ELEVACIÓN POR SACRIFICIO

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Elevación por sacrificio

¿Es posible la sublimación por el sufrimiento y la elevación por el sacrificio?

Antes de afrontar este interrogante, deberíamos entender con mayor claridad las acepciones que la palabra sufrimiento y sacrificio tienen en el sentido espiritual del término. El sufrimiento es inevitable en la vida. Consustancial a la misma, todo ser humano experimenta el sufrimiento de una u otra forma, físicamente, psicológicamente, moralmente. El sufrimiento moral es, sin duda, el más pernicioso, pues el dolor físico puede ser hasta cierto punto paliado por los avances de la medicina y la farmacología, mientras que el dolor moral es propiciado por la mente del individuo y se traslada, no solo al malestar psicológico, mental o emocional, sino que también puede ser somatizado por el cuerpo físico.

El sufrimiento puede ser encarado de distintas formas, pero personajes de la talla de Buda y Jesús dieron la clave para minimizarlo y conllevarlo. Con la iluminación de la que eran poseedores, Buda explicó que el sufrimiento deriva del apego o deseo egoísta, y que al extinguir su causa puede superarse. Mientras tanto Jesús, en su Bienaventuranza sobre los afligidos, hace referencia a la compensación del sufrimiento (saldar la deuda con la Ley de Causa y Efecto por nuestros errores del pasado) y la resignación del sufrimiento inevitable que preludia la curación del alma.

Psicológicamente hablando, el excelente neurólogo austriaco Viktor Frankl, con su psicoterapia sobre el sentido de la vida (Logoterapia), nos ayudó a entender cómo enfrentar el sufrimiento para que sea primeramente aceptado, y después examinado y enfrentado con lucidez, a fin de que podamos comprender la utilidad del mismo en nuestro crecimiento personal. Anestesiarlo es ineficaz y conduce a la alienación, según Frankl.

En cuanto al sacrificio y su sentido espiritual, en ningún caso estamos refiriéndonos a la aceptación de un masoquismo sobre nuestro cuerpo. Antes al contrario, “el cuerpo es el templo del espíritu” y nuestra obligación es cuidarlo y mantenerlo en las debidas condiciones que nos permita desarrollar nuestra tarea en la Tierra. 

El sacrificio al que nos referimos es aquel que supone la renuncia a nuestros impulsos egoístas, sustituyéndolos por otros que nos ayuden a compartir y ejercer la solidaridad con nuestro prójimo. Y por otro lado, el sacrificio de renuncia respecto a nuestros gustos materiales, nuestra comodidad, nuestra satisfacción del ego, nuestro apego a los placeres hedonistas, nuestra concupiscencia, etc., anteponiendo a ellos los ideales de una vida superior que nuestra alma necesita y que nos lleva a colocar como prioridades nuestra entrega a los demás, nuestra dedicación a ideales nobles y generosos, solidarios, fraternos y de entrega al prójimo.

Hay personas que no están dispuestas a renunciar, en ningún caso, a eso que se llama “la zona de confort” por entregar parte de su tiempo, sus esfuerzos y sus recursos económicos o de otro tipo a mejorar el ambiente donde vive, el núcleo familiar o social donde se desarrolla, el mundo que le acoge, la naturaleza que lo sustenta, etc. Este, y no otro, es el sacrificio al que nos referimos y que muchos no están dispuestos a realizar, a pesar de sus convicciones religiosas, espirituales o morales.

“El espíritu se sublima en el dolor y se eleva por el sacrificio”

Quinto Ennio – Poeta Romano – S. II a. C.

Establecidas las dos acepciones de sublimación y sacrificio desde este punto de vista espiritual, podemos ahora abordar el interrogante de cabecera. ¿Es el sufrimiento bien aceptado y comprendido un acto de sublimación? Sin duda lo es. La comprensión de las leyes espirituales nos confirma que nadie sufre nada que no merezca o necesite. En la mayoría de las ocasiones, el sufrimiento es una expiación de las faltas y violencias cometidas contra las leyes de Dios. En otras, las menos, el sufrimiento es una prueba que algunos espíritus adelantados se  imponen antes de reencarnar en la Tierra para dar testimonio y ejemplo de cómo sobrellevarlo y ayudar de esa forma a aquellos que se encuentran a su alrededor.

Así pues, el sufrimiento no es cosa de Dios, ni del azar ni de la casualidad. La causa se encuentra casi siempre en nuestro propio pasado o en nuestro presente imprudente. Además el sufrimiento es directamente proporcional a la imperfección del alma. Y cuanto más atrasada moralmente se encuentra, los errores se suceden y el sufrimiento y el dolor son mayores, sirviéndole de despertador para que cambie el rumbo que lleva y que es contrario a las leyes superiores que rigen la evolución del espíritu.

La línea que diferencia la sublimación por el sufrimiento y su nula eficacia es el grado de orgullo y humildad. Aquel que es capaz de aceptar el sufrimiento sin rebelarse, siendo consciente de que es una oportunidad para saldar deudas y al mismo tiempo fortalecer su carácter ante las adversidades, avanza notablemente, ganando así nuevas oportunidades de progreso que le llevan a depurar su alma con mayor facilidad. 

Esta última cuestión es de vital importancia, pues el sufrimiento tiene también como función depurar el alma ennegrecida con nuestros actos delictuosos del pasado y que ensucian los tejidos sutiles de nuestro periespíritu, manchándolo, convirtiendo sus energías en algo denso y deletéreo que a la postre degenera en desequilibrio mental y físico, trasladándose ese desequilibrio energético a los órganos corporales y aflorando la enfermedad mediante la cual deberemos limpiar el periespíritu y saldar la deuda contraída.

Aceptado y enfrentado con valentía, el sufrimiento pierde su fuerza coercitiva y se sobrelleva con dignidad, comprendiendo que es una ayuda para nuestro progreso, que sublima nuestra alma y nos prepara para nuevos retos de progreso que estarán ya exentos del mismo.

¿Es posible elevarse espiritualmente a través del sacrificio por los demás?

 Sin duda ninguna. La renuncia a las pasiones y vicios materiales que nos esclavizan, el culto exagerado al Dios dinero, la fama, la posición social, etc., añadidos a los defectos morales como el egoísmo exacerbado, el materialismo y las adicciones (drogas, sexo, alcohol, consumismo, etc., que son en definitiva fugas psicológicas) son las lacras que nos impiden tener la claridad mental y el equilibrio necesario para entender la profundidad del sentido de la vida. No estamos aquí por casualidad. Toda vida tiene un propósito y este no es otro que nuestro progreso espiritual.

Venimos a la Tierra con tareas por realizar que nosotros mismos hemos aceptado antes de reencarnar, y la elevación espiritual es la principal. No es fácil, es paulatina; sin embargo, si no somos capaces de enfrentar esa mejora moral que necesitamos, el sufrimiento seguirá presente en nuestras vidas actuales y futuras señalando la alarma, cada vez mayor, que tenemos de caminar y elevarnos hacia el bien.

El sacrificio por los demás en nobles ideales a los que consagramos nuestra vida, o las realizaciones ennoblecidas en las artes, las ciencias, la religión, etc., en las que hombres esforzados por vocación dejan lo mejor de sí mismos como herencia para el bienestar de la humanidad, son ejemplos de elevación que son acompañados por ese sacrificio desinteresado, simplemente con el anhelo de servir que anida es esos grandes corazones. 

Para terminar, y aunando la respuesta del principio sobre los dos conceptos, podemos decir que la aceptación sin rebeldía, la actitud noble y generosa, y, sobre todo, el amor al prójimo, son las herramientas con las que vencemos definitivamente el sufrimiento y nos elevamos espiritualmente al sacrificar nuestra vida por los demás. Lo comprobamos con un sencillo ejemplo: Jesús de Nazaret.

“El mayor ejemplo de la victoria del Amor sobre el sufrimiento es Jesús: su vida, su sacrificio personal, y de ahí a la resurrección”

 

Elevación por sacrificio de: Redacción

2019 Amor, Paz y Caridad

 

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