Enfocando la actualidad

BUSCANDO LA INMORTALIDAD (2)

“El que llamas muerto, no murió, mas partió primero”
Séneca – Filósofo

Hoy la física cuántica y la física de partículas, nos confirman que todo es energía y luz en el universo, y que las manifestaciones de la materia no son más que modificaciones de la energía, nos afirman la existencia de multiplicidad de universos que apenas comenzamos a descubrir. También la astrofísica demuestra que en el Universo no existe el vacío en el espacio, pues todo está ocupado por la materia oscura.

En el campo de la biología evolutiva, las células demuestran su permeabilidad a los pensamientos y emociones del ser humano, siendo estos fuente de disturbios, enfermedades, salud o bienestar en función de su naturaleza. Todo pensamiento o emoción libera corpúsculos energéticos que afectan los núcleos de nuestras células; si estos son pensamientos de odio, de rencor, de envidia, de ira o de emociones desequilibrantes, liberan electrones en el núcleo celular que son capaces de afectar la salud de los órganos de nuestro cuerpo, somatizando enfermedades y deteriorando la salud, a la vez que producen el envejecimiento prematuro de nuestro sistema celular.

Si los pensamientos y emociones son de orden equilibrado y armónico; si obedecen a emociones o actitudes como el amor, la gratitud, la solidaridad, la belleza, el arte, etc. se liberan fotones beneficiosos que revitalizan las células de nuestro cuerpo, fortaleciéndolas, dotándolas de mayor cantidad de energía revitalizante y retrasando el envejecimiento de las mismas, procurando estados de salud y bienestar.

La nueva ciencia de la psico-neuroinmunología ya ha demostrado lo que afirmamos en el párrafo anterior, dicho de otro modo: el estado de ánimo de la persona, su equilibrio mental y emocional son los principales factores desencadenantes de muchas enfermedades mentales y neurosis, así como de la completa salud biológica, mental, psicológica y espiritual.

Para aquellos que aceptamos la inmortalidad del alma humana, es sencillo suponer que los pensamientos y emociones que nuestro espíritu inmortal proyecta y cuyo receptor y transmisor es el cerebro humano, son la propia naturaleza de nuestra conciencia, y a través de ellos nos manifestamos, tanto en la vida física como en la vida espiritual.

Hoy día, científicos de gran prestigio, dedicados al estudio de las emociones y de cómo estas son capaces de modificar la estructura cerebral, no hacen más que confirmar que el cerebro es una cosa y la conciencia o la mente es otra muy distinta.

“La conciencia es independiente del cerebro, y fuera de él, hace a este último el procesador y regulador de los pensamientos.”
Dr. Eben Alexander –  Neurocirujano – Autor de “La Prueba del Cielo”

La mente dirige el cerebro, pero el pensamiento no es una exudación neuronal producida por la combinación de elementos electro químicos del mismo. Es justo al contrario, los pensamientos y emociones que nuestra mente genera, producen esas combinaciones y sinapsis neuronales que liberan los neuro-transmisores responsables de la salud y la enfermedad cuando producen serotonina o cortisol, adrelanina o dopamina, que llega a nuestro torrente sanguíneo afectando a nuestro organismo por completo.

La expresión de “somos lo que pensamos” es cada día una realidad mayor; pero la certeza de nuestra esencia inmortal como un ser eterno, pensante, evolutivo, que transciende el espacio y el tiempo, que supera y se manifiesta más allá de las dimensiones biológicas, psicológicas y sociales, es la gran verdad que desde antiguo han venido defendiendo los filósofos y que hoy, por fin, la ciencia heterodoxa, libre de dogmatismos y prejuicios impuestos por las culturas, creencias, tradiciones y arrogancias intelectuales, viene demostrando.

Es precisamente el principio inteligente lo que denominamos como nuestro ser trascendente; el que piensa, siente, elabora, actúa, controla, dirige y se manifiesta en las dimensiones físicas y espirituales. Es el alma o espíritu inmortal, como le han venido llamando las religiones y las filosofías desde antiguo.

Y la esencia de este “yo superior”, “mente superior” o “conciencia” etc., consiste precisamente en trascender los vehículos de los que se sirve para manifestarse; estos últimos son el cuerpo y sus órganos, uno de ellos el cerebro. El envoltorio fluídico que permite la conexión entre el espíritu inmortal y el cuerpo biológico, es el cuerpo denominado como periespíritu, de esencia semimaterial que acompaña nuestro ser inmortal antes de venir a la vida y después de la misma, cuando regresamos al mundo espiritual.

Las actitudes de las filosofías materialistas del XIX y el reduccionismo científico del siglo XX están obsoletas y caducas; el avance de la ciencia para el hombre cada vez necesita de una mayor comprensión de sí mismo, su bienestar ya no procede de la acumulación de bienes materiales, sino de su paz interior, de su equilibrio emocional y mental.  Hoy en día las enfermedades que más proliferan son la depresión, la angustia vital, el estrés y el vacío existencial; y las fugas psicológicas son los elementos que llevan a la insatisfacción de la vida y a multitud de suicidios en nuestra sociedad.

Todo ello pone de manifiesto nuestra realidad interna como la auténtica fuerza, el motor que, consciente o inconscientemente, dirige nuestra vida. No sólo somos el resultado de nuestro pasado y de lo que pensamos y sentimos, sino que nuestras acciones condicionan las circunstancias presentes y futuras de nuestro destino.

Somos arquitectos de nuestro propio destino”
Albert Einstein – Premio Nobel de Física

La única explicación a los estados de conciencia alterados tiene que ver con la existencia de un principio espiritual que los psiquiatras no han tenido en cuenta hasta mediados del siglo XX. Gracias a la psicología tras-personal de Stanislav Groff y otros; el hombre y su alma, han pasado de ser un producto biológico-psicológico-social a un ser trascendente, integral, donde sus propias reacciones sólo pueden ser comprendidas mediante un estudio holístico y profundo de su personalidad, considerando en ellas no sólo el aspecto biológico-psicológico sino también su dimensión espiritual.

Como vemos, desde finales del siglo XX y estos primeros años del XXI, la ciencia avanza a pasos agigantados al encuentro de la dimensión espiritual del hombre. Es cierto que la ciencia y la fe, en general, tienen por objetivo principal la búsqueda de la verdad. Es pues ya hora de conciliar, de establecer los paralelismos oportunos, la investigación seria, rigurosa, exenta de supersticiones religiosas y científicas, que acerquen al hombre a su dimensión real: la comprobación fehaciente de la inmortalidad humana.

No podemos obviar que la investigación científica y rigurosa parte del reconocimiento de su ignorancia respecto a saberlo todo; sólo así se abren las mentes a nuevos conceptos, postulados y verdades que se van descubriendo con el transcurso de la investigación.

Si a raíz del conocimiento científico y espiritual comenzamos a ver una nueva comprensión de la realidad del ser humano, viéndolo bajo el prisma de una conciencia en permanente estado de evolución y transformación, la realidad de la trascendencia e inmortalidad de esta conciencia no es más que la consecuencia necesaria del avance del mundo y la sociedad en que vivimos.

Somos realmente inmortales en cuanto a esencia, pues nuestro espíritu inmortal, como mente consciente sobrepasa las condiciones de la vida orgánica, pasando a vivir en otros estados que le permiten seguir progresando y engrandeciendo su bagaje milenario de aprendizaje y experiencias.

Este es el sentido de la vida humana, vivir, experimentar y aprender, hasta conseguir la plenitud que nuestra conciencia necesita para seguir ampliando, creciendo en conocimientos y en amor, elevando su individualidad hacia estados de mayor felicidad y creatividad.

Buscando la inmortalidad (2) por:   Antonio Lledó Flor

©2015, Amor,paz y caridad

“No sólo las actividades de los médiums, sino también el fenómeno de los ángeles respaldan la idea de una mónada cuántica superviviente entre encarnaciones.”
A. Goswami – Físico, en su libro “Ciencia y Espiritualidad”

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