ABORTO Y REENCARNACIÓN

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Aborto y reencarnación

Aborto y reencarnación

“El hombre existe como un fin en sí mismo, no como un medio. Esta es la diferencia entre las personas y las cosas. Las personas tienen un valor absoluto, pues los seres racionales tienen dignidad”.

Immanuel Kant – Filósofo- S. XVII

Con esta frase, el gran filósofo prusiano coloca en el mismo término aspectos tan dispares como el aborto, el suicidio o el asesinato. Y en este sentido, el deber de preservar la vida bajo cualquier condición (aborto, asesinato o suicidio) debe prevalecer. No somos cosas; el ser humano tiene libertad, razonamiento y moral, y el valor moral de una acción se encuentra en el deber y la intención con que se realiza. 

Si, por ejemplo, pongo fin a mi vida para escapar de una situación penosa, me uso a mí mismo como medio para aliviar mi sufrimiento, y una persona no es una cosa que se pueda usar como un medio; por lo tanto, “no tengo más derecho a disponer de la humanidad en mi propia persona que en otro”. Lo mismo vale para el asesinato o para el aborto, cuando los usamos como un medio para conseguir unos fines, donde tratamos a las personas como cosas y no respetamos la humanidad del no nacido (en el caso del aborto) como un fin en sí misma.

En este sentido y respecto del aborto provocado, la pregunta sería: ¿Cuándo podemos considerar como persona a un ser humano; a partir de la concepción, en fase embrionaria o fetal, cuando nace, etc.? 

Vemos dos respuestas a esta pregunta, una procedente de la ciencia y otra de la espiritualidad. La primera la de un gran científico, el descubridor del genoma humano, el Dr. Francis Collins que afirma al respecto: “la naturaleza espiritual de una persona se define de manera exclusiva en el momento mismo de la concepción”. Y sigue: “..en el caso de gemelos idénticos con un solo óvulo fertilizado, luego encontramos dos embriones, y ningún teólogo afirmaría que carecen de alma o que comparten una sola”. (1) 

Esta reflexión anula por sí misma el dogma religioso de la creación del alma en el momento del nacimiento, confirmando que el alma es preexistente a la concepción y que para cada embrión existe destinada un alma diferente.

Esta es también la afirmación que ofrece el espiritismo. Pues esta reflexión viene confirmada por la segunda respuesta de orden espiritual que los espíritus dieron a Kardec en el L.E. (*), it.: 201

“P: ¿En qué momento se une el alma con el cuerpo? R: La unión comienza en la concepción, pero solo es completa en el instante del nacimiento”.

Y continúa en el ít. 353: P: ¿Podemos considerar al embrión poseyendo un alma? R: El espíritu que debe animarlo existe fuera de él, pero el embrión se encuentra ya unido al alma que debe poseer”.

Como podemos comprobar, las evidencias confirman que desde el momento de la concepción el alma humana se encuentra vinculada al desarrollo del niño en el vientre de la madre. Por ello, podemos considerar desde este mismo momento al no nacido como un ser de pleno derecho con su humanidad. Lo que importa no es el desarrollo biológico que llevará nueve meses hasta su nacimiento, lo realmente importante es que desde ese primer instante, el alma humana que posee su naturaleza espiritual y psicológica ya se encuentra ahí, unida a su célula biológica (el cigoto), con su dignidad plena, con sus objetivos trazados antes de reencarnar y con las expectativas de una nueva vida para cumplir sus compromisos de crecimiento, desarrollo y progreso espiritual.

Por ello, el aborto provocado constituye un atentado a las leyes de Dios, porque elimina la posibilidad de la reencarnación del ser que quiere tener una nueva oportunidad de progreso; y al mismo tiempo, desde el aspecto moral constituye también un grave hecho, ya que hiere la dignidad y la humanidad del alma que precisaba retornar a la carne para saldar deudas y afrontar pruebas de superación y desarrollo intelectual y moral. Es un crimen en toda regla que muchas veces es cometido por la ignorancia de no saber dónde, y en qué momento, comienza la vida.

Las excusas peregrinas que intentan justificar el aborto desde cualquier punto de vista son realizadas bajo intereses que no miran los derechos del no nacido como un ser humano, sino que contemplan al aborto como un medio que permitirá a la madre liberarse de compromisos o situaciones personales que no desea enfrentar.

La única excepción a esta regla viene dada también en el L.E., it. 358, donde se explica claramente que si la vida de la madre corre peligro si el niño nace, “resulta preferible sacrificar al ser que no existe y no al ser que existe”.

Además de todo ello, ningún espíritu llega de nuevo a la reencarnación sin el permiso oportuno. Motivo por el cual, aun en los casos más graves, como puede ser el resultado de un estupro o violación que da lugar a una fecundación en los que la madre, comprensiblemente, puede sentir rechazo hacia el ser que lleva en su vientre, existe una causa y justificación importante que permite que ese espíritu regrese a la Tierra en esas penosas condiciones. Y siempre esa causa se encuentra en el pasado de los intervinientes en el proceso, es decir, en las relaciones que madre e hijo actual tuvieron en una etapa anterior, en otra vida; una serie de vivencias y experiencias dolorosas que deben solventar entre ambos para resarcir las deudas contraídas y avanzar en el camino del progreso y la redención moral.

La ignorancia de nuestro pasado culpable es sin duda un beneficio, y los abortistas de hoy, que sienten rechazo por el ser que viene a la Tierra, experimentan esa sensación porque son espíritus endeudados y envueltos en tramas de rencores pasados, que necesitan rescatar ante las leyes de Dios. Es por ello que se trata muchas veces de espíritus incompatibles, sin afinidad alguna, cuya animadversión se refleja no solo en los sentimientos y emociones que la madre siente y que le generan repulsión por la cercanía del espíritu del niño, sino que también ocurre a la inversa. 

P: La unión de un espíritu con determinado cuerpo, ¿puede ser impuesta por Dios? R: Sí, puede ser impuesta… A título de expiación podrá ser obligado el espíritu a unirse al cuerpo de cierto niño que, por su nacimiento y situación el mundo, podrá llegar a ser para él un motivo de castigo.” A.K., L.E.,  ít.337

El no nacido se ve obligado a reencarnar con esa madre, en esas condiciones sin desearlo en absoluto, y con frecuencia acontece que se rebela ante esa situación, generando fuerzas y rechazos a su propio nacimiento que, si no llega a producirse el aborto, es muy posible que el niño nazca muerto o acontezca un aborto involuntario provocado por el fuerte rechazo del espíritu a reencarnar. 

E incluso puede llegar a ocurrir que, en ese estado de cosas en que el niño tenga tanta animadversión y rebeldía a volver a la Tierra con esos padres, obligado por las leyes divinas para saldar sus errores, después de su nacimiento seguirá teniendo un rechazo visceral por la vida, por la relación familiar y con todo aquello que le rodea; encerrándose en sí mismo y dando lugar a algunos tipos excepcionales de autismo derivados de esta misma actitud de rechazo y animadversión ante la vida que no desea afrontar.

Este tipo de patología autista de naturaleza espiritual, y que no obedece a causas orgánicas, es reversible mediante la terapia del amor y dedicación de los padres, volviéndose hacia el niño con todo el afecto y el cuidado para que vaya aceptando su realidad mediante la autoestima y el deseo de vivir y valorar la vida. En muchos casos, después de una infancia difícil bajo estos síntomas de aislamiento y reclusión en sí mismo, el niño se vuelve sociable y equilibra su carácter, pudiendo tener una vida normal. Al mismo tiempo, los códigos soberanos de las leyes del progreso, permiten a esos padres desarrollar el amor que quizás en otra época no tuvieron, o que incluso les llevó a practicar abortos indiscriminadamente y por ello ahora precisan reparar y ejercitarse en el amor a los hijos mediante estas situaciones difíciles que deben afrontar.

Así actúan las leyes a través de la reencarnación, proveyendo las reparaciones, los reencuentros de antiguos enemigos para saldar las diferencias a través del amor, y para ello, las experiencias de familia en la carne son el mejor antídoto para olvidar el pasado e iniciar una nueva época de reconciliación, perdón y entendimiento.

Como vemos, las consecuencias del aborto provocado no se circunscriben a la vida actual, sino que pueden llegar mucho más lejos, a vidas posteriores. Pongamos otro ejemplo: Al provocar el aborto, si el espíritu reencarnante es un ser bondadoso, perdonará el agravio que han cometido con él y buscará unos nuevos padres, un nuevo lugar en el que pueda ser recibido. Pero si no es un espíritu adelantado, y todavía permanecen en él actitudes de perversidad o maldad, podrá llegar a tomar venganza contra los padres que la han impedido su vuelta a la vida, dando origen a obsesiones crueles en los momentos de debilidad psíquica de los mismos; e incluso podrá esperarles en el momento de la desencarnación de estos para poder vengarse.

Debemos también señalar que la reencarnación no es fácil. Una oportunidad de volver a la vida es solicitada por millones de espíritus, pero el número de aspirantes es siempre muy superior al de posibilidades, ya que la población espiritual de la Tierra, en el otro lado de la vida, es mucho mayor que la población humana reencarnada. 

El aborto es pues un crimen del que deberemos dar cuenta el día de mañana, pues, en otro orden de cosas, la vida la da Dios y nadie tiene derecho sobre ella, ni siquiera sobre nuestra misma vida. Es necesario amar la vida, preservarla y aprovecharla para nuestro crecimiento y progreso en todos los ordenes, humano y espiritual.

Aborto y reencarnación por: Antonio LLedó Flor

©2022, Amor, Paz y Caridad

P: “El aborto provocado ¿constituye un crimen sea cual fuere el desarrollo del proceso de gestación? Siempre hay crimen cuando transgredís la Ley de Dios. La madre u otra persona comete un crimen al quitar la vida al niño antes de su nacimiento, pues eso impide al alma afrontar las pruebas cuyo instrumento debía ser el cuerpo”. Allán Kardec, L.E.,  ít. 358

(*) L.E. : El libro de los Espíritus – Allán Kardec

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