Reencarnación

VIDENCIA HOMICIDA

  Hojeando los periódicos, me llamó vivamente la atención el relato de un crimen cometido por un niño, y dije entre mí:
 
  La casualidad no existe, y un acon­tecimiento tan desgraciado debe tener una historia oculta en la noche del pasado. ¡Morir una niña, cuando apenas se daba cuenta que estaba en este mundo! Y su hermana también recibió daño de consideración. El relato dice así:
 
EL CRIMEN DE UN CHICO.- NIÑA MUERTA Y OTRA GRAVE
 
  En el pueblo de la Conquista (Cáceres) se desarrolló hace varios días un terrible suceso, figurando como protagonista un niño de trece años.
 
  Un vecino, llamado Antonio Cerezo, había salido de la población con dirección al campo, cuando recordó que, distraído, había olvidado su escopeta en la casa de un amigo.
 
  Decidió entonces retroceder para recuperar el arma, pero en las afueras encontró a su amigo Juan Rivera Pablos, y a un hijo de éste llamado Pedro Rivera Guerrero.
 
  Para evitar molestias al amigo de su padre, el chico se prestó a ir corriendo por la escopeta. Así lo efectuó, y los dos vecinos quedaron allí esperando a que regresara.
 
  Pedro Rivera, ya con la escopeta, al pasar por una de las calles del pueblo, vió un grupo de niñas que se hallaban alegremente jugando.
 
  ¿Cruzó una idea siniestra por el cerebro del chico? ¿Fue la vanidad de encontrarse en posesión de una escopeta? ¿Quiso sólo llamar la atención de las niñas? No se sabe; lo único cierto es que Pedro, desenfundando el arma, apuntó, disparando uno de los cañones.
 
  El tiro hizo blanco en dos hijas de Francisco Labrador Masa, niñas de seis y diez años, las que cayeron al suelo lanzando un grito de horror. La más pequeña resultó muerta instantáneamente, y su hermana   herida de gravedad.
 
  El precoz criminal, volvió a enfundar el arma a toda prisa, corriendo hacia el lugar donde le esperaba su padre.
 
  Puede imaginarse la dolorosa sorpresa que éste recibió, cuando poco después era preso su hijo, como autor de una imprudencia fatal.
 
  Dominada por un deseo vehemente de saber el porqué de tan triste suceso, pregunté a mi guía y este me contestó lo siguiente:
 
  Estabas en lo cierto al pensar que la muerte de esa niña y la parte que le ha tocado a su hermana, no era un acontecimiento casual. No lo ha sido, no; esas dos niñas y el niño, en su existencia anterior, perte­necieron los tres al sexo fuerte, el niño era un posadero acomodado, y su posada servía de guarida a muchos hombres de mal vivir; entre estos figuraban dos hermanos fuertes y robustos que empleaban su tiempo robando al Estado, pues eran contrabandistas muy afortunados, sin dejar de aprovechar las ocasiones que se les presentaban de asaltar el cercado ajeno, y el fruto de sus rapiñas lo depositaban en la posada de Pedro, con el cual compartían sus ganancias, aunque se disgustaban, porque Pedro era exigente, alegando que les hacía un gran favor, guardando lo que ellos robaban. Así vivieron bastante tiempo, hasta que un día, cues­tionaron violentamente y Pedro les amenazó con delatarles a la justicia. Los dos her­manos ante tal amenaza se dieron por vencidos y trataron de reconciliarse con Pedro, éste les creyó de buena fe, cenó con ellos, brindaron por la prosperidad de sus negocios, y cada cual se retiró a su aposento. Pedro dormía solo, pues su esposa dormía con dos niños pequeños en otra habitación. Cuando todos en la posada estaban entregados al descanso los dos hermanos contrabandistas que sabían todos los rincones del viejo caserón, se apoderaron de cuanto encontraron de valor y entrando luego en el dormitorio de Pedro, los dos a la vez le clavaron sus cuchillos en el pecho, y no una vez sola, pues quisieron dejarle bien muerto. Pedro lanzó gritos horribles, pero nadie acudió en su auxilio, era la hora de la madrugada, cuando el sueño es más profundo en aquellos que se acuestan rendidos de cansancio, y los asesinos se fueron sin que nadie les molestara. Pedro les vio perfectamente, a la trémula luz de una lamparita que tenia delante de una imagen y murió infeliz llevándose en su mente fotogra­fiados las figuras de los dos asesinos.
 
  Mucho tiempo le duró la turbación, y en el espacio sólo veía a sus dos asesinos, sintiendo en su pecho el dolor de las heridas, tan turbado estaba que encarnó expe­rimentando continuos sustos aumentados porque es un médium vidente muy desarrollado, muchos paisajes y muchos cuadros, que el no se explica porqué los ve. El posadero de ayer, es el precoz homicida de hoy, el cual cuando llegó con la escopeta a la plaza donde jugaban las niñas, en aquel momento se le presentó el cuadro de su muerte y vió a sus asesinos entre las niñas, y hallándose tan cerca disparó contra ellos para vengar su muerte y asombrado después de su acción, corrió al encuentro de su padre, sin darse explicación de lo ocurrido, sin saber lo que había hecho, y las dos niñas a las cuales tanto daño causó, son sus asesinos de ayer, pero que él no las vio cuando disparó, en su videncia homicida sólo vio claramente su muerte anterior, quizá ese niño no vuelva a cometer ningún atentado, tal vez su espíritu satisfecho de haber vengado su muerte, quede tranquilo y pierda lentamente la videncia que tan perjudicial ha sido para las pobres niñas, y para él, pues aunque su corta edad le hace irresponsable, es muy triste tener que recordar un hecho   semejante.
 
  Muchas veces decís los terrenales, debíamos saber lo que hemos sido antes:
 
   ¡Infelices! ¡No sabéis lo que pedís! Si los hombres supieran lo que han sido, si se vie­ran frente a frente las víctimas y los ver­dugos, en breve plazo quedaría la tierra desierta. Dios en su misericordia infinita ha dispuesto que no se conozcan los unos a los otros para ir borrando odios por medio de los enlaces de la maternidad y el matrimonio, y aún así, veis que las familias que se compo­nen de enemigos irreconciliables viven en un infierno y a veces llegan al crimen dominados por la exasperación. Ya sabes por qué ha muerto esa niña inocente, por que ese espí­ritu mató sin compasión, y su hermana le ayu­dó en su inicua obra. La casualidad no exis­te, no hay más que el saldo de cuentas, deu­das contraídas que se tienen que ir pagando porque es justo pagar lo que se debe.
 
Adiós.
 
  Mucho he agradecido la comunicación que me ha dado mi guía, por ser de gran enseñanza. ¡Pobre niño! Su videncia le ha hecho ser homicida. Dios quiera que cese su turbación y borre con sus buenas obras el recuerdo de su crimen que aunque se puede decir que el niño de hoy no es responsable de él, con todo, es muy doloroso en tan tierna edad haber cometido un asesinato.
 
  ¡Cuántos misterios guarda el pasado! ¡Cuántas historias se comenzaron en la noche de los siglos, que aquí finalizan a veces bien tristemente, como ha finalizado, la del niño homicida! ¡Cuánta luz nos hace falta!
AMALIA DOMINGO SOLER

Extraído de la “Luz del Porvenir”, editada en Villena, nº 53 del 1 de marzo de 1.909.
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