LEY PALINGENÉSICA O DE LOS RENACIMIENTOS 2

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Ley Palingenésica o de los renacimientos

Ley Palingenésica o de los renacimientos

Las experiencias y vicisitudes que corresponden a cada ser humano están en concordancia con sus hechos en el pasado y con su necesidad evolutiva. De aquí la diversidad de aspectos y condiciones de vida humana –las desigualdades humanas– que son diversos grados evolutivos y diversas necesidades de evolución.

Y es precisamente en esas desigualdades humanas donde podemos apreciar la acción de vidas múltiples del Espíritu –reencarnación– y su relación con la ley de consecuencias o causa y efecto.

Y por último, veamos lo que nos dicen los textos o versiones actuales del llamado (Nuevo Testamento). Invito a aquellos de vosotros que tienen los Evangelios como palabras de verdad, a analizar con mente clara lo referido por los apóstoles: “Porque todos los profetas y la Ley han profetizado hasta Juan. Y si queréis oírle, él es Elias, el que había de venir. El que tiene oídos que oiga”. (S. Mateo, cap. XI, 13 al 15). Aquí puede apreciarse fácilmente que el Mesías afirmó la vuelta del profeta Elias en la persona de Juan Bautista. O sea que, confirmó lo anunciado por el profeta Malaquías (IV-5).

Y en esa otra parte del Evangelio de S. Mateo (XVII, 10 al 13) cuando Jesús bajaba por el monte Tabor, después de la transfiguración, le preguntan: “Pues, ¿cómo dicen los escribas que ha de venir primero Elias? Y él les respondió: “Elias, realmente ha de venir y entonces restablecerá todas las cosas; pero yo os declaro que Elias ya vino y no le reconocieron.. ”. Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan el Bautista.

Y en el Evangelio de S. Marcos (IX, 10 al 12) está más claro todavía Reza así: “Y le preguntaron: Pues ¿cómo dicen los fariseos y los escribas que ha de venir primero Elias? Y él les respondió: Elias realmente ha de venir… Si bien os digo que Elias ha venido ya en la persona del Bautista y han hecho de él cuanto les placieron según estaba escrito.

Y por último, os invito a analizar con detenimiento y meditar con este otro pasaje del Evangelio de S. Juan (cap. IX, vers. 1 al 3). “Pasando, vio Jesús a un hombre ciego. Y sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿qué pecados son la causa de que éste haya nacido ciego, los suyos o los de sus padres? Respondió Jesús: ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Con esta respuesta, el Mesías dejó bien claro que, ni éste (el ciego como persona) ni sus padres, habían cometido falta causante de tal condición. Entonces, si el hombre ciego no había cometido faltas ya que había nacido ciego. ¿Dónde está la causa? -pregunto yo. El Mesías dijo:… ”para que se manifiesten en él las obras de Dios”. ¿Qué obras? -preguntaréis. Las obras de Dios se manifiestan en toda Su creación, por medio de leyes sabias y justas. Y si ese hombre vino ya ciego a la vida humana, para sufrir; ¿no os parece que tiene que haber una causa previa al nacimiento?

Y, ¿cuál habrá podido ser? Sencillamente, su pasado, el dolor infringido a otros en sus vidas anteriores. Y consecuencialmente vino a esa vida para pagar el daño que a otros hubo causado. Aquí tenemos un aspecto de las obras de Dios: sus leyes. La ley de consecuencias o de causa y efecto en acción de reajuste, recibiendo cada cual la cosecha de su siembra.

La reencarnación o encarnaciones sucesivas del Espíritu es una ley natural y cósmica, implícita en la ley de Evolución. Sin ella, las actuales desigualdades humanas: físicas, intelectuales, volitivas y morales, no tendrían explicación lógica. A la luz de la ley Palingenésica o ley de los renacimientos, nos es fácil comprender el origen o causa de las desigualdades humanas y los fenómenos dolorosos como reajuste del orden violado (reajuste cósmico), como rescate de deudas contraídas con la ley en el pasado.

Todo lo expuesto nos indica que venimos animando diversas personalidades desde épocas pretéritas, pasando por las diversas modalidades desde la época de las cavernas, y por la esclavitud en la que hemos sido vendidos como bestias indefensas, así como animando personalidades de esclavos y amos, nobles y plebeyos, ricos y pobres, hasta alcanzar el estado actual que a cada uno de nosotros corresponde. Pero, como en los designios de la Sabiduría Cósmica está que habremos de alcanzar la sabiduría, el amor y la pureza, así como la fortaleza para las grandes realizaciones, conquistas necesarias para gozar de felicidad plena; a esa meta habremos de llegar. Más, de nosotros depende adelantar o retardar la hora de llegada. Porque, cuando cegados por las ilusiones que cual espejismos se presentan en cada una de las vidas humanas, o por las pasiones que inducen a cometer errores causantes de dolor; retardamos la llegada a esa meta: la perfección.

Tengamos presente, que la vida, aunque humana en el plano físico, es espiritual en su objetivo. Y que, progresar es una necesidad impuesta por la ley de evolución para elevar el Espíritu a las cumbres del amor y del poder. Y que nadie puede detener nuestro progreso más que nosotros mismos, al olvidarnos del verdadero objeto de la vida humana y su realización.

Ley Palingenésica o de los renacimientos por: Sebastián de Arauco

 

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