¿SOMOS DUEÑOS DE NOSOTROS MISMOS?

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¿Somos dueños de nosotros mismos?

Podría parecer que la respuesta a esta pregunta es algo de palpitante actualidad, pero nada más lejos en realidad. La controversia del pensamiento social, del derecho y su justicia, así como de la moral acerca de esta cuestión, viene siendo objeto de discusión desde hace siglos.

Existe una corriente de pensamiento llamada liberalismo que aboga dentro del derecho por oponerse a las leyes que protejan a las personas del daño que pueden hacerse a sí mismas. También se oponen a que las leyes promuevan alguna concepción de la virtud (honradez, solidaridad, equidad, etc.), e incluso a que se expresen las convicciones morales de la mayoría. 

Es el mismo pensamiento del que se niega a la redistribución de la renta o recaudación  de impuestos para el funcionamiento de todos, pues consideran que el estado viola la libertad del individuo y no tiene derecho a forzar programas sociales que favorezcan a los pobres. 

Pongamos un ejemplo: si soy dueño de mi cuerpo puedo vender mis órganos. Imaginemos que estoy dispuesto a vender un riñón y un comprador me ofrece la cantidad que solicito, no porque lo necesite para un trasplante sino porque es un marchante de arte que compra y vende órganos humanos a ricos para que los pongan en su sala de estar y sus invitados hablen de ello. ¿Debería permitirse que se compren y vendan órganos con este propósito? 

Si usted piensa que es dueño absoluto de su cuerpo no pondrá objeción, pues argumentará que lo que importa no es el propósito sino el derecho que tengo de hacer lo que quiera, aunque le repugne que se use frívolamente el órgano, e incluso aunque esté a favor de las ventas de órganos para salvar vidas. Pero si esto último es lo que piensa, tendrá que renunciar a sus premisas libertarias y reconocer que no tenemos un derecho de propiedad ilimitado sobre nuestro cuerpo. 

En los años 90, un preso de California quiso donar a su hija enferma su segundo riñón (el anterior lo había perdido en accidente hacía años). El comité de ética del Hospital no lo aceptó. Si de verdad poseyéramos nuestros cuerpos y vidas, a nosotros nos tocaría decidir si vendemos nuestros órganos, con qué propósito y con qué riesgo. Lo mismo podemos trasladarlo al suicidio asistido (justificación: si mi vida me pertenece debería tener la libertad de abandonarla); sin embargo, la mayoría de los que defienden el suicidio no colocan como argumento la propiedad de la vida sino la dignidad y la compasión.

Si queremos validar la fuerza moral de la idea de ser dueño de uno mismo, pensemos en un caso de suicidio asistido donde el paciente no sea un enfermo terminal; aquí no valdrían de nada las consideraciones relativas a la dignidad ni a la compasión.

El gran filósofo Immanuel Kant ya distinguía lo siguiente: como los seres humanos somos libres no se nos debería usar como objetos, sino digna y respetuosamente, esta es la distinción moral entre las personas (dignas de respeto) y las cosas u objetos (susceptibles de ser usados). Por eso, para Kant la moral consiste en respetar a las personas como fines en sí mismos, y sólo las acciones llevadas a cabo por el motivo del deber tiene valor moral.

Retomando el ejemplo del suicidio, el deber de preservar la vida nos debería impedir quitárnosla, aunque la desesperanza, la miseria y el no desear seguir viviendo sean las razones que nos impelen a ello. Esto tendría un enorme valor moral, pues es posible amar la vida a pesar de las dificultades. Y el deseo de seguir viviendo no socava el valor moral de preservar la propia vida, siempre y cuando la persona reconozca el deber de preservarla.

Si enfocamos el tema desde el punto de vista estrictamente espiritual, la razón más evidente es el hecho de que la vida nos ha sido dada; no es de nuestra propiedad, pero podemos disfrutarla y aprovecharla. El alma humana como creación divina goza de las oportunidades de venir a la vida física una y otra vez a través de la reencarnación, animando diferentes cuerpos y con un propósito o finalidad claramente definido: su progreso espiritual.

El mayor atentado que podemos cometer contra las leyes de la vida es el acto del suicidio, un acto de cobardía moral para intentar evitar las dificultades que se nos presentan. No somos los dueños de nuestra vida, pues esta nos la da Dios para que aprovechemos la oportunidad de seguir creciendo, intelectual y moralmente, en el largo camino de la ascensión espiritual que nos lleva a la plenitud y la felicidad.

Todo lo que existe en el Universo es obra de Dios, la naturaleza y el hombre son parte de la obra inconmensurable de la Causa Primera. No existe efecto sin causa, por ello, aunque no podemos comprender a Dios, sí podemos intentar conocerlo por sus efectos, que es el universo físico y espiritual, y dentro de él nosotros mismos formamos también parte. La finalidad o el propósito de la vida es sin duda el progreso, la evolución y el desarrollo de las humanidades, como venimos observando a través de la Historia de la humanidad.

No hemos necesitado comprender a Dios en este punto para entender que todo se encadena hacia formas y procesos evolutivos superiores, tanto en la naturaleza  como en el desarrollo del alma humana. Tan sólo la insensatez humana, la acción perniciosa del hombre sobre la naturaleza parece empañar ese proceso debido al libre albedrío con el que contamos.

 Pero ni siquiera de esta forma somos dueños de nosotros mismos, pues al igual que el padre impone a un niño por Amor las normas de comportamiento, a fin de evitarle males mayores y procurar un desarrollo armónico y correcto de su personalidad, Dios actúa de igual forma con nosotros. ÉL ha colocado la Ley Natural de la que se derivan el resto de las leyes espirituales para guiar nuestro camino hacia la felicidad, teniendo en cuenta que somos todavía niños, espiritualmente hablando, y además de ello nos ha dotado de libre albedrío para que ese camino lo recorramos por nosotros mismos, pudiendo forjar, en base a nuestros méritos, un destino más feliz o venturoso, antes o después.

Todavía nos resistimos a evaluar de forma consciente los límites de nuestra ignorancia respecto a la vida y a la realidad que nos rodea. Hemos avanzado enormemente en ciencia y tecnología, pero la realidad subyacente y trascendente del alma humana permanece oscurecida para muchos. La comprensión de su naturaleza inmortal nos ofrece la justificación y la verdadera medida del hecho que nos ocupa: “la vida es un préstamo que se nos concede para seguir avanzando en el camino del progreso espiritual en busca de la felicidad”. Y, que nosotros sepamos, un préstamo no es propiedad más que de aquel que concede el crédito.

¿Somos dueños de nosotros mismos? por: Redacción

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