Obsesión Desencarnado & Encarnado
Es el típico caso de obsesión espiritual que se determina por la influencia constante, perniciosa y dominante de un espíritu malo a otra persona encarnada. Allán Kardec, desarrolló de forma magistral la definición, la tipología y la naturaleza de la obsesión en sus distintas variedades.
En la raíz de la mayoría de los procesos obsesivos se encuentra el sentimiento de venganza que pretende ejercer un espíritu malo sobre una persona encarnada de la que se siente acreedor por perjuicios o daños soportados por este último en otras épocas o vidas pasadas.
Es sin duda la incapacidad de perdonar la que ciega al espíritu que se siente victimizado y que obtiene la fuerza de su acción negativa de su propia rebeldía ante un acto que quedó sin la debida reparación, o por creerse en posición de cobrar la deuda por él mismo, ejerciendo de juez vengador de las faltas soportadas por su verdugo de otrora.
El parasitismo espiritual es un hecho tan antiguo como el propio hombre, pues desde que existen los espíritus, existen los hombres, que no son más que los primeros revestidos del ropaje carnal a través de la reencarnación. Y precisamente de las relaciones que entre estos se producen destacan aquellas que son inamistosas, violentas, egoístas o crueles, y que generan esos sentimientos de venganza, odio y rencor que muchas almas, todavía poco evolucionadas moralmente, albergan en su interior.
Esos sentimientos alimentados por el desagravio soportado no prescriben con el tiempo, antes al contrario, en estos espíritus de baja condición se les presenta muchas veces como el “deseo central de su existencia”, “la razón de vivir”, sea esta en el mundo físico o espiritual. Y por ello, toda su energía, esfuerzo, proyecciones mentales o emociones van encaminadas a alcanzar la satisfacción de la venganza o reparación de aquella ignominia que soportaron.
Se constituyen así en “jueces” de la conducta de sus verdugos, y nada ni nadie consigue apartarlos de su intención de alcanzar su venganza y satisfacción salvo ocasiones excepcionales en las que, por diferentes circunstancias de la providencia divina, se les permite vislumbrar el grave error que cometen y se les invita a liberarse mediante el perdón a sus verdugos, desistiendo de ejercer el mal contra ellos y alcanzando así la paz y la tranquilidad de conciencia de la que ahora no gozan al encontrarse perturbados en su emoción y razón por el deseo central del odio, el rencor o la necesidad de venganza.
Desde el punto de vista del ser encarnado, que ahora es “víctima” cuando en el ayer fue “verdugo”, le es más difícil entender el proceso. El olvido de nuestras existencias anteriores y de los errores y crímenes que cometimos y quedaron sin reparación es el obstáculo principal para entender la agresión de la que somos objeto. Es por ello que el conocimiento de la filosofía espírita de Kardec, el entendimiento de la ley de justicia y de la ley de causa y efecto, nos permite primero entender y después aceptar que estamos siendo víctimas de un proceso de parasitosis espiritual u obsesión porque damos pie, con nuestros defectos y debilidades que incorporamos desde antaño, a ese acceso que tienen sobre nosotros aquellos a los que hicimos daño.
En todo proceso obsesivo la puerta por la que penetra el espíritu vengador son nuestras propias falencias morales. Es aquí donde se unen también, por sintonía, las similitudes y puntos de contacto que mantuvimos en el pasado con ese espíritu que nos reclama y que ahora, convertido en enemigo que pretende resarcir con su venganza aquello que le debemos, se convierte en pegamento que va alimentando con sus pensamientos, tendencias y emociones perturbadoras con las que coincidimos, y que, mediante un proceso relativamente largo de tiempo en algunos casos, va generando su dominio sobre nuestro campo mental-emocional, hasta conseguir dominar los centros motores de nuestro periespíritu y condicionar nuestra forma de pensar y de sentir según a él le interesa.
Cuando se llega a esta fase, comienza entonces el proceso de destrucción que ese espíritu parasitario ha programado. Pues es a partir de la enorme influencia que ejerce sobre su víctima que la dirige a voluntad hacia la autodestrucción, el suicidio o la agresión violenta, cumpliendo de esta forma sus planes de venganza y con ello sembrando todavía más aflicción y dolor para el día de mañana.
La terapia del perdón y la reconciliación es la única posible para solucionar el problema. Si esta se produce antes de llegar a la fase crítica de la que hablábamos, en la que el dominio del espíritu sobre su víctima se ha hecho realidad, la obsesión puede revertirse sin problema alguno, y el verdugo actual que consigue perdonar a su víctima por la falta cometida por esta en el pasado, necesita también del cambio y el perdón de la víctima actual, y cuando esta se produce, la solución está al alcance.
Si uno de los dos persiste en su actitud, lamentablemente no llegará la reconciliación, y aunque alguno de ellos sea capaz de revertir el proceso, aquel que no lo supera se volverá a ver víctima de sus sentimientos o acciones negativas en ese mismo momento o en existencias posteriores. La ley del progreso es inexorable e individual para cada alma, encarnada o desencarnada. Lo importante es comprender que no somos quiénes para impartir justicia, pues esta sólo está al alcance de la justicia perfecta que viene aplicada por las Leyes de Dios. Y por otro lado, si hemos elegido el camino de la venganza, deberemos saber que en esta decisión estamos comprometiendo nuestro futuro con el sufrimiento y la aflicción, con la angustia y la desesperación que brota del alma endeudada incapaz de obtener la paz y la serenidad de conciencia que se consigue cuando se obra con amor, perdón y caridad.
El espíritu vengativo cree erróneamente que podrá obtener paz y tranquilidad después de su venganza, y no hay nada más erróneo que esta reflexión, pues cuando consigue aquello que busca y logra la perdición de aquel al que quiso perjudicar, lejos de obtener paz, el remordimiento y la culpa aparecen ante él, pues la ley le devuelve todo el mal que realiza antes o después. Con ello se enzarza en un proceso de autodestrucción personal que puede durar siglos y cuyo único perjudicado es él mismo.
El mayor psicoterapeuta de la humanidad, a la pregunta de si debíamos perdonar a nuestros enemigos, respondió así: “Deberás perdonar setenta veces siete”. Dando a entender con ello que el perdón libera al alma de sus esclavitudes y relaciones malsanas del pasado, alcanzando así la liberación y la paz de conciencia a la que todos aspiramos.
Venganza parasitaria por: Benet De Canfield
©2023, Amor paz y Caridad
Psicografiado por A. Lledó






