ACEPTAR A LOS DEMÁS COMO SON

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Aceptar a los demás como son

Aceptar a los demás como son

Una convivencia plenamente armónica y feliz en todo momento y circunstancias, en esta etapa evolutiva que estamos atravesando, es algo que se antoja muy complicado de encontrar. Vivimos en un mundo repleto de diversidad de caracteres, de gustos, preferencias…; es normal que así sea. Nadie es un clon de otro. Cada uno de nosotros es un ser extraordinario desde el momento en que Dios nos crea, sencillos e ignorantes, y tomamos desde el minuto 1 nuestro propio camino en dirección hacia la eternidad.

De ese modo, cada alma vinculada a la esfera terrestre es un proyecto inacabado de progresión, en el que todavía predominan los defectos y debilidades. Esto forma parte de la idiosincrasia de un mundo muy imperfecto como es el nuestro; no obstante, en proceso de cambio, para pasar de la etapa de “Expiaciones y Pruebas” a un mundo de “Regeneración”.

Consciente de todo ello, la Mentora espiritual Joanna nos aconseja certeramente sobre la manera de encarar nuestro proceso de crecimiento, en un entorno de convivencia tan dispar y muchas veces poco gratificante.

(*) Acepta a las personas conforme estas se te presentan.

Somos seres complejos, con un bagaje acumulado del pasado de conocimientos, de experiencias, de vivencias de todo tipo que conforman nuestra personalidad actual. Esto es algo que no tenemos el derecho de juzgar a la ligera.

Aceptación significa respeto hacia los demás, y la concesión de la libertad para que piensen y actúen como prefieran; es una decisión personal que no podemos pretender alterar a capricho, arbitrariamente, aunque no coincida con nuestra forma de ver las cosas.

Este hombre prepotente que te desagrada está enfermo, y tal vez no lo sepa.

La prepotencia, la arrogancia es natural que provoquen rechazo. Es aquel que, por ejemplo, se considera con el derecho de romper las normas sociales, de buena convivencia a su favor, sin contar con los demás; que busca la imposición de sus opiniones o que cree que su forma de actuar siempre es la correcta.

Esa transgresión de la realidad, de aquel que se considera superiora sus semejantes, denota desequilibrio. Una persona madura y equilibrada jamás actuaría así. Hay que ser conscientes de ello para evitar litigios innecesarios con personas incapaces, de momento, de percibir su propia “enfermedad”.

Ese compañero recalcitrante es infeliz en sí mismo.

Es la absurda disputa competitiva para ver quién tiene razón, como si se tratara de un campeonato en el que no se puede permitir el lujo de quedar segundo o tercero. Es una lucha artificial por mantener a toda costa su postura sobre las demás, sin reparar en otros puntos de vista. Todo ello supone un esfuerzo que desgasta muchísimo y denota debilidad y falta de seguridad en uno mismo. Suele ser la manifestación de una baja autoestima que reclama, que busca atención y valoración por parte de los demás.

Aquel conocido exigente sufre de los nervios.

Aquel que exige se encuentra desubicado, fuera de sí. Solo necesita una chispa, la más mínima oposición, para desatar el volcán que lleva dentro. Se trata de una amargura interna que se traduce en nerviosismo, intranquilidad, desasosiego, una tormenta interna insoportable que termina por estallar a la menor ocasión.

Unos, que parecen orgullosos, son apenas portadores de conflictos que procuran ocultar.

Es la máscara, la pantalla con que la persona en conflicto se manifiesta. Una postura de aparente seguridad o fortaleza que no se corresponde con la dolorosa realidad interna que está viviendo y que trata, por todos los medios, de ocultar.

Otros, que se presentan indiferentes, experimentan miedos terribles.

Disimulan como pueden su inseguridad, sus miedos, para no sentirse señalados o vulnerables a los ojos ajenos. Una indiferencia aparente que, en cuanto se hurga un poco en las heridas, quedan de manifiesto las preocupantes dudas y recelos que residen en el interior de la persona.

La Tierra es un gran hospital de almas.

Efectivamente, este mundo es un gran hospital repleto de almas con una enorme variedad de conflictos pendientes de resolver. Heridas y enfermedades del alma generadas a lo largo del tiempo, tanto en otras vidas como en esta.

El Maestro Jesús, lleno de compasión, acudió en excelso sacrificio hacia nosotros para rescatarnos de los hondos precipicios de la ignorancia y de la maldad. Nos trajo un mensaje de amor que permanentemente resuena en nuestro interior, pero del que nos cuesta mucho sacar partido, ponerlo en práctica para salir definitivamente del abismo, de la obscuridad para encontrar la luz sanadora.

Quien te vea, apenas, superficialmente, no tendrá cómo analizarte con acierto.

Vemos y analizamos según el prisma personal que cada uno de nosotros poseemos.

Nos dejamos llevar por las apariencias, sin ahondar lo más mínimo. Condenamos sin concederle a los demás el derecho a la duda, a pensar bien sobre ellos; apoyándonos en una premisa injusta, muy popular, que dice: Piensa mal y acertarás.

Los prejuicios y las habladurías suelen hacer también mucho daño a la hora de analizar las situaciones y comportamientos ajenos. Nos vamos a equivocar, casi seguro.

Concede la libertad para que cada uno sea conforme es y no como pretendes que sean.

No puede existir verdadera concordia, fraternidad o buena convivencia si no aceptamos a las personas tal y como son. Venimos al mundo a transformarlo, sí; pero desde la propia transformación interior. No nos engañemos con espejismos.

Debemos potenciar aquello que nos une para trabajar en armonía juntos; y la sabiduría para aceptar y conceder a los demás, la suficiente libertad para que escojan también su propio camino, sin imposiciones, sin condiciones; con absoluta trasparencia.

La lealtad no está reñida con la libertad de acción. No somos prisioneros unos de los otros, y aunque podamos tener obligaciones y compromisos comunes, no todo se debe medir de manera estricta o inflexible.

Del mismo modo, no puede existir identificación con un proyecto común si constantemente estamos cortando las alas a los demás, abortándoles sus iniciativas, su manera de ver la realidad, su propia realidad, que no siempre podrá coincidir con la nuestra.

Es su derecho y también el nuestro.

En definitiva, aunque podamos tener una mayor afinidad con unas personas sobre otras, en cualquier circunstancia debemos aceptar a las personas como son, sin imposiciones, sin condiciones; buscando siempre aquello que nos une para potenciarlo, y dejar en lo restante, la libertad para que cada uno actúe en consonancia con sus ideas y su manera de ver la vida.

José Manuel Meseguer

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

(*) El texto en negrita pertenece a la obra VIDA FELIZ, ítem 118, de Joanna de Ângelis, psicografiado por Divaldo Pereira Franco.

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