Editorial

CIENCIA Y TRASCENDENCIA

 
Estamos en tiempos de avances singulares en la ciencia, la filosofía y la moral. Cuando hablamos de avances nos referimos a todo aquello que impulsa, regenera, reforma o renueva lo establecido. Pues El Progreso en cualquier disciplina no llega sólo por nuevos descubrimientos o logros desconocidos hasta la fecha, sino también por la renovación y regeneración de los conceptos obsoletos, erróneos o equivocados que se suelen mantener en cualquier disciplina.

Así como es sumamente importante que el extraordinario desarrollo de la tecnología provee de nuevas oportunidades de precisión y descubrimientos a la ciencia, no es menos cierto que la revisión de conceptos anquilosados en el tiempo, que se dan por sabidos como axiomas absolutos, están siendo revisados y puestos en cuestión ante el nuevo espíritu científico, que se despega del reduccionismo científico y avanza de forma extraordinaria en muchas disciplinas científicas hacia nuevas concepciones revolucionarias en lo que respecta a la vida y el ser humano; en los planteamientos del origen, evolución y desarrollo de ambos.

Valga como ejemplo las posibilidades abiertas en la ingeniería genética desde el descubrimiento del mapa completo del genoma en el año 2000. Se estima que en un periodo no menor a 10 o 15 años las posibilidades de la genética permitirán al ser humano alargar la vida de forma extraordinaria al detectar precozmente las patologías y enfermedades a las que somos propensos cada uno en función de su carnet de identidad biológico. Este ejemplo, no exento de enormes discusiones y planteamientos científicos, éticos y morales, junto a la clonación, la reproducción a la carta, etc.. nos está poniendo de manifiesto que este siglo XXI que estamos apenas iniciando será el de la comprensión del origen del hombre y de la vida en la tierra.
 
Antes estas y otras discusiones que se plantean, es el momento de replantear viejas concepciones que, atrasadas en el tiempo, miopes en sus postulados científicos y escépticas ante las pruebas que se van presentando caerán por su propio peso sino son capaces de regenerarse por sí mismas.
 
Imaginemos el impacto que este avance tiene ya en la filosofía, en las ideas, y con el paso de un corto tiempo se producirá en la teología y en las religiones al uso. Conceptos dogmáticos, anclados en épocas de siglos de irracionalidad caerán destruidos como ídolos de barro. Las élites interesadas en mantenerlos verán como, de la noche a la mañana, los avances del progreso y la razón derrumbarán el armazón construido mediante siglos de manipulación ideológica y esclavitud mental a la que pretendieron someter a la sociedad.
 
Si no queremos vernos sorprendidos por lo que se avecina, en cuanto a las ideas, a los nuevos descubrimientos sobre la vida y sobre la naturaleza; hemos de abrir la mente; desterrar pre-conceptos y prejuicios culturales y sociales, que condicionan nuestras opiniones sobre el mundo y el hombre, así como el papel de éste dentro del universo. El abrir la mente ha de llevarnos a cuestionar nuestras concepciones ético-morales también, pues no es menos cierto que todo está derivando hacia la comprensión de la trascendencia espiritual del ser humano. Dejando de lado concepciones teológicas de una u otra religión, todas respetables, pero no por ello menos obsoletas para el tiempo en que vivimos; hemos de comenzar a entender al hombre en su triple aspecto, biológico, psicológico y espiritual.
 
Las nuevas investigaciones sobre las ECM (Experiencias al borde de la muerte); los avances en la TVP (Terapia de Vidas Pasadas); las afirmaciones de la neurología y de la psicología transpersonal sobre el origen (fuera del cerebro humano) de la Conciencia y de la Mente, por detallar únicamente algunos ejemplos, nos abren infinitas posibilidades sobre la vida después de la vida. Un concepto tabú para la ciencia en el siglo XX, pero que irrumpe con todo a medida que progresa el descubrimiento científico. Un concepto patrimonializado por las religiones, que nunca más tendrán como propio a no ser que modifiquen y regeneren sus postulados dogmáticos, obsoletos y equivocados (algo difícil de realizar cuando los intereses materiales predominan sobre los auténticos postulados espirituales).
 
Este nuevo amanecer de la humanidad que se presenta esplendoroso para el hombre, y que permitirá conocer la visión integral, holística y real de la vida humana, profundizará en las causas de la vida antes de la vida, de las causas reales de la enfermedad y el dolor,  cuyo orígen se encuentra en su pasado; generando a su vez un debate ético-moral que desembocará en la aceptación real de la supervivencia del hombre después de la vida, como un ser eterno, inmutable y creado para la inmortalidad.
 
Desde esta concepción cambiarán los enfoques de muchas disciplinas científicas, comenzando por la medicina, la psicología, la neurología, entre otras muchas; pues su objeto de estudio no será únicamente la parte humana de la que se ocupan, sino que deberán entender el funcionamiento del todo integral del ser humano en el triple aspecto mencionado anteriormente; esto supondrá un mejor conocimiento de las enfermedades físicas, psicológicas y mentales, al comprobar la interrelación que las distintas partes del ser humano tienen entre ellas y como afecta realmente la mente, las emociones y los pensamientos en la salud integral del ser humano.
 
Estos planteamientos no son para el futuro; han llegado para quedarse, pues el impulso del progreso es imparable, la ciencia arrasa con aquello que es contrario a sus descubrimientos; y curiosamente, cuanto más avanza el espíritu científico, más nos acercamos a la realidad trascendente del ser humano; primer gran paso para comenzar a comprender la causa primera de las leyes que rigen el universo a la que pobremente llamamos Dios.
 
Antonio Lledó
 
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“Yo no creo en el Dios que los hombres hicieron, pero creo en el Dios que hizo a los hombres”
 
Voltaire (Año 1800, al ser consagrado maestro de la Logia de París a sus 86 años)
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