Apartado espírita

EL PRECIO DE UN IDEAL

El precio de un ideal cuesta el sacrificio del idealista

 (Joanna de Ângelis).

El 1 de diciembre de 1955, en un autobús regular de la ciudad norteamericana de Montgomery (Alabama), una señora de 42 años llamada Rosa Parks se negó a ceder su asiento a un blanco que ni tan siquiera lo había pedido, fue el propio chófer del autobús quien la instó para que lo hiciera, creando un problema donde no lo había. La actitud de firmeza de la señora Parks, una mujer de color negro que se dedicaba a la costura y además colaboraba con la Asociación Nacional para el Avance del Pueblo de Color, le supuso la detención por la policía y el pasar la noche en un calabozo, así como posteriormente condenada a pagar una multa de 14 dólares por la infracción a las leyes discriminatorias de la época. Este incidente supuso un punto de inflexión en la lucha por la igualdad en Estados Unidos, un movimiento contra la segregación racial liderado por un joven de 26 años llamado Martin Luther King. Ella nunca se imaginó que un acto simple, espontáneo pero tenaz, como fue negarse a acatar una injusticia social, tendría las consecuencias relevantes que luego tuvo.

La historia está llena de actos de valentía, demostraciones de coraje que han llegado a cambiar el curso de los acontecimientos, dejando patente que el progreso y el avance de la humanidad cuestan un precio, fruto del trabajo y del tesón de personas comprometidas, entusiastas de un ideal, que luchan por un mundo mejor. El caso de la señora Rosa Parks, una persona corriente, desconocida hasta entonces, es un ejemplo de inspiración donde mirarnos.

Nos maravillamos de este caso como de otros que han tenido una significación especial en la historia, olvidando que el secreto de su éxito social se encuentra en el sacrificio y en la renuncia; continuando con paso firme donde otros se paraban. Superando incertidumbres, miedos y afrontando los riesgos de su época. Algunos pagaron un alto precio para llegar a culminar su obra. Por citar algunos ejemplos: Gandhi fue asesinado tras una vida de lucha pacífica por la independencia de la India. Nelson Mandela llegó a ser presidente de Sudáfrica, aunque previamente estuvo encarcelado durante 27 años, trabajó por la reconciliación social. El propio Martin Luther King, murió a manos de un francotirador el 3 de abril de 1968, precisamente en estas fechas se cumple el 50 aniversario del trágico suceso. No podemos pasar por alto a Domitila Barrios de Chungara líder obrera boliviana, luchó contra la explotación de los mineros, lideró una huelga de hambre que supuso la caída del régimen dictatorial del general Hugo Banzer.

Atrás en el tiempo, durante el siglo XIX, nos encontramos con otro ejemplo admirable aunque diferente a los anteriores. El mismísimo codificador de la doctrina espírita, el pedagogo francés Allan Kardec. Tuvo que salir de su restringido círculo de trabajos y proyectos hasta ese momento para abrazar incondicionalmente una obra de gran magnitud que le demandaba todo su esfuerzo y atención; renunció a su paz, descanso y tranquilidad. Además, tuvo que soportar el dolor de las incomprensiones y críticas injustificadas de personas a quienes apreciaba. Una labor en la que puso en serio riesgo su salud por el número de horas que le dedicaba al día, tal y como el mismo mundo espiritual le llegó a advertir. Lo sacrificó todo en beneficio de la “causa” hasta el final de su existencia.

No necesariamente hace falta pasar por situaciones límite, casos extremos o heroicos para sostener y avanzar en la consecución de un ideal noble. La vida nos ofrece oportunidades sencillas, simples, que cuando se van aprovechando se convierten en pasitos importantes que nos acercan al objetivo.

Mantenerse en las luchas diarias sin desanimarse ni variar de rumbo tiene un gran valor. Es precisamente ahí, una vez ha pasado el entusiasmo inicial y aparecen las primeras dificultades, donde otros abandonan o cambian de directrices.

Son aquellos entusiastas que le roban parte de su tiempo merecido al descanso para seguir edificando en el mismo punto donde otros descansan o se distraen. Son aquellos que forjan en su mundo interior unos valores, donde otros ven utopías o conquistas muy lejanas. Se trata, sin duda, de unas realizaciones que invariablemente les hacen crecer y llegan a contagiar a los demás.

El fruto del trabajo constante y permanente mantenido en el tiempo es el que provoca el respeto y la admiración de la gente. No se trata de metas imposibles o utópicas; no obstante, resulta más fácil ver sus logros como algo especial, casi mágico, antes que la culminación de un esfuerzo, un espejo donde mirarnos.

Nos resulta más sencillo crear mitos alrededor de esas personas o considerarlas como líderes carismáticos. El ejemplo de la señora Parks es significativo, de ser despreciada por mucha gente blanca y condenada por las autoridades, pasó con el tiempo y por la fuerza de los acontecimientos posteriores, a convertirse en un icono, recibiendo el reconocimiento social a través de homenajes e incluso condecoraciones; algo que ella en  ningún momento buscaba.

El valor de lo conseguido es proporcional al esfuerzo realizado.

Son numerosas las personas que abrazan nobles filosofías sin la suficiente convicción o fuerza necesaria, sin la debida determinación para asumir los inconvenientes, dificultades y luchas que tendrán que librar. No se puede pretender alcanzar unos resultados, al menos de una forma inmediata, cuando se trata de una tarea que requiere tiempo, dedicación, maduración. Para ello es necesario persistir desde el desprendimiento, renunciando al ego y sus apegos para convertirse en fieles servidores de una causa, pero en la parte de la obra, de la tarea, donde uno se pueda sentir más identificado, más capacitado.

Los compromisos son para cumplirlos y llevarlos hasta las últimas consecuencias. Los trabajos a medias, sin prestarles la debida atención o la importancia que merecen, son el escenario en el que se mueven muchas personas que pululan alrededor de doctrinas o filosofías teóricamente edificantes. Son aquellos que promueven iniciativas, forman parte de directivas, asumen cargos, imparten charlas informativas, asisten a reuniones de trabajo, pero a la hora de la verdad, en el momento de concretarla, se diluyen en un abanico de excusas, de motivos más o menos justificados, posponiendo la tarea o delegando en otros.

Lo fácil, lo que supone poco esfuerzo, está al alcance de cualquiera.

Las ideas superiores que en estos casos uno llega a defender o representar se convierten en algo parecido a un barniz exterior que brilla, pero no significan apenas nada, puesto que no están secundadas con unos hechos, unos verdaderos resultados fruto de un trabajo.

Al no estar en disposición para adaptarse a las exigencias que la tarea exige, automáticamente se bajan las expectativas, llegan las justificaciones y se busca la manera de acomodar las ideas al modo de vivir y no al contrario. Como dice Blaise Pascal: “Si no actúas como piensas, vas a terminar pensando como actúas”.

No podemos pretender avanzar en el camino del progreso sin sacar la fuerza de voluntad, sin sobreponerse ante los errores o caídas inevitables, encarando las dificultades y pruebas con la debida confianza en el porvenir. Por tanto, abrazar un ideal superior significa que estamos dispuestos a pagar un precio al asumir todas sus consecuencias. Muy pocos están dispuestos a renunciar a sus comodidades, sus tendencias, o incluso a su modus vivendi para adaptarse a las necesidades que el ideal le exige; lo que la solidaridad, la fraternidad e incluso la caridad le demandan con respecto a sus semejantes; no digamos ya con sus compañeros de tareas espirituales.

“El hombre de bien es perseverante, y está siempre dispuesto a realizar la labor comenzada”. Despierte y sea feliz; pág. 73; psicografía Divaldo Pereira.

Para el verdadero trabajador no caben excusas, no abandona porque significaría un fracaso; sería como posponer las obligaciones pactadas antes de encarnar para más adelante, quizás en esta misma vida, o quizás en otra; retardando su progreso, su camino evolutivo, y manteniéndose en el estado de “conciencia dormida”, con la única diferencia de que, al no haber aprovechado esta oportunidad, la voz de la conciencia le dejará patente a través de un malestar interior su falta de compromiso, la falta de voluntad para seguir adelante.

Como nos dice un mentor espiritual en respuesta a una pregunta, en el libro de los Médiums, 301, párrafo 10: “Querríais tenerlo todo sin trabajo. Sabed que no hay campo donde no crezcan malas hierbas, que el agricultor debe extirpar”.

Finalizamos con la misma idea de la mentora Joanna de Ângelis con la que hemos iniciado este artículo: El precio de un ideal cuesta el sacrificio del idealista. Los grandes avances en todos los campos logrados por esta humanidad han sido conquistados aplicando esta fórmula. Aparte del dolor que es el aguijón que nos impulsa hacia el progreso, no existe otra forma más clara y rápida para avanzar. Por lo tanto, no nos engañemos con fantasías o espejismos.

 

El precio de un ideal por:      José Manuel Meseguer

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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