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SENTIDO MORAL: ESPIRITUAL Y ATEO

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Sentido moral: Espiritual y ateo

“INMORTALIDAD Y LEY MORAL”

“Dos cosas llenan mi ánimo de profunda admiración y respeto, el cielo estrellado que hay sobre mí y la ley moral que vive en mi interior… la segunda eleva mi valor como inteligencia infinitamente en virtud de mi personalidad, en la cual la ley moral me revela una vida independiente de la animalidad”.

Immanuel Kant – Filósofo, s. XVIII

Es algo evidente que el “sentido moral” del ser humano está incorporado en nuestra conciencia. En este aspecto todos, ateos, agnósticos y creyentes, sean cuales sean sus creencias, poseen un código moral no escrito que regula la capacidad más importante de la conciencia: “El discernimiento entre el bien y el mal”.

Nadie niega esto. Otra cosa muy diferente es el origen del sentido moral o cómo se expresa en los seres humanos. En la antigüedad, el concepto de Ley Natural ofrecía, dentro de las religiones, un aspecto básico e incuestionable: en la revelación de los principios aceptados por el fundador de cualquier religión está la base del código moral de cada una. Y todo aquello que se ajustaba a ese criterio era “moralmente bueno”, mientras que lo que se apartaba del mismo se consideraba infracción, pecado o transgresión de la ley divina, y era “moralmente malo”.

Por ello, cuando actuamos en el bien nos sentimos bien, en paz con nosotros mismos; y cuando actuamos en el mal, al no ejercer el deber moral que nuestra propia conciencia nos demanda, la felicidad se aleja de nosotros presentándose, en cambio, el remordimiento, la culpa, y angustiando nuestro estado interior.

“La felicidad y deber moral están inseparablemente conectados”.

George Washington

El concepto de moral sufrió en las últimas décadas un cambio importante. De ser considerado como las costumbres y tradiciones de los pueblos, las sociedades y religiones como algo derivado de la estructura social y la historia de cada una de ellas, ha pasado ya a ser considerado por los sociólogos como “una aspiración al bien” por parte de los seres vivos que tienen conciencia de sí mismos.

Hay tantos códigos morales como queramos señalar, pero no es nuestra intención detenernos en la validez, coherencia o justicia social de los mismos. Lo que para algunos es válido moralmente según su propio código moral puede ser inválido para otros, debido a sus costumbres y tradiciones.

“Lo que es considerado justo en una época parece bárbaro en otra. Sólo las leyes divinas son eternas; las humanas se modifican con el progreso y seguirán cambiando hasta que se armonicen con las leyes divinas”.

Allan Kardec

Nuestra intención aquí es profundizar en las causas que originan y definen el sentido moral así como las consecuencias de las mismas, tomando como base dos aspectos principales: la moral derivada de la creencia en Dios y la moral atea que niega la existencia de un creador y atribuye la existencia del sentido moral en el hombre a rasgos evolutivos procedentes de la biología y la interacción social.

Vaya por delante que la moral implica siempre la existencia del bien o del mal para poder aceptar o condenar como moral o inmoral cualquier acto en sí mismo. Y también vaya por delante que, sin la existencia de Dios, el bien y el mal no tienen razón para existir.

A pesar de ello, la moral atea derivada del concepto darwiniano de la evolución, y más concretamente de la “supervivencia del más apto”, nos ofrece unas consecuencias morales verdaderamente espantosas. Es precisamente el planteamiento de esta moral darwiniana el que dio origen a situaciones de auténtico terror a lo largo de la Historia. Si no aceptamos la existencia de un Creador y todo lo fiamos a la supervivencia del más apto o de unos “genes ciegos” que deciden por nosotros, estamos negando el libre albedrío, la realidad y la existencia del alma humana, y por ende el reconocimiento de que el hombre es un ser creado a imagen y semejanza de Dios.

Y es aquí donde encontramos el problema: al considerar que somos animales sin alma y sin un destino eterno según el ateísmo darwiniano, el sentido moral debe desaparecer y no existe diferencia en ser tratados como los animales, pues ya la evolución biológica se encarga de ello. Esto supone que prácticas como la eutanasia, el aborto, la eugenesia, el infanticidio son justificadas porque según este erróneo planteamiento el objetivo de la evolución es perpetuar a los mejores, a los más aptos, y al igual que desechamos un animal deforme o con deficiencia que pueda ofrecer descendientes minusválidos, lo mismo podemos hacer con los humanos.

“Los animales son de Dios. La bestialidad es humana”.

Víctor Hugo

Es la justificación de la Eugenesia del siglo XIX, del racismo asesino que depuraba “la raza aria” de Hitler enviando a judíos, homosexuales, minusválidos, enfermos o ancianos a las cámaras de gas.

Si el sentido moral lo basamos en la biología y la supervivencia del más apto, como defiende el ateísmo, la monstruosidad de acabar con los débiles, los que poseen síndrome de Down, los que vienen con espina bífida, etc., harán que las leyes del aborto sean pauta de conducta civilizada por la propia aceptación de la sociedad. Lo que hoy es una opción en muchos países donde está legalizado el aborto, se convertirá en patrón obligatorio regulado por ley en un futuro.

Sin embargo, el sentido moral derivado de la creencia en Dios, más concretamente de la tradición judeocristiana de la que somos herederos, nos habla de que somos creados a imagen y semejanza del creador y que entre nosotros y los animales existe una diferencia fundamental: tenemos un alma inmortal y somos conscientes de nosotros mismos, pudiendo usar nuestro libre albedrío para elegir el camino a tomar.

Esta diferencia es fundamental. Debido a ello, la vida de todo ser humano tiene un propósito y no está exenta de significado. Y nos atrevemos a afirmar que las vidas de aquellos que vienen a la Tierra con diferencias y obstáculos que parecen insalvables, tienen como causa principal las leyes de justicia y de causa y efecto, que en el alma humana proveen de existencias de expiación importantísimas para su regeneración espiritual. Lógicamente, el ateo o los que no aceptan la inmortalidad, preexistencia y/o trascendencia del alma tienen dificultades para comprender esto, ya que su horizonte temporal se limita a una vida física de pocos años que se extingue en la nada.

Aquellos que aceptamos la inmortalidad del alma observamos un horizonte infinito, inigualable, de crecimiento y progreso continuo a través de las eras y los siglos; donde las leyes morales creadas por Dios dirigen y pautan los tiempos y las reglas para que el alma humana alcance su sublimación y dicha perfecta, gozando de la plenitud del pensamiento divino y del amor infinito que el creador impregna en su obra en todos los rincones del universo. Todo ello sólo es posible alcanzarlo con el paso del tiempo y el esfuerzo personal por adelantar en el camino del progreso espiritual y el desarrollo de las virtudes superiores del alma que nos acerca a Dios.

La visión de la vida humana triste, cortoplacista, materialista, efímera e inconsistente por carecer de propósito y significado que nos presenta el ateísmo, el materialismo, el fisicalismo y el neodarwinismo llevan a insustancialidad de la vida y del hombre, presentan un universo carente de sentido, donde todo surge por azar, sin sentido alguno.

Esta visión nos hace esclavos de limitaciones en nuestro libre albedrío al presentar al hombre como resultado del azar, y en el mejor de los casos niega la mayor cualidad del ser humano “la libertad de poder elegir libremente nuestro destino”, al afirmar mediante el falaz determinismo genético que somos el resultado de unos genes ciegos que deciden por nosotros. Esto nos lleva incluso a la conclusión de que ni siquiera podemos fiarnos de nosotros mismos, pues no sabemos en ningún momento si nuestros genes han decidido lo que es correcto.

“Rechazo toda doctrina religiosa que no apele a la razón y que esté en conflicto con la moralidad”. 

Mahatma Gandhi

Todo ser humano es un ser moral. Algo que niegan los materialistas. Y el “sentido moral” es el mayor y más importante de los sentidos humanos al permitirnos el discernimiento entre el bien y el mal que tanto necesitamos los humanos para dirigirnos correctamente en el camino de la evolución de la que formamos parte.

Sentido moral: Espiritual y ateo por: Antonio Lledó Flor

2025 © Amor, Paz y Caridad

“La moralidad es la base de todas las cosas, y la verdad es la substancia de toda moralidad”.

Mahatma Gandhi

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