Apartado espírita

EL SENTIDO DE LA JUSTICIA

Hablar del sentido de la justicia es hablar de un sentimiento innato y muy importante para el ser humano, que lleva implícito la puesta en práctica de algunos valores que la complementan, como pueden ser la rectitud, la fortaleza y la misericordia. Todos ellos forman un conjunto armonioso que dotan al ser de la claridad suficiente para actuar debidamente en cada circunstancia de la vida.

Ser justo implica hacer lo correcto en el momento oportuno y obviando aquellos intereses que benefician sólo a una parte; porque, en realidad, la justicia auténtica siempre favorece a todos, aunque algunas veces pueda parecer lo contrario.

La justicia consiste en el respeto de los derechos de cada uno.
(Libro de los Espíritus, pregunta 875).

Ser justo implica el que cada quien reciba lo que le corresponde con arreglo a sus méritos y acciones. El justo no mira exclusivamente por sí mismo y sus intereses. Su visión global, como parte de una sociedad, de un colectivo, le hace ver las cosas desde una perspectiva integradora y común.

Ser justo, pues, significa también aceptar con naturalidad y sin rebeldía las consecuencias que se desprenden de los actos que ejecutamos.

La justicia viene determinada por dos factores: la ley humana y la ley natural.

La ley humana, grosso modo, ha ido variando según las épocas y las costumbres; su imperfección es directamente proporcional al desarrollo moral y cultural de sus habitantes.

Básicamente, desde tiempos remotos la sociedad se ha dividido en dos clases: los superiores y los inferiores; aquellos que mandan y los otros, mucho más numerosos, que son los que obedecen. Los superiores, detentando desde un principio todo el poder y con la intención de mantener sus privilegios, dictaron unas leyes que les beneficiaban, ya que eran ellos mismos los que legislaban.

Con el paso del tiempo, y tras largas etapas de sacrificios por parte del pueblo y de tener que soportar duras represiones, una vez que la claridad del progreso fue avanzando y la ignorancia impuesta se fue sacudiendo, creció el clamor, se perdió el miedo para revindicar la igualdad ante la ley y luchar por eliminar los privilegios de unos en perjuicio de otros. Proclamando a viva voz: ¡Todos somos iguales ante la ley! Algo que sobre el papel todos reconocen, pero que en la vida real dista mucho de que se ponga en práctica.

A día de hoy, todavía nos encontramos con que existen muchas leyes por mejorar; otras no se aplican adecuadamente cuando se trata del poder político o económico. Esto queda reflejado cuando observamos cómo actúan los poderosos que han cometido irregularidades, la forma en que vierten toda una red de influencias para escapar del peso de la ley, ejerciendo presiones sobre los jueces para entorpecer su labor, reprobándolos cuando no son afines a sus intereses; buscando resquicios por donde escapar a sus responsabilidades, aquellas de las que tienen que dar cuentas a la sociedad; o también buscando la manera de anular o desacreditar la pruebas que pudieran incriminarlos.

También ocurre otra cosa hoy día, por desgracia, y es el escuchar por parte de algunos que forman parte de las clases dirigentes: “Esto que se ha hecho es legal pero posiblemente no sea moral”. O dicho de otro modo, y para excusarse: “Nosotros hemos hecho algo que se ajusta a la legalidad vigente; si las leyes son imperfectas, no es nuestra culpa… ” Dándole la espalda a la responsabilidad ético-moral, a los deberes con los ciudadanos para administrar bien los recursos comunes.

Como es fácil adivinar, la justicia humana ha avanzado por imperativo del progreso. Sin embargo, le queda un largo camino que recorrer para ser mucho más ecuánime e igualitaria, donde todos los ciudadanos sin excepción se puedan sentir identificados y bien amparados.

Por otro lado se encuentra la ley natural o ley divina. A través de ella, el ser humano comprende que hay una justicia infinitamente más perfecta que la de los hombres, y es la de Dios. Y es Él, en última instancia, quien juzga los méritos o deméritos de cada actuación humana.

La auténtica justicia se basa claramente en la ejecución de un principio que el Maestro Jesús expresó de manera inigualable: “Como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. (Lucas, 6:31). Para ello hace falta la práctica del amor al prójimo y la caridad, para que sea plena. En este precepto se deben de sustentar las relaciones humanas. Es la guía perfecta que no se equivoca, porque nadie atentaría voluntariamente contra sí mismo; nuestra conciencia, cuando está limpia y no se encuentra empañada por las pasiones o defectos, nos exige unas obligaciones, unas tareas a realizar para con el semejante.

No puede estar manchada por nuestras pasiones ancestrales, como lo fue en el pasado con mayor crudeza, y actualmente ocurre todavía en muchos lugares de nuestro mundo: el ojo por ojo y diente por diente. Nunca debe ser la justicia punitiva sino reparadora. No puede buscar la condena o la eliminación del sujeto, puesto que quien juzga con rectitud no busca culpables sino responsables de unos actos; y es por ello que quien ha cometido un error o una injusticia debe, en primer lugar, comprender el daño que ha infligido a la sociedad, y en segundo término restaurar o corregir, a ser posible, el daño causado.

Si no es capaz de dominarse a sí mismo, debe de ser tratado en los lugares adecuados para su rehabilitación el tiempo necesario, sin límites preestablecidos, hasta que demuestre con su comportamiento que ha mudado de actitud. Por tanto, las condenas perpetuas, o muchísimo peor, la pena de muerte, deberán ser algún día eliminadas de nuestra sociedad. Esto es algo que para muchos, sobre todo para los materialistas que piensan que no hay nada después de la vida o que sólo se vive una vez, les cuesta admitir.

No obstante, con el progreso social y moral se irán corrigiendo las malas práxis. Para ello tendrá mucha repercusión la comprensión de la realidad espiritual, de las leyes espirituales que nos rigen, como es la ley de causa y efecto, donde cada quien recibe en función de sus obras; la ley de la reencarnación, donde todas las acciones se eslabonan en las diferentes existencias, pasando a vivir aquello que no hemos hecho bien, o a reparar con una nueva existencia las lecciones mal aprendidas; o la ley del amor, que es la guía segura de comportamiento, viendo a todos como a verdaderos hermanos, devolviendo bien por mal, perdonando, comprendiendo… Todo ello, en el marco de poseer una confianza absoluta en el Dios Padre, infinitamente justo y bueno.

No obstante, en el otro extremo, la venganza siempre será contraria a la justicia. Esta se apoya en las pasiones descontroladas, y quien la practica se pone al mismo nivel de quien ejecutó el mal. El justiciero no cree o no piensa en la justicia de Dios y ve insuficiente la de los hombres. Puede satisfacer sus ambiciones del momento, pero se genera una responsabilidad con las leyes divinas, le sumerge en una espiral de deudas-sufrimiento de la que tan sólo el perdón y la compasión le pueden sacar.

El mal es, pues, un estado temporal producto de la ignorancia y de la fragilidad humanas; es propio de los mundos como el nuestro, mundos inferiores. Por otra parte, el sentido de la justicia, así como los demás valores que lleva implícitos, serán en el futuro la norma general de convivencia, y formará uno de los pilares más importantes desde donde se construirán las sociedades del mañana. La tolerancia y la comprensión serán el faro que iluminará las conciencias de todos. La hipocresía o la apariencia del bien serán desterradas de este mundo. Las personas se esforzarán por demostrar total coherencia entre sus palabras y sus hechos, única manera de ganarse el reconocimiento y la respetabilidad general.

 

El sentido de justicia por: José M. Meseguer
© Amor, Paz y Caridad, 2018

 

Ser bueno es fácil; lo difícil es ser justo.
Victor Hugo (1802-1885). Novelista francés.

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