TRAICIONES Y DISIDENCIAS

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Traiciones y disidencias

Traiciones y disidencias

“He sido el blanco del odio de enemigos encarnizados, de la injuria, de la calumnia, de la envidia y de los celos; libelos infames han sido publicados contra mí; mis mejores instrucciones han sido desnaturalizadas; he sido traicionado por aquellos en quienes había depositado mi confianza, pagado con ingratitud por aquellos a quienes había prestado servicio. La Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas ha sido un foco continuo de intrigas urdidas por aquellos mismos que se decían a mi favor y que, mientras mantenían las apariencias ante mí, me atacaban ferozmente por detrás. Han dicho que aquellos que tomaban partido a mi favor eran sobornados por mí con el dinero que recogía por medio del Espiritismo. No he conocido más el reposo; más de una vez he sucumbido bajo el exceso de trabajo, mi salud ha sido alterada y mi vida, comprometida. Según la comunicación del Espíritu Verdad, yo debía esperar todo eso y todo se ha verificado”. (*)

(*) Escribo esta nota el 1º de enero de 1867, diez años y medio desde que esta comunicación me fue dada, y constato que se ha cumplido en todos los puntos, pues he experimentado todas las vicisitudes que allí me fueron anunciadas.
Allán Kardec – Revista Espírita

Qué mejor que las palabras textuales de Kardec citadas arriba para calibrar la dimensión de los obstáculos, retos y dificultades que hubo de afrontar en la realización de su misión y trabajo en la Tierra. Como vemos, diez años antes, su espíritu guía ya le advirtió en una comunicación, punto por punto, de todas las inconveniencias y dificultades que debería afrontar si aceptaba voluntariamente el compromiso que venía a cumplir. Al final del artículo del pasado mes de marzo de esta misma serie se reproduce la citada comunicación a la que hace referencia.

Fueron tantos los ataques, las difamaciones y las injurias que Kardec respondía a todos con paciencia y sabiduría, usando la razón y la lógica, y dejando en evidencia a los detractores que por ignorancia se atrevían a difamar sin conocer. Pero sin duda, lo que más afectó a Kardec, como a cualquier ser humano que lo padezca, fue la traición de los más allegados, aquellos en los que había depositado su plena confianza.

La injuria o la maledicencia no hacen mella en la divulgación de la verdad cuando es proferida por ignorantes o fanáticos de cualquier índole que emiten opiniones sin conocimiento de causa. Sin embargo, la deslealtad y la traición son sin duda una hiel amarga que pone a prueba la paciencia, la humildad y la capacidad de perdón de aquel que las soporta.

Y en ello, el honesto profesor, el maestro pedagogo, el hombre íntegro con amor a la verdad que era Kardec, dio una lección soberana de prudencia, humildad y lógica: Respondiendo siempre con argumentos lógicos y racionales, sin entrar en el barro de la descalificación, el insulto o el desprecio, como otros hacían cuando se permitían denigrar la nueva doctrina sin conocerla ni haberla estudiado en profundidad.

Porque no solo se recibían críticas de los fanáticos religiosos que veían socavar la autoridad de la iglesia con los postulados de la nueva filosofía espiritualista de reconstrucción del cristianismo primitivo. También algunos científicos sumergidos en la soberbia y el orgullo de su ciencia del siglo XIX, creyéndose en posesión de toda la verdad acerca de la realidad, se burlaban sin saber ni pararse a estudiar aquello que criticaban, una actitud totalmente científica y sectaria.

A este respecto, en una de las cartas que Kardec dirigió a los espíritas en 1862 afirmaba que los tiempos de burla acerca del Espiritismo habían finalizado; no obstante, advertía que los ataques seguirían más virulentos si cabe, pues aquellos que los efectuaban se habían dado cuenta de la potencia ideológica, filosófica y científica de la doctrina espiritista. Kardec afirmaba, ahora nos combatirán con nuevas armas: “la persecución de los adeptos y las intrigas para dividir el movimiento”.

Dicho y hecho; las burlas cesaron, pero la virulencia de los ataques se incrementó, y todos comenzaron por la persona del profesor al que de forma despectiva denominaban “misionero en jefe”. Como el mismo codificador explica en la nota detallada arriba, hubo un momento en que la propia Sociedad Espírita de París se convirtió en un foco de intrigas por parte del algunos que hipócritamente lo apoyaban exteriormente pero lo traicionaban y atacaban a escondidas.

Cuando Kardec se dio cuenta de todo esto, tomó las medidas oportunas, dejando de contar con aquellos que lo traicionaban pero sin ningún reproche; únicamente se apartó de ellos, prescindiendo de sus consejos e iniciativas.

También dentro de un movimiento de tanta pujanza no pudo evitar Kardec las disidencias, como el caso conocido del abogado Jean Baptiste Roustaing, declarado espírita militante y que profesaba admiración por el maestro Kardec, al que denominaba como el “muy honrado jefe espírita”, y que hizo profesión de fe de su lealtad al maestro. Sin embargo, muy pronto esta lealtad sería cuestionada por el mismo Roustaing al tomar caminos distintos en los métodos a los de Kardec recurría para comprobar la veracidad de las comunicaciones.

En 1866 Roustaing publicó su obra Los cuatro evangelios con un prefacio de gratitud al maestro Kardec por la publicación del Libro de los Espíritus. El método empleado en esta obra mediúmnica de Roustaing distaba mucho del aplicado por Kardec en la codificación. Roustaing contó únicamente con una médium para la tarea, la Sra. Emile Colingnon, y denominó presuntuosamente a su libro como La revelación de la revelación.

No solamente era en el método lo que diferenciaba la investigación y el trabajo de Kardec (este utilizaba cientos de médiums y luego cotejaba la concordancia de las comunicaciones), sino que algunas afirmaciones de la obra del abogado eran contrarias a la enseñanza dada por los espíritus en la obra de Kardec.

La más notable discrepancia era la de afirmar que Jesús no había venido a la Tierra con cuerpo físico sino “en cuerpo fluídico”. Pero sin duda, la más extraña y contraria a la filosofía espírita de las afirmaciones de la médium de Roustaing vertidas en ese libro era la que hacía referencia al hecho de que el futuro espiritual de la humanidad estaría en manos del Papa y de la Iglesia romana.

Quizás, y es nuestro deber moral mencionarlo aun a riesgo de estar equivocados, esto nos ofrezca una pista de por qué algunos movimientos espíritas actuales (roustaingistas de base) tienen una fuerte ascendencia impregnada de la iglesia católica. (Nota del autor de este artículo).

Con absoluta delicadeza y prudencia Kardec dio su opinión pública sobre esta obra, aunque en la intimidad y entre sus colaboradores opinaba que no era muy fiable confiar todo el texto a una única médium. Solamente este último detalle comprometía seriamente uno de los principios esenciales de las comunicaciones espíritas: “la universalidad de la enseñanza de los espíritus”.

Veamos su opinión pública y la privada. Al respecto de la obra y su opinión sobre el cuerpo fluídico de Jesús y su muerte y Resurrección, Kardec manifestó públicamente:

“Sin prejuzgar esta teoría, diremos que ya se hicieron serias objeciones al respecto y que en nuestra opinión, los hechos sobre la muerte y resurrección de Cristo pueden ser perfectamente explicados sin salirse de las condiciones de la humanidad corporal de Jesús”.

La opinión privada de Kardec sobe la obra de Rounstaing la expresa nítidamente en una carta dirigida al propio abogado que nunca recibió el destinatario, porque quedó por enviar en el escritorio de Kardec y que solo cuando desencarnó pudo ser leída. El título de la carta era “Futuro del Espiritismo” y refutaba la opinión de que el Papa o la Iglesia tuvieran algo que ver en ello, diciendo al respecto lo siguiente:

“Nos cabe rectificar los errores de la historia y depurar la religión de Cristo, transformada en manos de la iglesia en comercio y vil tráfico. El espiritismo instituirá la verdadera religión, la religión natural, la que parte del corazón y va directamente a Dios, sin depender de las sotanas o de los escalones del altar. La Iglesia se arrojó por sí misma al precipicio”.

Como explicamos más arriba, la relación de Kardec con los disidentes como Roustaing o los hipócritas a la causa, fue abandonada poco a poco por el codificador, respetándolos a todos pero alejándose de ellos. Este fue, sin duda, uno de los obstáculos y retos más dolorosos para el maestro de Lyon, pues muchos de ellos se manifestaron en ocasiones como entusiastas seguidores de la doctrina de los espíritus.

Traiciones y disidencias por: Antonio Lledó

2020, Amor Paz y Caridad

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