“Fatalidad biológica e inmortalidad del alma«
Desde que se tienen noticias o referencias de las civilizaciones y pueblos antiguos, la búsqueda de la inmortalidad ha sido una obsesión permanente en todas las sociedades y culturas. Tanto es así que los poderosos no han dudado en utilizar todos los recursos a su alcance para “evitar la muerte”, sea cual sea el coste a soportar con el fin de vencer el inevitable proceso de envejecimiento y su colapso final.
Atendiendo a las múltiples referencias históricas podemos ver con facilidad como desde la antigua Sumeria desde hace 5.000 años en la “leyenda de Gilgamesh”, pasando por la religión egipcia y sus momificaciones, o las fórmulas y elixires del antiguo imperio chino hasta llegar a la alquimia medieval y desembocando en la búsqueda de la fuente de la “eterna juventud” en la América pre-colombina, todo nos evoca los esfuerzos y recursos destinados por el hombre en la búsqueda de la inmortalidad.
Esta pulsión, lejos de haberse apagado con la tecnología y el avance de la ciencia en el siglo XXI, sigue vigente hoy más que nunca con los “gurús” que avanzan la llegada del hombre a la inmortalidad dentro de unas décadas, gracias al avance de la biología molecular, la ingeniería genética y la medicina regenerativa.
Junto a ello reaparecen constantemente las antiguas supersticiones de los elixires inmortales, pero ahora revestidos por un aura de pseudo-cientificismo e intereses mercantilistas que se nos anuncian como la fórmula mágica e ideal para evitar el envejecimiento y alargar la vida de manera extraordinaria. Los descubrimientos de algunas propiedades en determinadas sustancias químicas como la melatonina o el resveratrol son exagerados, amplificados y presentados por la publicidad como un moderno elixir para prevenir y derrotar el envejecimiento.
Sin duda, aparte del cuestionamiento científico que tienen estas afirmaciones, es indudable que el ser humano lleva en su interior a lo largo de la historia una necesidad de derrotar a la muerte o alcanzar, de la manera que sea, la perpetuidad, la inmortalidad. Esta característica tan peculiar es un rasgo que nos diferencia del resto de los seres vivos, al ser conscientes de nuestra muerte como una fatalidad biológica inevitable e intentar preveer el futuro que nos aguarda.
Desde un punto de vista espiritual es muy sencillo, el espíritu humano, cuando se encuentra encarnado en la Tierra con un cuerpo físico, intenta por todos los medios hacerse notar en su esencia inmortal, recordando que su futuro es permanente y no se encuentra constreñido a las circunstancias de unos pocos años. La “pulsión” de la que hablamos proviene en sus primeras etapas del instinto de supervivencia, que también tienen los animales y que en el hombre adquiere estatus de racionalidad cuando avanza en su proceso evolutivo.
Así pues, cuando el hombre madura psicológicamente y despierta espiritualmente traspasa la etapa del instinto para descubrir en sí mismo una esencia inmortal que es su propia alma, con una serie de atributos que lo definen y caracterizan individualmente y que no se encuentran en la biología sino en la profundidad e intimidad de su alma.
La inteligencia, la conciencia de sí mismo, la capacidad de pensar sobre sus propios pensamientos, la voluntad, el libre albedrío y la capacidad de decidir por sí mismo no son cuestiones derivadas de un “determinismo biológico o psicológico”. Son las capacidades de su propia alma en acción con las que impulsa y se dirige a través de sus instrumentos (cuerpo físico) para alcanzar las metas que ella misma se impone antes de bajar a la Tierra.
“No somos un cuerpo con un alma sino un alma con un cuerpo”
Teilhard de Chardin
Esta distinción que hace Chardin es nuclear, ya que de la materia no pueden surgir nunca las cualidades morales y espirituales que proceden de la conciencia de cada uno y que están instaladas en el alma humana. En esta distinción encontramos la respuesta al porqué cualquier proceso que abarque al ser humano en su parte biológica (regeneración, clonación, criogenización, etc.) no tiene por qué afectar al alma, verdadera esencia de la vida humana, sin la cual esta no sería posible.
La medicina regenerativa ha alcanzado niveles extraordinarios que son bienvenidos y elogiables de todo punto, pues ha permitido a muchos recuperar parcialmente órganos deteriorados, miembros amputados que son sustituidos por otros de carácter mecánico, herramientas y mecanismos que permiten nuevas posibilidades de movilidad a personas con lesiones medulares graves que se veían imposibilitadas de por vida en sillas de ruedas, etc.
Elogiando sin dudar estos maravillosos avances, así como los que se están proyectando en los laboratorios de ingeniería genética y biología molecular, donde se trabaja en las modificaciones, copias y sustituciones de partes deterioradas del ADN a fin de erradicar determinadas enfermedades, no podemos en absoluto extrapolar los avances que se pueden realizar en todos estos campos, así como en el de la inteligencia artificial, para afirmar una próxima o futura inmortalidad.
El alma es la que sobrevive al cuerpo y este último, aunque la esperanza de vida pueda alargarse varios años o décadas debido a los avances de la biología y la genética, llega un momento en que todo el equilibrio del sistema y la homeostasis del cuerpo sufre un desgaste inevitable que conduce al deterioro celular y orgánico que anticipa el envejecimiento, y con ello el fatalismo biológico inevitable que es la muerte.
Luchar contra el envejecimiento es algo loable y meritorio que puede otorgar mejor calidad de vida en las etapas finales de la persona en la Tierra, cuando los procesos y sistemas orgánicos se van deteriorando por el uso, el tiempo y la incapacidad de las células de regenerarse a partir de determinadas etapas.
Es sabido, según estudios realizados recientemente, que un cuerpo humano que desde su nacimiento nunca sufriera a lo largo del tiempo ningún tipo de perjuicio en sus hábitos, alimentación, o patologías físicas o mentales, podría perfectamente alargar su vida más de cien años sin problemas. Sin embargo, en una imposible e hipotética situación como la descrita, el envejecimiento sería igualmente un proceso inevitable porque los órganos tienen fecha de caducidad, como todo conglomerado de células que podamos analizar y que tienen sus procesos de nacimiento, desarrollo, crecimiento y muerte. Esto, desde el enfoque biológico, en lo que respecta al conglomerado celular de aproximadamente 10 billones de células que componen nuestro cuerpo.
Pero si lo analizamos desde el punto de vista espiritual, sabiendo que somos más que una materia o un conglomerado de células y que en nuestra naturaleza integral existe un cuerpo intermediario llamado periespíritu que permite la vida del cuerpo desde su formación en el vientre materno, entonces todo adquiere mayor sentido. Somos conscientes entonces que una parte de ese cuerpo intermedio entre el alma y el vehículo celular (cuerpo físico) es denominado “cuerpo vital”.
Este cuerpo denominado también como “cuerpo etérico” presenta zonas de concentración de energía que son denominadas como “chakras”, cuya función principal sería la conexión entre los niveles y distintas dimensiones de nuestro ser. Estos chakras se sitúan entre nuestro cuerpo físico y nuestro cuerpo periespiritual, y efectúan la conexión entre los dos cuerpos, situándose en una dimensión intermedia entre el cuerpo físico y el periespiritual llamada etérica, formando parte del mencionado cuerpo etérico.
“Al morir, desaparece el cuerpo biológico y el cuerpo vital, pues este existía para entrelazar el cuerpo biológico con el periespíritu, y también se extinguen los chakras etéricos. Sin embargo, siguen existiendo otros chakras ligados al periespíritu conectando el cuerpo astral con el cuerpo mental (los otros dos cuerpos del periespíritu)”.
Y según nos explica la filosofía espírita, el periespíritu es moldeable, entre otras muchas funciones, pero en lo que respecta al cuerpo etérico es fundamentalmente “semi-material”, con moléculas que permiten la conexión de la estructura física celular con la estructura energética que supone el cuerpo etérico o cuerpo vital.
Y es precisamente llamado vital porque es poseedor de la energía que permite la vida, el fluido vital o animalizado que concede la vida orgánica a todos los seres animados y que los distingue de los inanimados. Por ello, cuando el fluido vital se va extinguiendo y debilitando con el paso del tiempo, la estructura celular a la que otorga “vitalidad” va perdiendo su tono y comienza a ralentizar su funcionamiento con lo que el envejecimiento se convierte en algo inevitable hasta la completa consunción de los sistemas orgánicos que mantienen la vida.
Esta energía vital canalizada a través de los centros de fuerza o chakras es completamente distinta en cada ser humano. Y como bien sabemos, es una energía que puede transferirse y donarse. Es decir, hay personas que tienen la capacidad de “donar o transferir bioenergía”, y hay técnicas de sanación o de medicinas alternativas que estudian y trabajan esta energía y la logran transmitir a personas debilitadas orgánicamente o con escasa energía vital, concediéndoles una recuperación energética que experimentan instantáneamente. Esta característica prueba la realidad de esta energía transmisible, (bioenergía, reiki, mediumnidad de cura, pases magnéticos).
“El fluido vital se transmite de uno a otro individuo, el que más tiene puede donarlo al que posee menos, y en algunos casos, reanimar una vida próxima a extinguirse”
La edad, el tiempo y los usos y/o abusos del cuerpo físico van desgastando y deteriorando la energía vital o fluido que vitaliza la estructura celular a la que el periespíritu se encuentra unido desde la primera célula, el cigoto materno, al poco tiempo de la concepción. Esta es la verdadera razón del porqué la vida celular tiene fecha de caducidad, y por ende, el desgaste orgánico es inevitable.
Lo único que permanece eternamente es el alma unida al periespíritu que se marcha a otra dimensión, la espiritual, donde se sigue viviendo, sintiendo, creando y experimentando. Esta es la verdadera inmortalidad, la del alma, que cuando retorna al plano de vida del que procede, unida a su periespíritu, la denominamos como espíritu.
¿Evitar el envejecimiento y la muerte? por: Antonio Lledó Flor
2025 © Amor, Paz y Caridad
“El principio vital es la fuerza motriz de los cuerpos orgánicos. Los órganos están, por así decirlo, impregnados de energía vital… la cantidad de esta energía no es idéntica en todos los seres orgánicos, y su reserva también se agota”
Allán Kardec, El Libro de los Espíritus, it. 70






