ÁNIMUS Y ÁNIMA

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Ánimus y Ánima

Mencionar como título el arquetipo utilizado por el padre de la Psicología Analítica Carl Gustav Jung sobre la polaridad sexual nos sirve para reivindicar en este breve artículo de opinión, la importancia que, dentro de las relaciones íntimas entre las personas, tiene la comprensión integral de la función sexual en el desarrollo del bienestar psicológico y biológico de la persona.

Según este maestro de la psicología, la polaridad sexual se refleja en estos dos aspectos, siendo así que el ánima es la parte femenina que todo hombre alberga en su psique, mientras que el ánimus son aquellas actitudes, tendencias o aspectos psicológicos masculinos que la mujer tiene en su psicología personal.

El equilibrio entre ambos supone una auténtica bendición para la armonía emocional y mental de todo ser humano, además de propiciar unas relaciones saludables en el aspecto sexual, que tienen como consecuencia un estado de bienestar físico y psicológico. La mayoría de los trastornos mentales y desequilibrios emocionales derivados de un uso equivocado y erróneo de la función sexual tiene como consecuencia un desequilibrio profundo de esta polaridad sexual, que lleva a las personas a graves consecuencias para su salud y desequilibrio personal.

Tanto la represión y castración del deseo sexual derivado de prejuicios, imposiciones dogmáticas, arbitrarias, religiosas, culturales, etc., así como lo contrario: el libertinaje sexual, la promiscuidad, la falta de respeto y lealtad con la pareja, el sexo descontrolado sin amor ni vínculo afectivo, los vicios y pasiones morbosos relacionados con el único deseo de satisfacción del placer hedonista sin importar las consecuencias, etc., son las causas de los tormentos y desdichas de la criatura humana en lo que a su desequilibrio mental y personal se refiere, generando graves consecuencias en la salud y en las relaciones con los demás.

La función sagrada del sexo es la propia función de la vida, pues esta última no existiría sin el primero. Pero el uso que hacemos de las energías sexuales, así como la ignorancia y el desconocimiento que tenemos sobre las consecuencias de un uso desequilibrado de las mismas, nos hacen retrasarnos en nuestro camino hacia la armonía, la paz y la felicidad interior a la que todos aspiramos.

El equilibrio entre la polaridad masculina y femenina se logra con el tiempo, y en ello influye en gran manera las experiencias que arrastramos en nuestro inconsciente personal, que derivan en gran parte de las vivencias que hemos tenido en un sexo u otro a lo largo de las distintas vidas que hemos tenido en la Tierra. Sin duda, varias existencias reencarnando como hombre facilitan que la preponderancia psicológica de nuestra alma sea “Ánimus”, que viene caracterizada por los elementos propios del varón, como la energía, la determinación, la resolución, la fortaleza, el liderazgo, etc. Todo lo contrario ocurre cuando reencarnamos con frecuencia con sexo de mujer, donde nuestra estructura psicológica tiende a desarrollar los atributos propios de la femineidad y maternidad, entre los que se cuentan especialmente la ternura, la sensibilidad, el amor, la delicadeza, etc.

Esto no quiere decir que no haya hombres que no serán tiernos, delicados o sensibles y posean en su estructura personal características femeninas, ni mujeres que sean decididas, valientes, determinadas, etc. y les ocurra al contrario. Aquí es donde se ve la parte de Ánimus o Ánima que cada uno tiene y en qué medida se encuentra desarrollada. El equilibrio de ambas cuestiones dota al ser humano de una profunda armonía interior, rescatando para su comportamiento y caminar por la vida lo mejor de ambos sexos.

El conocimiento espiritual refuerza estos conceptos, pues, si la biología nos demuestra que la sexualidad es binaria (sólo existen dos sexos, hombre o mujer), sin embargo, el apartado psicológico, que a veces se denomina como identidad de género, se ve afectado por la preponderancia de una de las dos polaridades, femenina o masculina. 

Cuando una persona se siente en un género distinto a su condición biológica de hombre o mujer se califica como “disforia de género”, que al amparo del conocimiento espiritual no representa ninguna patología, sino una consecuencia inevitable de las leyes que rigen el proceso evolutivo del alma humana. Expliquémoslo.

Es bien sabido que el ser espiritual inmortal, el alma o espíritu humano, es asexuado, es decir, no tiene sexo. Sin embargo, en la etapa evolutiva en que nos encontramos, el sexo es imprescindible y viene dado desde antes del nacimiento por una planificación pre-encarnatoria que nosotros mismos determinamos a fin de corregir determinadas deficiencias del pasado o para experimentar experiencias que son necesarias para nuestro progreso espiritual. 

Todo el proceso viene equilibrado y regido por las leyes de la reencarnación, que permiten al ser humano, en cada existencia que tiene sobre la Tierra, enfrentar los retos y objetivos de progreso y evolución hasta la plenitud y la perfección relativa a la que aspira el alma humana desde que es creada por Dios.

Así pues, el cuerpo intermedio entre el alma y el cuerpo biológico es denominado periespíritu, y a través de él se moldea la parte biológica del nuevo ser desde el momento de la concepción, imprimiéndole las características físicas, sexuales y psicológicas necesarias para la nueva vida que ha de tener. Por ello, el espermatozoide es atraído por el óvulo mediante sintonía vibratoria, eligiendo aquel que entre millones se ajusta a las necesidades que ha de tener el cuerpo y la biología de la persona. Los gametos X e Y que determinan el sexo masculino o femenino están perfectamente acordes al programa que se estructura previamente por parte del alma humana o de aquellos que la ayudan a reencarnar. La Ley de Causa y Efecto determina las condiciones en las que llegamos nuevamente a la Tierra en función de nuestras necesidades evolutivas, y nunca en base a nuestros caprichos o deseos. 

Como explicaba Clemente de Alejandría en el siglo III:

“Cada alma recibe el cuerpo que necesita en función de sus merecimientos”

Así pues, en un tema tan complejo y delicado como este, en el que el respeto por los demás debe guiar nuestra opinión, deberíamos saber distinguir entre sexo biológico y tendencias u orientaciones sexuales (heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad, etc.) Así mismo, tampoco deberíamos confundir el sexo biológico con la identidad de género (una condición Psicológica del alma influida por sus tendencias sexuales del pasado). 

Y por último, es preciso estar vigilantes para no confundir nada de todo esto con la llamada Ideología de Género, que no es más que una construcción social, no avalada por la ciencia, que atenta contra la dignidad de las personas y la diferenciación que ennoblece al hombre y la mujer en aquellas funciones que les son propias (femineidad, maternidad, etc.).

Esta ideología está siendo potenciada por intereses espurios a través de lobbys (intereses económicos y de poder) presentes en muchos países, confundiendo y radicalizando sus posturas al amparo de movimientos feministas exagerados, que nada tienen que ver con la igualdad entre hombres y mujeres que la propia naturaleza ha otorgado y que debería ser la base para la igualdad de derechos sociales, diferenciando las funciones que les son propias a cada sexo, así como su condición psicológica.

Como conclusión, desearíamos dejar constancia que el hombre y la mujer son iguales a nivel espiritual, pues el espíritu no tiene sexo, ya que unas veces reencarnamos de hombre y otras de mujer, lo que significa que todos debemos experimentar ambas facetas en el transcurso de nuestra evolución. Esto significa que en una o más vidas (apenas un soplo en la trayectoria milenaria del espíritu inmortal) debemos intentar aprovechar las experiencias que cada sexo nos ofrece para poder desarrollar los atributos positivos del mismo.

De esta forma equilibramos el Ánimus y Ánima. Así comprendemos que la base de toda relación sexual, sea cual sea la tendencia sexual adoptada, no se basa únicamente en el placer sino sobre todo en el amor, el respeto y la afectividad. Es la única forma en que la polaridad sexual tiene completo sentido y equilibra la vida de la pareja, mediante una relación saludable que deriva en dicha y felicidad, no tanto por el placer físico sino por la necesidad que todos tenemos de sentirnos amados, queridos y respetados.

Hay otra forma de equilibrar Ánimus y Ánima sin necesidad de que las energías sexuales se expresen en cualquiera de las formas conocidas, y se trata de la “sublimación sexual”, pero esto será objeto de otro artículo de opinión por falta de espacio.

Ánimus y ánima por: Redacción

2019, Amor, Paz y Caridad

 

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