CAMINO, ENTREGA Y SUMISIÓN

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Camino, entrega y sumisión
¿Depende de los espíritus apresurar su progreso hacia la perfección? Sin duda, llegan con mayor o menor rapidez según su deseo y su sumisión a la voluntad De Dios.¿ Un niño dócil, no se instruye acaso más rápido que uno reacio? Allán Kardec Ítem. 117 Libro de los Espíritus

Vimos el mes anterior la importancia de la iluminación como punto de inflexión en la trayectoria íntima del alma. La inmediata repercusión de la iluminación del Alma es una vida consciente, tanto en el mundo físico como en el espacio. Desde este momento, las prioridades son establecidas por el ser inmortal -el espíritu- y no por la materia ni por las inclinaciones, tendencias o hábitos materiales o heredados del pasado.

La mente obedece ya únicamente al propósito del progreso y de la comunión con las fuerzas espirituales que dirigen la vida. El alma construye así un camino en el que no hay vuelta atrás; todo se dirige de forma recta, coherente y ordenada hacia el objetivo espiritual trascendente que el alma programa. Pero esto, lejos de lo que podría suponerse, no es un camino exento de dificultades para el alma; antes al contrario, se convierte en una lucha titánica por no permitir que la materia y la parte instintiva más grosera pueda imponer sus criterios a la mente iluminada.

Es una lucha más interna que externa. El espíritu iluminado nada teme de la materia ni de los procesos materiales ni de las circunstancias adversas que le rodean. No es temor lo que puede preocupar al espíritu que alcanza la iluminación; es precisamente la responsabilidad de cumplir con su compromiso, lo que su ser le impulsa a conseguir y la forma de hacerlo lo que verdaderamente le hace permanecer vigilante interiormente.

Ningún obstáculo material le parece insalvable, y en la rectitud y dominio de su conciencia establece el camino recto que precisa para crecer y asumir el deber que necesita cumplir como objetivo en una vida en la Tierra. En ese camino que su conciencia le dicta y que, iluminado como está, es el camino de las leyes superiores de Dios esculpidas en su alma y ahora firmemente esclarecidas en su mente, encuentra la clave en la que concentrar todas sus energías.

Esa clave iluminada está unida al principio de entrega a su prójimo, no como un acto de creencia o convicción, sino como el sentido profundo de su estancia en la Tierra, pues experimenta que la entrega al amor al prójimo es convertirse en instrumento de lo Alto para interpretar fielmente las directrices que las mentes superiores establecen para la redención de las almas, el consuelo y el auxilio de las mismas, ejemplificando un rumbo que otros podrán seguir el día de mañana.

Cuando el ser iluminado actúa en favor de los demás, no lo hace sólo desde su raciocinio ni sentimiento, lo hace desde lo más profundo de su ser, desde lo más puro que alberga su espíritu: su naturaleza divina que es liberada a través del amor. Y es precisamente cuando camina por el mundo dándose y entregándose sin pedir nada a cambio, cuando los demás comienzan a ver en él un ser distinto, alguien diferente. 

Es su alma inmortal la que, dándose sin reservas a su prójimo a través del amor, conecta con la Fuerza Divina Universal del Amor, que no sólo se halla en el interior del alma, sino que está presente en todo el Universo físico y espiritual. De esta fuerza poderosa recibe energías, claridades, inspiraciones y certezas incomprensibles para los que todavía no hemos llegado a esos estados de conciencia iluminativa. 

Y son estas energías poderosas, estas claridades mentales y fuerzas  inconmensurables, las que le permiten conseguir metas y objetivos que otros ni siquiera aspiran. Nada les detiene en su entrega de amor y sacrificio por la humanidad y los seres a los que socorren. Nada les agota por mucho desgaste que empleen en sus trabajos, servicios o sacrificios. 

Su alma es inmune al cansancio, al deterioro, al abandono. Antes al contrario, a medida que van esparciendo su aroma de amor por la Tierra mediante su ejemplo de entrega, nuevas energías renovadoras sostienen su alma; esas energías y fuerzas extraordinarias que se concitan a su alrededor para seguir sembrando las claridades del amor, el consuelo, el auxilio y el esclarecimiento del prójimo.

Es difícil de entender cómo se produce esto para todos aquellos que nos encontramos tan lejos. No obstante, sí que es posible comprender, por los ejemplos recibidos en la historia de todos estos seres, que su dimensión interior está muy por encima del alma común de los que habitamos este planeta. Pero en esta ascensión no ha existido privilegio alguno, pues, como ya explicamos en capítulos anteriores, la iluminación del alma es el paso obligado en su trayectoria milenaria para nunca más volver a etapas de dolor o sufrimiento acontecidas por nuestros propios errores del pasado. 

Y esto sólo se alcanza mediante el mérito y el esfuerzo personal por conocernos a nosotros mismos, venciendo la resistencia que nuestra etapa primitiva tiene depositada en el rincón de nuestra alma. Cuando somos conscientes y traspasamos esta etapa, alcanzando cada vez mayores niveles de conciencia, estamos preparando nuestra entrada en esta etapa iluminativa que requerirá de sacrificios, abnegación, humildad, trabajo y servicio constante a los demás, a fin de conseguir ahogar el ego que dirige nuestra vida y sustituirlo por “el self” (el alma consciente), que a partir de ese momento vislumbrará un horizonte diferente de esclarecimiento y comprensión de la realidad.

Una vez incorporado a nuestra alma el hábito iluminativo de vivir en el amor y por el amor hacia nuestro prójimo, como premisa principal de nuestro paso por la Tierra, ya nada es igual. Nuestra vida cambia y el sentido de la misma también, y si el espíritu iluminado ya ha encontrado el camino de su iluminación a través de la entrega desinteresada, vislumbra ahora una nueva percepción que le va a sostener y alimentar eternamente en sus ansias de progreso y perfección. 

Esta nueva percepción se abre paso a medida que actúa en favor de los demás, pues desde ese instante el alma reconoce en sus semejantes la obra de Dios. El ser iluminado ve en sus semejantes la necesidad de progreso y de liberación de la ignorancia y el sufrimiento. Y con ello entiende que todo está sometido a la Fuerza Creadora del Amor, que es la que rige todas las leyes del universo. 

Entiende perfectamente que el acto de sumisión a Dios no es consecuencia de una actitud enfermiza o débil, sino el reconocimiento de su grandeza, de la  misericordia que plasma en todas las leyes que auxilian a todos los seres, de la plenitud y la felicidad a la que nos ha destinado, procurando los medios para que retornemos hacia Él con plenitud de consciencia, libre albedrío y desarrollo de las cualidades y atributos divinos con las que forjó nuestra alma en estado latente.

Es el momento de la “serena sumisión” ante la contemplación de la grandeza de su obra, que en estados de conciencia menos elevados apenas percibimos. Y ante tal magnificencia, tanta perfección y tanto amor, el alma, en su trayectoria ascendente hacia su creador, lo reconoce, lo ama y se somete a Él.

Camino, entrega y sumisión por: Antonio Lledó Flor

2019, Amor, Paz y Caridad

“El psiquismo divino fluye a través de mí. Dios me sustenta y me conduce todos los días de mi vida. Al someterme a esa fuerza vital, todo me resulta accesible, y podré llevar a buen término mis aspiraciones, en paz.”

El mes anterior, Iluminación: El punto de inflexión 

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