Editorial

!ATENTOS A UNO MISMO¡

En el transcurso de la evolución y el progreso del ser humano, tanto en el aspecto físico y material como principalmente en el espiritual nada, que tenga verdadero mérito, se consigue sin esfuerzo. A pesar de que la meritocracia es un concepto reutilizado en las empresas y proyectos humanos para mencionar a los individuos que destacan; su origen se encuentra en los postulados de la reforma protestante del siglo XVI.

“Sin conocimiento de uno mismo no hay conocimiento de Dios”
Calvino -Teólogo

El esfuerzo por mejorarse día a día, por alcanzar las metas y objetivos que cada uno se propone tiene un valor extraordinario cuando se comprende su utilidad, sus resultados y su necesidad; a pesar de que mientras trabajamos se nos exige un abandono del ocio, la comodidad o la abulia. Todo esfuerzo tiene su recompensa, pues aunque esta no sea apreciable, en el mismo acto de esforzarse, la persona fortalece sus capacidades internas de voluntad, trabajo, autoestima y deber.

En lo tocante al progreso espiritual, la comprensión del proceso evolutivo del ser a través de las experiencias en sucesivas reencarnaciones, nos destaca el hecho de que aquel que trabaja con denuedo por conquistar el objetivo de su vida en la tierra, alcanza una mayor capacidad al finalizar su jornada, incluso a pesar de no alcanzar del todo el objetivo propuesto. Todo ello deriva del hecho de que nuestro espíritu todo lo recuerda, todo lo integra y todo lo acepta como experiencias que le servirán en un futuro para enfrentar nuevos retos y posibilidades.

Así pues, aquel que se dedica con ánimo y valor en el campo del conocimiento personal a entender su propia naturaleza, para corregir aquello que le estorba y aprender día a día a mejorarse y perfeccionarse, no sólo se fortalece interiormente y amplia sus capacidades, sino que está sembrando las semillas de su dicha futura.

La evolución y el progreso no pueden conquistarse sin esfuerzo, sin sacrificio personal, sin renuncia, sin humildad, sin tolerancia, con egoísmo. Es la condición obligatoria a la que nos impelen las leyes de la naturaleza y sobre todo de Dios. Si el universo no está exento de cambio y transformación constante, el hombre, como un elemento primordial del mismo, tampoco está exento del impulso del progreso, de la necesidad de cambio y de transformación a mejor.

Esta es la única condición obligatoria que se nos requiere: progresar sin cesar, avanzar en el camino de nuestra propia felicidad, y para ello necesitamos trabajar, tener valor y coraje ante las dificultades, enfrentarlas y no rehuirlas. Para crecer, para ser más conscientes de la realidad que nos rodea, de lo que somos, de aquello que hemos venido a realizar.

Hay quien se preguntará, y ¿cómo podemos comenzar este reto?. La primera etapa es muy importante pues únicamente tenemos que estar !Atentos a uno mismo! Si comenzamos por adoptar una actitud de humildad interior y objetividad ante nuestra propia naturaleza, aceptando que somos todavía criaturas en evolución y por tanto imperfectas, seremos capaces de comenzar a conocernos de verdad.

Nuestra personalidad se reviste, como la de todo el mundo, de la máscara propia que todo el mundo lleva; esta máscara no es más que lo que intentamos presentar ante los demás para que nos vean como nosotros queremos. Pero tarde o temprano la máscara se desmorona porque nuestros defectos salen a la luz, y los primeros que los observan y los detectan no somos nosotros sino los demás.

Es inevitable que muchas veces neguemos la realidad de lo que somos porque no nos gusta cuando lo descubrimos; pero este hecho no nos hace mejores. Sólo el reconocimiento sincero y objetivo de nuestros errores y de nuestras imperfecciones morales nos hace ver la necesidad de conocerlos, estudiarlos e intentar corregirlos.

Estas fugas psicológicas que nos hacen mirar para otro lado, intentando no ver aquello que tanto nos perjudica, no sólo retrasan el proceso de nuestro crecimiento interior, sino que nos arrastran a estados de soledad, ansiedad, depresión y tristeza porque el problema no se soluciona sino que se agrava. Con frecuencia creemos que, evitando hablar o conocer aquella imperfección que nos domina, será más fácil olvidarla; nada más lejos de la realidad.

“La angustia es miedo inmenso a un no se qué, a un no sé cuándo y a un no sé dónde, pero que nos hace sufrir sin descanso, como si fuéramos atacados por un enemigo invisible oculto dentro de uno mismo.”

 Krisnamurti – Pensador Hindú

Estas taras morales como el orgullo, la envidia, los celos, la maledicencia, el odio, el rencor, el resentimiento, etc. son venenos del alma que, agazapados en los pliegues de nuestra conciencia, hacen su aparición en el momento que menos esperamos, y con ello nos dejan en evidencia ante los demás y ante nosotros mismos.

No podemos olvidar que muchos de estos incómodos compañeros de viaje, lo son desde tiempos ancestrales, pues fueron incubados tiempo atrás, en otras vidas, y ante la negativa por nuestra parte a rechazarlos o enfrentarlos, fueron creciendo dentro de nosotros hasta convertirse en nuestros mayores enemigos. Tanto es así que, formando parte de nuestra naturaleza, se hacen fuertes y si no los enfrentamos con coraje y valor seguirán con nosotros durante bastante tiempo, ocasionando las causas del sufrimiento hacia otros que deberemos reparar y cumplir con nuestro propio dolor y aflicción cuando la ley de causa y efecto así lo determine.

“No hay una sola imperfección del alma que no lleve consigo sus consecuencias molestas e inevitables, y ni una sola cualidad que no sea origen de un goce. La suma de las penas es proporcional a la suma de las imperfecciones”

Allan Kardec – Libro: El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina

Si comenzamos a vigilar nuestras reacciones, nuestras intenciones y nuestros defectos, empezamos a conocernos, y con ello permanecemos atentos a nosotros mismos para de esta forma hacernos conscientes de que hemos de controlar nuestros impulsos, nuestra lengua y nuestras reacciones a fin de evitar que dañen a otros. Todo esto requiere un esfuerzo, pues el trabajo más difícil que un hombre puede acometer es precisamente este, el perfeccionamiento moral sin hipocresía, si intentar engañarse así mismo.

Es algo que deberemos comenzar a trabajar cuanto antes, un reto que no puede posponerse mucho más, pues en ello nos jugamos nuestra dicha futura, nuestro equilibrio personal, el cumplimiento de nuestro trabajo en la tierra en esta vida, etc.

Hay que trabajar y progresar, pues sin ello no tiene sentido la evolución del espíritu, y todo ello requiere esfuerzo, pues sin este último es imposible avanzar.

Atentos a uno mismo por:  Antonio Lledó Flor

©2016, Amor,paz y caridad

“La dicha y  felicidad es inherente al perfeccionamiento del espíritu”

Allan Kardec

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