo la bioquímica cerebral y con ello la producción de hormonas dañinas para nuestro equilibrio celular e inmunológico, sino también el propio funcionamiento de las sinapsis neuronales (conexiones entre las neuronas), con lo que la capacidad de concentración, atención y raciocinio se ven mermadas notablemente y con ello la conciencia no puede manifestarse de forma equilibrada.

Igualmente, debemos detallar algunos estados de conciencia que tienen que ver con la excepción. Son aquellos conocidos desde tiempo inmemorial pero únicamente definidos y catalogados a partir del siglo XIX con la aparición del psicoanálisis. Nos estamos refiriendo a los mal llamados “estados alterados de conciencia”, que fueron así definidos desde Sigmund Freud para destacar aquellos estados de conciencia específicos que se producen en los trances, éxtasis místicos, mediumnidad, viajes fuera del cuerpo, experiencias cercanas a la muerte, etc., donde las personas que experimentan estos estados revelan un estado de conciencia diferenciado y específico, que muy poco tiene que ver con la mente o con el cerebro.

Tanto es así, que en muchas de esas experiencias (por ejemplo, en las cercanas a la muerte) el cerebro se encuentra a veces “muerto biológicamente hablando”, es decir, con electroencefalograma plano y sin actividad eléctrica, lo que demuestra que la persona en ese estado estaría muerta para la ciencia si el cerebro fuera el origen de la conciencia. Y es curioso cómo las personas vuelven a la vida y además de ello relatan las “experiencias de conciencia” que han tenido mientras han estado “muertos biológicamente hablando”. Si el cerebro fuera el origen de la conciencia, nunca hubieran “resucitado” y mucho menos “recordado experiencias fuera del cuerpo físico” que luego han podido comprobarse como auténticas y reales.

La psicología lleva intentando cambiar el paradigma de estudio de estas experiencias de conciencia alterada desde hace relativamente poco tiempo, apenas unas décadas. Hasta la aparición de la psicología positiva y la psicología transpersonal, estas experiencias eran diagnosticadas y catalogadas como “patologías mentales “; ahora ya ha cambiado la definición, y se tratan como “estados de conciencia alterada” y no como patologías, pues se ha podido comprobar que estas experiencias existen desde la antigüedad (en el «mito de Er», Platón hace 2.500 a. C. ya relata una ECM*), y no son enfermedades mentales sino estados de conciencia diferenciados que acontecen a muchas personas que están perfectamente sanas, mental y emocionalmente hablando.

E incluso, que los grandes maestros espirituales de oriente y occidente han manifestado de continuo estas experiencias como lo más “natural” del mundo en base a sus “éxtasis y trances profundos” que les conectan con la divinidad y el amor cósmico, pudiendo así ser transmisores de la fuente más pura de la verdad única hacia la Tierra.

 Carl G. Jung, compañero y discípulo de Sigmund Freud, ya se distanció de la opinión patológica de estos estados y los definió como una situación “numinosa” de la conciencia humana, donde el ser conecta con la fuente de su origen inmortal y es capaz de vislumbrar estados que en estado de conciencia normalizada son imposibles de entrever. La psicología transpersonal de Stanislav Groff ha seguido ese camino, delimitando que esos estados de conciencia alterada son “estados propios del alma humana”, que no todos pueden traspasar aunque puedan estar al alcance, y que en ningún caso suponen ninguna patología mental, aunque se den casos de personas que los poseen y lógicamente tengan igualmente una enfermedad mental al mismo tiempo. Pero una cosa no supone la otra necesariamente. No conocemos ninguna enfermedad ni patología relevante en los grandes maestros espirituales que vivían a menudo estos estados místicos de conciencia alterada; Jesús, Buda o Krishna, nunca estuvieron enfermos.

Para terminar, diremos que los estados mentales, cerebrales o de conciencia, lo único que manifiestan es la condición y el grado de adelanto moral del alma humana. Y siendo esta la que dirige sus instrumentos a voluntad (cerebro, mente y conciencia), expresa de esta forma su estado anímico, psíquico, mental y espiritual al que ha llegado. 

La propia conciencia no puede engañarse ni siquiera a sí misma, ya que antes o después, tarde o temprano, la realidad de su nivel aparece de forma diáfana: como perturbada, enferma y desequilibrada en el caso de una baja condición moral que manifiesta una energía densa, mórbida y deletérea; o como fuente de inspiración, ejemplo, bondad, sabiduría y amor, en el caso de personas con elevado adelanto moral que contagian a su alrededor sus estados armónicos y saludables de conciencia, vibrando en amor, a elevadas frecuencias de patrón energético, que iluminan allá por donde pasan.

«La primera justicia es la conciencia.»

Los Miserables . Victor Hugo

Estados de conciencia por: Antonio Lledó Flor

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