A LOS CIENTÍFICOS Y RELIGIOSOS

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A los científicos y religiosos

A los científicos y religiosos

Sin duda ninguna, los desafíos iniciales más importantes que tuvo que afrontar Kardec fueron consecuencia de la publicación de “El Libro de los Espíritus”, el 18 de Abril de 1857. Todo un compendio de “Filosofía Espiritualista”, como él mismo acuñó en la portada de la nueva edición de 1860, ampliada de 501 a 1018 preguntas y respuestas, dictadas por los espíritus superiores a distintos médiums y codificada y estructurada por el profesor Rivail. Según sus palabras en el libro “Obras Póstumas”:

“Varios médiums colaboraron en este trabajo. De la comparación y fusión de todas las respuestas, coordinadas, clasificadas y muchas veces retocadas en el silencio de la meditación, fue como elaboré la primera edición de El Libro de los Espíritus”

El revuelo fue enorme. En dos meses la primera edición de la obra se agotó. Y las reacciones no se hicieron esperar. La incredulidad y el escepticismo vinieron de parte de sus colegas científicos. Y los ataques furibundos de la Iglesia, que condenaba como satanismo consultar a los “muertos”, no se hicieron esperar.

No obstante, nada de ello cogió de improviso a Kardec. Tanto es así que en la introducción del libro se anticipó a las críticas con un párrafo titulado “Refutación de varias objeciones”. Por considerarlo innecesario, este párrafo fue eliminado en la segunda edición del libro. Sin embargo, recogemos a continuación un detalle del mismo para comprobar cómo se anticipaba y respondía Kardec a las críticas que esperaba recibir.

“Quisieran los detractores del Espiritismo ver en todos sus adeptos solo a gentes ignorantes; lo que al respecto del número inmenso de hombres de mérito que la aceptarán, les permitiría relegar a estos últimos incluyéndolos en las creencias de todo tipo de gente. De estos hombres ilustrados, por su carácter y saber valdría la pena decir: al confirmar el Espiritismo, es preciso que exista al menos alguna cosa”

Investigadores, científicos, literatos, jueces, magistrados, aristócratas, nobles, predicadores, teólogos, filósofos, etc., fueron tales los adeptos y seguidores del Espiritismo en la Francia de la época que, sin duda, la expansión de la primera obra de Kardec contó con el apoyo de parte de las élites más cultas del país.

Al respecto de sus colegas, los científicos que rechazaban y atacaban la nueva filosofía que se expandía por doquier, Kardec rebatía con total y absoluta lógica y raciocinio, retándoles con dos observaciones. La primera era revelar sus pre-conceptos respecto a “cosas desconocidas”, y la segunda el excesivo apego a sus propias especialidades, lo que les impedía considerar nuevas causas y nuevos efectos.

Esta argumentación propia de un hombre del siglo XIX es totalmente válida a día de hoy, en pleno siglo XXI, cuando, los escépticos de la investigación en cualquier área, imbuídos del “sistema de creencias materialista” se niegan a investigar las evidencias argumentando que “no es posible” sin siquiera estudiar los hechos, las causas o las evidencias.

El negacionismo ya era bien entendido hace dos siglos, y hoy, lamentablemente, las mentes estrechas de la investigación científica que solo se miran el ombligo y creen saberlo todo niegan por negar, a fin de proteger sus posiciones, estatus o conocimientos. Aceptar la existencia de fenómenos que contradicen los dogmas de su sistema de creencias es peligroso para algunos científicos, pues amenaza su identidad, su seguridad y su poder.

No existe una actitud más anticientífica que la anterior. Aquel que se niega a estudiar o conocer los hechos no está validado ni revestido de autoridad alguna para enjuiciar aquello que desconoce. Y en esta línea, Kardec ya argumentaba en respuesta a esta actitud anticientífica lo siguiente:

“El hombre que tiene una especialidad, integra en ella todas sus ideas. Por eso, si necesito un análisis químico, recurriré con toda confianza a un químico, y si preciso saber sobre un motor recurriré a un mecánico. No obstante, respecto a otros especialistas que opinan sin saber, me permitirán que preste atención a una opinión negativa de ellos sobre el espiritismo, así como doy el mismo enjuiciamiento a un arquitecto cuando, sin saber, opina sobre cuestiones de música”.

Y qué decir sobre las opiniones y ataques furibundos de la Iglesia. Con todo el respeto, Kardec rebatía todos y cada uno de sus argumentos mediante la lógica, la razón y las explicaciones que los espíritus habían dictado. La fuerza de los hechos hablaban por sí solos. Muchos sacerdotes se hacían espiritistas por convicción.

Y todavía más, algunos de ellos no abandonaban su culto ni sus feligreses, pues consideraban que con la buena nueva que llegaba para iluminar las conciencias de los hombres (la doctrina espírita) podían ser más útiles y de mayor ayuda a los feligreses, aclarando aquellas dudas que el dogma no explicaba y ofreciendo el consuelo de la victoria sobre la muerte que el Espiritismo demostraba.

Al respecto del sentido cristiano del Espiritismo, Kardec tomó muchas precauciones para dejarlo bien claro, evitando confundir dogmas, ritos o religiones con Cristianismo. Por ello, y en respuesta a una carta de un príncipe católico sobre la naturaleza del Espiritismo, aclaró lo siguiente:

“Si consideramos la moral enseñada por los espíritus superiores, comprobaremos que toda ella es evangélica, pues predica la caridad cristiana de forma sublime”

Y entre las muchas respuestas a las críticas que solía publicar en la Revista Espírita, que comenzó a publicar en 1859, dejaba bien claro que el Espiritismo había llegado al hombre para combatir “la llaga del materialismo”, pues demostraba la existencia del alma y su inmortalidad, atestiguando que cada cual recibirá recompensa o castigo según sus propios actos, y como consecuencia ayudaría a formar una sociedad más justa. Añadía además que multitud de materialistas eran atraídos cada vez más a sus filas por sus principios científicos.

Otra muestra más de cómo respondía a los retos y desafíos de los ataques furibundos de los religiosos de la época fue la respuesta que dirigió al Abad François Chernel; que en un artículo titulado “Una Nueva Religión en París” publicado en Abril de 1859 en el periódico católico “El Universo”, reconocía el imparable avance y expansión de lo que él denominaba como “necromancia espírita”, advirtiendo del peligro de conocer esta nueva secta.

La respuesta de Kardec no se hizo esperar. Según el maestro de Lyon, al desvelar el mundo invisible como el microscopio revela las partes más pequeñas del universo, el Espiritismo no sería una religión sino una ciencia. De lo contrario tendría sus templos, cultos, ministros, rituales, etc., algo de lo que carece. A pesar de la respuesta, no dejó de remarcar, como había hecho en la carta al príncipe mencionada arriba, los lazos entre la nueva doctrina y el cristianismo, defendiendo además su fuerza en el combate contra el materialismo y la incredulidad.

Y terminando su respuesta incorporaba estas frases: “a cuantos incrédulos enfurecidos encaminó ya el Espiritismo”, “a cuantas víctimas arrancó del suicidio por la perspectiva de la suerte que acompaña a aquellos que abrevian la vida en contra de la Ley de Dios”, “cuantos odios calmó y eliminó aproximando a los enemigos”.

Conforme la divulgación de las obras se iba produciendo y la Revista Espírita alcanzaba un elevado número de suscriptores en todo el mundo, la difusión era cada vez mayor, lejos de amainar se acrecentaba. Millares de cartas llegaban al domicilio del profesor, y aunque las críticas también se expandían, con notable paciencia y sin responder a ninguna de ellas con agravios de ningún tipo, el profesor contestaba con la lógica de la razón, las evidencias experimentales que el fenómeno presentaba y las enseñanzas superiores recibidas por los espíritus.

Convencido como estaba de que las críticas hacían más fuerte y más importante la divulgación del Espiritismo, siguió imperturbable su camino sin rencores, sin devolver mal por mal, pero colocando los argumentos racionales y evidentes que eran apoyados por el mundo espiritual superior que, desde el otro lado, supervisaba el nacimiento y divulgación de esta obra superior de redención humana.

Con la elegancia que lo caracterizaba quiso agradecer a sus adversarios la ayuda recibida, y en un artículo de marzo de 1859 en la Revista Espírita titulado “A los Antagonistas”, escribió:

“No hay ni uno sólo de sus artículos (los escritos por los adversarios), que no haya producido una mayor venta de nuestros libros y proporcionado un mayor número de suscriptores a la Revista. Gracias, pues, por el servicio que nos prestan involuntariamente”

 

A los científicos y religiosos por: Antonio Lledó Flor

2020, Amor, Paz y Caridad

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