REDENCIÓN

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Redención

CONCIENCIA TRANSCENDENTE

Después de la construcción firme de los cimientos del alma y de comenzar el arduo camino de varias vidas abrazando la virtud, y con ello permitiendo desterrar la ceguera del alma e ir sustituyéndola paulatinamente por la luz que tendrá que iluminar nuestro camino, se presenta ante nosotros una fase importante del camino a recorrer.

Ningún camino que conduce a la liberación del alma inmortal está exento de esfuerzo y sufrimiento, pero cuando comenzamos a abrazar los valores inmortales de las leyes divinas que se encuentran esculpidos en nuestra propia conciencia, el camino se vuelve más despejado. 

Es entonces cuando comprendemos que el trabajo a realizar no es únicamente interior, es más, el avance no puede realizarse sin proyectarse hacia los demás. Es decir, ese embellecimiento de nuestra alma ha de conquistarse primeramente en el trabajo interior de transmutar los impulsos y herencias perniciosas del pasado por las virtudes que debemos conquistar; pero esto último sólo se logra cuando trabajamos de cara a nuestros semejantes, cuando nos donamos, cuando comprendemos que el campo de trabajo no es sólo nuestra preparación interior sino que al mismo tiempo hemos de probarnos en la entrega a los demás.

Es este último aspecto el que nos provee de las pruebas necesarias para comprobar si ya somos suficientemente pacientes, humildes, caritativos, entregados, amorosos, abnegados, etc.   Es la fragua que necesitamos, todo aquello que nos rodea, para poder avanzar y crecer.

Otro fenómeno ocurre al unísono de estas dos cuestiones (trabajo interior y exterior); mientras trabajamos desinteresadamente, nuestra percepción de la realidad se ve alterada con nuevas capacidades. Tanto es así que la visión y sensación de las cosas que ocurren adquieren nuevos matices para nosotros. Comenzamos a entender mejor el alma humana, abrimos nuestras mentes a la comprensión de los otros, a sus necesidades espirituales, a sus dramas y testimonios personales.

Retrocede el egoísmo recalcitrante que a todos nos afecta, pues nada hay mejor para eliminar algo que no alimentarlo, y cuando volcamos nuestros esfuerzos en el prójimo dejamos de alimentar nuestros egos particulares, si lo hacemos bajo una noble intención de ayudar y esclarecer. 

Con todo esto, vamos comprendiendo mejor a los demás y a nosotros mismos, ampliando nuestra conciencia, mejorando la forma de ayudar, consolar, esclarecer y confortar a todos aquellos que precisan de nosotros. 

Esta amplitud de conciencia que vamos experimentando no se limita únicamente a nuestras capacidades psicológicas o de conocimiento de los demás, también viene ampliada por otras percepciones espirituales que con anterioridad eran impensables para nosotros y que ahora se presentan de forma natural, a fin de que podamos ayudar con mayor eficacia y precisión a los demás.

Nada es buscado, todo es adquirido en la misma medida en que solemos necesitarlo. Y es así como el mundo espiritual se va haciendo presente en nuestras vidas de manera trascendente, pues a cada instante que pasa nos damos cuenta no sólo de las necesidades espirituales de los demás, sino de las nuestras propias. Nos vislumbramos a nosotros mismos con las características más perentorias que precisamos corregir.

Nuestra conciencia se va ampliando y ella misma nos coloca frente a un espejo. De tal forma que, cuando vislumbramos una falencia en algún semejante, nuestra conciencia efectúa un análisis paralelo de nuestra situación respecto a la debilidad detectada, haciéndonos comprender que también nosotros, en mayor o menor grado, hemos tenido o tenemos algo que corregir respecto a esa imperfección que observamos en el otro.

Esta capacidad de observación sobre nosotros mismos que nos procura el trabajo desinteresado para con los demás, nos hace cada vez más conscientes de la necesidad de redención moral y espiritual que tenemos, impidiéndonos creernos superiores a los demás. Comprendemos entonces que cada cual se encuentra en un momento del camino, y que al igual que otros aprenden con nosotros, debemos y tenemos la obligación de fijarnos en aquellos que nos preceden en virtudes y cualidades para seguir sus ejemplos, y con ello caminar con paso firme y seguro hacia esa iluminación interior que todos perseguimos.

La redención del alma humana no es tarea de una sola existencia, es preciso recorrer metas, objetivos  y pruebas dispares para alcanzarla. Por ello mismo, la ampliación de la conciencia es un paso trascendente para darnos cuenta del punto en el que nos encontramos y cual debe ser el siguiente paso a seguir o compromiso a aceptar.

La grandiosa sencillez y a la vez complejidad de nuestra alma, alberga todas las posibilidades, permite todos los recorridos; unos más rápidos, que son aquellos conformes a las leyes que Dios ha esculpido en nuestra conciencia; otros más lentos, aquellos otros que, basados en nuestras inclinaciones equivocadas y decisiones erróneas, preferimos mantener por comodidad, egoísmo o resistencia a cambiar o aceptar un poder superior al nuestro, el de la propia divinidad.

Sea como fuere, la grandiosidad divina nos provee de libre albedrío para permitirnos elegir el camino a tomar, en la seguridad de que, antes o después, por nuestro propio bien, lograremos elegir el camino correcto que amplíe nuestra conciencia, nos redima de los errores del pasado y nos lleve hacia la luz interior que todos precisamos para embellecer aquello que somos: seres inmortales con capacidades y cualidades divinas que irán apareciendo a medida que avancemos hacia la plenitud y la felicidad que experimenta el estado angélico al que todos estamos destinados.

Redención por: Benet De Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

2024, Amor, Paz y Caridad

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