Buscar, aceptar y corregir
“La transformación y el esfuerzo de corrección de las malas inclinaciones por otras buenas, supone el salto cualitativo del alma del sufrimiento a la dicha y de la angustia a la paz interior”
Un eminente premio nobel del siglo pasado afirmaba que si se quiere obtener resultados diferentes debemos comenzar por trabajar y realizar cosas distintas a las que hacemos habitualmente. Efectivamente, esta es una regla que se cumple casi siempre.
Un auténtico científico es aquel que nunca deja de buscar la verdad. Los innovadores, dentro de la ciencia, la cultura o la filosofía, son aquellos que se atreven a romper con el sistema establecido “mirando más allá”, y la mayoría de las veces optando por métodos de trabajo totalmente distintos a los que están establecidos como regla.
Esto les supone ingratitudes, incomprensión de sus colegas e incluso críticas furibundas de aquellos inflexibles apegados a los procedimientos científicos y dogmas religiosos que no contemplan salir de su zona de confort a la hora de abrir la mente y explorar nuevos campos de investigación, o tan siquiera tener en cuenta los que ya existen bajo una mirada diferente, para entrever nuevas conclusiones que les pasan desapercibidas al cerrar la mente por comodidad, inercia, asunción del método establecido sin autocrítica o simplemente temor interno a que puedan tambalearse los principios que mantienen sin tener alternativas de respuesta a lo que venga a descubrirse.
“El único verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”.
Marcel Proust, escritor francés
Estas actitudes no solo lastran el avance de la ciencia, la filosofía, la cultura, la religión, la educación y la misma sociedad, sino que explican por qué los cambios del “paradigma científico” son tan lentos y paulatinos. Sin embargo, la historia de la ciencia nos demuestra que estos cambios terminan por imponerse y doblegar la resistencia numantina de los ortodoxos de mente cerrada que no se plantean nuevas alternativas de reflexión o investigación, y ni siquiera se estimulan a ver bajo otros puntos de vista lo que ya está establecido. Max Planck, el padre de la física cuántica, lo explicó así:
“Una nueva verdad científica no suele imponerse convenciendo a sus oponentes sino más bien porque sus oponentes desaparecen paulatinamente, sustituidos por una nueva generación familiarizada desde el principio con la nueva verdad”.
En este sentido muchos investigadores actúan bajo el dogma asumido como evidencias, cuando la propia evolución y desarrollo de la cultura, las ideas y las doctrinas filosóficas y científicas están demostrando que muchas de estas supuestas evidencias no son los que parecen sino tan solo supuestos que la propia realidad y avance de las ciencias de vanguardia o de las nuevas ideas desmienten en su veracidad.
Confundir evidencia con supuesto es más habitual de lo que parece, y en el campo de la investigación muchos avanzados pensadores, investigadores y científicos cayeron en el error de verse deslumbrados por el extraordinario avance de las ciencias positivas a finales del XIX y durante todo el siglo XX como para admitir, sin cuestionar, multitud de supuestos que ahora mismo los avances de la física, la neurología, la astrofísica, la termodinámica, la biología molecular y otras disciplinas han demostrado como erróneos.
“La mente es como un paracaídas, sólo sirve si se abre”.
Albert Einstein, Físico
Si esto ocurre con las actitudes de aquellos que se dedican al estudio de las ideas, la ciencia y la investigación, qué no acontecerá con aquello que se encuadra dentro de las normas, leyes, preceptos o códigos morales que sustentan las religiones, las filosofías espiritualistas y todas aquellas áreas que tienen que ver con el avance de las reglas ético-morales que implican al hombre en la mejora y el avance de su propia identidad humana.
Es mucho más difícil cambiar la dinámica interna de nuestra identidad de manera voluntaria y consciente porque esto supone en primer lugar un conocimiento interno de “lo que somos” y “cómo somos”. Y a partir de aquí, no solo basta con conocer, se trata de querer. Existen muchas personas que se conocen interiormente pero no aceptan el esfuerzo que se precisa para realizar un cambio interior, ya que esta actitud no depende del conocimiento sino de la voluntad de cada individuo.
La transformación a mejor parte de la reflexión y el reconocimiento. La primera llega con el conocimiento, el segundo mediante la aceptación. La reflexión nos predispone a evaluar nuestras deficiencias interiores, las fallas morales que nos aquejan y que no afloran por ciencia infusa; la mayoría de ellas son patrones y hábitos de conducta y de maneras de pensar y sentir equivocadas, que proceden de nuestra milenaria trayectoria inmortal, habiendo comenzado su desarrollo en vidas anteriores, donde asentaron su dominio en nuestro carácter por mera repetición que terminó por construir nuestro temperamento con esas actitudes, vida tras vida, experiencia tras experiencia.
En cuanto a la aceptación, es el momento en que la voluntad emerge al servicio de los auténticos deseos de nuestro espíritu inmortal. Solo mediante la puesta en marcha de esta “voluntad de cambio” podemos iniciar el proceso de esfuerzo y “trabajo de corrección” que necesitamos para elevar los patrones mentales de lucidez mental, la depuración de las emociones groseras por sentimientos sublimados de nobleza, y la actitud de entrega altruista que constituye la renuncia al egoísmo por la caridad hacia el semejante.
Una caridad como Jesús la entendía: plena de empatía, consuelo, compasión, perdón y ayuda al prójimo, no solo en lo material, que propiamente debe ser denominado como beneficencia, sino en lo más importante, que significa comprender al otro, entendiendo que las ingratitudes, incomprensiones, debilidades, defectos morales y actitudes malsanas son fruto del retraso del alma y que todos hemos pasado por esos estados en los que necesitamos de ayuda, comprensión y sobre todo “tolerancia” para con nuestras faltas.
En esas fases de desarrollo y entorpecimiento solo la compasión y la caridad como expresión de amor al prójimo logra reconducir las conductas, invitar a la reflexión sobre la necesidad de cambiar el rumbo, y para ello no hay nada mejor que recibir el ejemplo y el apoyo de aquellos que nos acompañan, nos consuelan y nos orientan sin pedir nada a cambio.
La comprensión del fin último de la existencia humana, que no es otro que el progreso espiritual y el adelanto del alma, no se produce sino con el transcurrir del tiempo y de las eras: las distintas vidas, con sus pruebas y expiaciones, sensibilizan y preparan el camino para doblegar el orgullo y el egoísmo que anidan en nuestro interior como reflejo y resultado de los errores cometidos en el pasado.
La buena noticia es que todo esto forma parte del proceso del despertar del alma a los valores superiores incorporados por Dios en nuestra conciencia inmortal desde que nos crea. Y esta dádiva divina es la impulsora, de manera imponderable e inevitable, del progreso y el desarrollo del espíritu rumbo a la plenitud a la que está destinado: la dicha y la perfección relativa que a todos nos espera.
«Para las personas creyentes, Dios está al principio; para los científicos, está al final de todas sus reflexiones».
Max Planck, Físico
Ese impulso, denominado por muchos “deotropismo”, que impregna toda la creación rumbo al infinito, únicamente exige de nosotros adaptarnos a su finalidad mediante el esfuerzo por la depuración de nuestra alma, sustituyendo imperfecciones por virtudes y desarrollando las potencialidades interiores que nos asemejan a las capacidades divinas que el Creador colocó en nuestro interior a su imagen y semejanza.
Apenas somos conscientes de lo que nos espera, pues la “evolución consciente” que todos debemos alcanzar no es un proceso instantáneo, sino que se conquista mediante el esfuerzo y el trabajo interno, que parte de la reflexión de nuestra inferioridad actual pero que comprende el futuro de plenitud y felicidad que nos aguarda, olvidando para siempre el sufrimiento que la ignorancia y el error de nuestro caminar en el pasado inoculó en nuestra alma.
Es ahora, cuando apenas comenzamos a vislumbrar el futuro inmortal y lleno de esperanza y dicha que nos aguarda, cuando estamos en condiciones de ultimar las reflexiones que necesitamos para, de manera inmediata, aceptar el lugar que ocupamos en la escala evolutiva y colocar la voluntad de cambio y el esfuerzo necesario para seguir avanzando hacia la verdad, la paz y el equilibrio interior que necesitamos en nuestro propio beneficio espiritual.
Mirar con nuevos ojos: Redacción
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“No es la posesión de la verdad, sino el éxito que llega luego de la búsqueda, donde el buscador se enriquece con ella”.






