EL PROBLEMA DE LA INMIGRACIÓN

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El problema de la inmigración
Inmigrantes procedentes de Europa desembarcando en Ellis Island en Nueva York (Estados Unidos), en 1902.

Libro de los espíritus, Ley de igualdad, Item “803. ¿Todos los hombres son iguales ante Dios?

 – Sí, todos tienden hacia el mismo fin y Dios ha hecho sus leyes para todos ellos. Con frecuencia decís: “El sol nace para todos, y estáis manifestando una verdad mayor y más general de lo que pensáis”.

A lo largo de la historia siempre ha habido luchas entre tribus, pueblos, razas, y ha existido la creencia de que unas eran superiores a las otras. Unos pueblos han conquistado a otros -más débiles- provocando con ello la explotación, la subyugación y la denigración de los vencidos. La esclavitud, el comercio y los abusos de todo tipo han sido hasta hace pocos lustros un hecho común en muchas partes del mundo. Siempre ha habido migraciones, ya que el hombre, en su afán de bienestar y asegurarse el sustento diario, ha ido buscando mejores asentamientos, climas, tierras, prosperidad en suma, aquello que le permitiera subsistir e ir mejorando poco a poco.

Actualmente, con motivo de la globalización y de la facilidad que los medios nos proporcionan para movilizarnos, es más frecuente el hecho de la inmigración, que se produce a diario, principalmente de los países menos desarrollados a los mas adelantados. Las personas siguen buscando una mejoría y huyen de la miseria, de la guerra, del terror y de tantas circunstancias que se generan en sus pueblos que les impiden permanecer allí, y salen, no por capricho, sino en busca de una mejor situación.

Esto genera diferentes opiniones, unas a favor de este hecho y otras en contra. Las naciones procuran legislar para que todo se desarrolle adecuadamente conforme a la ley, controlando así los flujos de migración, y los deberes y derechos que deben amparar a estas personas que, no por gusto, se ven forzadas a dejar sus casas, sus familias y su tierra natal.

No obstante, es irremediable que a nivel particular cada cual se posicione y manifieste su opinión; asimismo, surgen muchos grupos que, coincidiendo en sus argumentos, procuran influir en los gobiernos para que se legisle según ellos consideran. Hay en la actualidad una tendencia, que poco a poco va creciendo, que considera al extranjero, al inmigrante “pobre”, un estorbo, alguien que esta de más en “su” sociedad. Se dice que son ilegales, incluso delincuentes. Consideremos seriamente el término que se utiliza, personas, seres humanos, son ilegales por el hecho de querer formar parte de nuestra sociedad y querer prosperar junto a nosotros.

La gran mayoría de las personas que dejan sus países y todo lo que tienen lo hacen por necesidad y quieren trabajar, ganarse la vida con el sudor de su frente, algo que no pueden lograr allá de donde vienen. Por tanto, debemos dejar a un lado, en este breve análisis, a ese otro posible grupo que es una minoría que puede que no venga con ese objetivo y que incluso puedan darse en algún miembro tendencias delictivas; pero hemos de ser sensatos y prudentes: no debemos meter a todos en el mismo saco. No deben pagar justos por pecadores.

Ante todo, hemos de reflexionar y someter a un sano juicio esta delicada cuestión que representa la inmigración. Hemos de procurar ser justos y ecuánimes, para no incurrir en errores que supongan un daño irreparable a muchas personas que llegan a nuestros países con el sueño de prosperar y de contribuir en consecuencia a la mejora de nuestros pueblos. Son precisamente los estados que más emigrantes han recibido los que más rápidamente han prosperado y se han desarrollado de un modo que, sin este hecho, ni siquiera hubieran podido imaginar. Naciones como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Suiza y otros dieron cabida en sus fronteras a millones de inmigrantes que contribuyeron de tal forma en el desarrollo y expansión de su economía, su industria, etc., que hicieron de estos países los mas desarrollados y económicamente mejor posicionados. Luego, esto dice bien a las claras la necesidad de comprender bien este “supuesto problema” antes de emitir juicios gratuitos y sin la debida reflexión y análisis en todos sus términos.

Nuestro país, España, sin ir más lejos, ha sido históricamente una tierra en la que encontraron y se posicionaron diferentes pueblos y culturas: fenicios, celtas, iberos, visigodos, romanos, musulmanes, judíos, desde siempre nuestra tierra ha asistido en el tiempo a movimientos extraordinarios. Más adelante se convirtió en una nación poderosa, la más poderosa del mundo, gracias al descubrimiento del nuevo mundo, que propició un cambio en nuestra humanidad como nunca lo hubo. El mundo cambió para siempre, y todos los pueblos que llegaron a aquellas costas lo hicieron por codicia, ambición, afán de poder y de dominio sobre las demás. Todas se enriquecieron debido a la explotación de sus recursos naturales y, lo que es peor, de sus gentes, a las cuales anularon, sometieron y casi exterminaron. Esto es historia, innegable; ahora preferimos no recordarlo, pero fueron acontecimientos que nunca se han subsanado.

Nadie dice ahora que todo aquello fue ilegal. No hablemos de lo que se hizo en Africa, quizás el continente más atropellado y en donde se generó más sufrimiento con el comercio de esclavos que duró varios siglos. Ahora sin embargo, todos aquellos que vienen aquí a nuestra civilizada y rica Europa son ilegales. Bajo la luz del espiritismo, todo esto no tiene ningún argumento, ningún sentido, ya que todos los hombres somos iguales ante Dios. El sol sale para todos, y es deber de los más adelantados ayudar a los que van por detrás en el camino. Ayudar se puede hacer de una y mil formas, se deberá estudiar, analizar y brindar todas aquellas soluciones más acertadas y prometedoras; pero lo que no se puede hacer ahora es poner barreras, muros, alambradas y negarles el auxilio a los que están apunto de naufragar en mitad del mar. Eso sí es ilegal, inhumano y falto de toda caridad, que es el principio primordial del amor.

No obstante, como países civilizados necesitamos todavía de sus recursos, la madera, el petróleo, el gas, los minerales, los alimentos, frutas, verduras… a estos no les negamos el paso, pero sí a las personas, o tratamos algunos de tacharlas de ilegales; pero sus recursos sí los queremos, y si es a un buen precio, barato, mucho mejor. ¿No es esto pura hipocresía?

“Queremos lo que tenéis para seguir manteniendo nuestra calidad de vida y nuestras industrias, pero a vosotros no os queremos. A vosotros os queremos para venderos armas, bombas, tanques, toda la maquinaria de guerra, para que os matéis entre vosotros, y así os debilitáis y dependáis más de nosotros; no nos interesa apenas nada más”.

“Seguimos pensando egoístamente, seguimos queriendo esclavizaros, seguimos considerando que somos mejores que vosotros y por tanto no os merecéis otra cosa”. ¡Qué hacen si no las grandes multinacionales en los países menos desarrollados cuando implantan allí sus industrias, dejando sin trabajo y abandonados a su suerte a los trabajadores de sus naciones. ¡Pero eso, claro, es legal; la ley lo ampara, ley humana por supuesto, no ley natural ni de Dios.

Como vemos, es esta cuestión muy delicada y tiene muchos puntos de vista, pero el conocimiento de nuestra doctrina debe servirnos para tener una visión amplia, seria, razonable y justa de los hechos. No podemos erigirnos en propietarios de nuestra tierra, todos somos viajeros del tiempo, todo lo que tenemos es un préstamo; por ser europeos no quiere decir que seamos dueños de este territorio, porque en realidad no nos pertenece, y no sabemos a ciencia cierta cuáles son los designios de Dios y la jugada maestra que nos tiene reservada con relación al fenómeno de la inmigración, que a no dudar todos somos, espiritualmente y en mayor o menor medida, responsables, los que vienen y los que estamos. Nada ocurre por azar.

Puede ser una prueba que debamos pasar los países mas adelantados, puede ser incluso fruto de la siembra anterior, de aquello que hicimos cuando no había ley ni gobierno, sólo ambición y afán de conquista. Una prueba desde luego lo es, sin duda, y tenemos la obligación en primer término de tender la mano, de ayudar, y después de ello vendrán otras consideraciones, como legislación, soluciones en los lugares de origen y muchísimas cuestiones que los hombres verdaderamente de estado, aquellos que deben trabajar y velar por la seguridad y la prosperidad de los pueblos, deben hallar para lograr soluciones.

Cerrar las puertas no es ninguna solución, no se pueden poner puertas al campo. Pero nos debe asistir el espíritu de la caridad, de la solidaridad y de la buena voluntad; otro modo de hacer sólo traerá más problemas añadidos, y lejos quedarán las soluciones y el afrontar los problemas como se deben afrontar, con grandeza, con humanidad, con votos de paz y de fraternidad entre los pueblos.

El mundo ha cambiado, nosotros lo hacemos más despacio, acomodados a lo que tenemos; nos cuesta mucho transformarnos, nos da miedo el cambio, no queremos perder lo que tenemos y por ello pensamos que los que vienen de fuera nos pueden arrebatar lo nuestro. Quizá sea reminiscencia de un pasado no muy lejano, porque nosotros, cuando hemos salido, lo hemos hecho con la idea de arrebatar lo que no era nuestro. El caso es que el mundo nunca va a volver a ser lo mismo, y que hemos de emprender una política diferente. No deberíamos cambiar por la fuerza de las circunstancias, cosa que ya está pasando, deberíamos adelantarnos, ver las cosas venir y actuar en consecuencia para que no nos desborden los acontecimientos. Hemos llegado tarde y ahora se impone una realidad a la que no hemos sabido darle su sentido y ver sus consecuencias positivas. Las personas no son de usar y tirar, como los pañuelos, las personas tienen sentimientos iguales a los nuestros, y si están aquí tienen una razón de ser. En este sentido, nuestro orgullo, prepotencia e ignorancia de las causas espirituales nos pueden llevar a equivocarnos. De todos los errores se recogen antes o después sus resultados. La ley de reencarnación se encarga de darnos las vidas, y en ellas las experiencias que necesitamos pasar. El karma ajusta todo eso infaliblemente.

El caso es que no podemos afrontar este hecho tan sumamente importante de manera trivial: ¡Que se vayan por donde han venido! Los expulsamos y nos quitamos el problema. De verdad pensamos, en primer lugar, que no los necesitamos. Pensamos que son un problema. Pensamos que esa es la solución, así de simple.

Hermanos, la solidaridad toca a nuestras puertas, la fraternidad es algo que no se ha consumado aún en nuestra humanidad; fraternidad es amor entre hermanos. Todos los seres humanos somos hermanos, sin duda. Tenemos ahora lo que hemos sembrado y las pruebas que deben forjar nuestro espíritu; y debemos demostrar que no rechazamos a nadie, que no somos mejores que nadie, y que por encima de todo estamos para ayudar.

¿Puede un padre amar más a unos hijos que a otros? ¿Puede amar mas a su primogénito por ser el primero y menos a los que llegaron después? El sano juicio y la pureza de sentimientos nos dicen que no. Una familia lo es porque se respetan y se aman todos por igual. Pues un pueblo o una nación es igual que una familia, todos se deben respetar y amar por igual. Los que estuvieron antes no debemos olvidarlos, por lo que representaron y lo que hicieron dejándonos su legado; los que están y los que lleguen,  provengan de donde sea, todos son iguales, todos tienen los mismos derechos, y se merecen el mismo amor.

Pensemos en la parábola de los obreros de la última hora, ¿no pueden ser acaso los inmigrantes algo parecido? Si vienen a nuestra tierra con ganas de trabajar, con el deseo lícito de prosperar, y piden trabajo, por qué no darles la oportunidad. Muchos de estos inmigrantes demuestran que quieren trabajar, en lo que sea, tal es la forma de salir de la necesidad en que se encuentran. Muchos de los patriotas, los que hemos nacido con el DNI europeo, no queremos trabajar en muchas cosas, no nos acomodan, no hemos nacido para eso; los trabajos más pesados y menos retribuidos son para los inmigrantes. Eso que muchos dicen de que los inmigrantes nos quitan el trabajo, son excusas baratas.  Lo que subyace en el fondo es la idea preconcebida de que somos superiores a ellos; nosotros los merecemos todo, aunque no hagamos méritos, y  ellos no se merecen nada.

La inmigración no es un problema, este lo creamos nosotros con nuestra forma de ser prepotente, orgullosa, e incluso soberbia. Nos creemos mas puros de sangre por tener la piel blanca, cuando la pureza de una persona no se halla en la sangre ni en la raza, sino en el espíritu; en su adelanto y evolución espiritual, ahí radica la pureza y la elevación de los seres humanos y no en el aspecto material que nos envuelve. El espíritu no tiene sexo, tampoco tiene raza ni color, sopla donde quiere pero no sabes de dónde viene ni adónde va, en referencia a la lección que el maestro de Nazaret le ofreció a Nicodemo.

No es la raza ni el color de la piel lo que importa, eso es temporal, pasajero y no sabemos en efecto de dónde venimos ni dónde encarnaremos en nuestra próxima existencia; pero por nuestras obras así recogeremos. Seamos prudentes y sabios, y no tentemos a la ley y nos ponga en alguna situación que ahora mismo puede no gustarnos nada.

El problema de la inmigración por: Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2019

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