Recordando el pasado

PLURALIDAD DE GLOBOS HABITADOS

   La geología nos enseña que la tierra existe desde hace millones de años, y el Espiritismo, que en el orden cronológico de los globos que se mueven en el espacio, y que han surgido sucesivamente en la inmensidad al soplo del poder creador, no ocupa la tierra sino una de las últimas jerarquías. 

 

   El número de estos globos no puede computarse, y sin consultar aquí, los testimonios de la ciencia, nos bastará tomar, por ejemplo, la impresión que experimenta el hombre al mirar la bóveda celeste. La simple ojeada que se pierde en las profundidades del espacio en que pululan estos puntos luminosos que parecen confundirse en su inconmensurable lejanía; esta ojeada, a simple vista, ¿no desafía por sí sola todos los cálculos que hacerse pudieran? Los granos de arena del mar no bastarían a representar el número de las estrellas que pueblan el cielo, y ni aun podrían servir de punto de comparación a el que tratara de darse cuenta de esta inmensidad. 
 
   Rechacemos desde luego esa hipótesis pueril, que debió tener origen en la ignorancia de los hombres tanto como en su orgullo; dejemos a un lado la asombrosa pretensión que consiste en decir que la tierra, este punto imperceptible y perdido en el espacio, haya sido, en las miras del Creador, el pivote del universo al derredor del cual debiese gravitar toda la creación. 
 
  Hoy no es posible admitir que esas miríadas de globos que brillan en el firmamento, que ese maravilloso sistema planetario que comprende por otra parte a la tierra en sus leyes generales, no ha sido, en la economía de la obra divina, más que una simple ornamentación destinada a decorar y embellecer la bóveda celeste. 
 
   ¿Y qué? ¿Estos astros han sido creados para embellecer la bóveda celeste cuando los rayos luminosos de algunos de entre ellos no han podido todavía, según las posibilidades de la ciencia, atravesar el espacio que les separa de la tierra?, ¿cuando otros empiezan a alborear a nuestros ojos una débil claridad? La razón, y sobre todo los progresos de la ciencia moderna, no pueden tomar por lo serio semejante sistema. 
 
  Ha llegado para el hombre el momento de levantar su pensamiento por encima de las estrechas percepciones del horizonte terrestre, de ensanchar sus miras desde el momento que su Creador se digna desarrollar en él el sentimiento de su grandeza. 
 
  Estos globos, inmensos santuarios de vida, obedecen al impulso del desarrollo que les es propio. Separados en el orden cronológico de su formación por incalculables duraciones, forman una cadena eterna y no interrumpida en el cumplimiento de una transformación progresiva y grandiosa, apropiada a las fases de la humanidad universal. El hombre de la tierra como el de los otros mundos, está llamado a seguir estas fases divinas en la marcha de su depuración, a fin de llegar hasta su última etapa; la comunión con la esencia divina. El progreso de la humanidad se verifica de este modo de uno a otro globo, como lo confirman estas palabras de Jesucristo: “Hay muchas moradas en la casa de mi Padre”; y estos globos ofrecen por si mismos una cadena progresiva de perfección y de felicidad. 
 
   Así es como la humanidad converge hacia la perfección del Ser Supremo. En esta ascensión aparece sucesivamente sobre diferentes astros, según un orden cronológico que corresponde al grado de desarrollo adquirido por cada uno de ellos en la duración de los siglos. 
 
   El Espiritismo nos inicia, pues, en los secretos del pensamiento divino que ha presidido a la creación, nos hace conocer las transformaciones sucesivas y providenciales que están reservadas al espíritu y que debe recorrer para asociarse a la transformación infinita que rige al universo. El Espiritismo nos enseña, en fin, que el progreso en el ser individual como en el hombre colectivo, es el producto del tiempo y no es jamás espontáneo. 
 
   Los espíritus nos enseñan que en la jerarquía de la gran familia universal están poco adelantados los habitantes de la tierra; que apenas se hallan desprendidos de las primeras condiciones del germen; que están todavía en el estado de naturaleza primitiva, y por este hecho sometidos a las imperfecciones inherentes a los primeros siglos de la infancia. Difícil es por lo tanto encontrar la felicidad en este medio, que es el de la prueba y de la expiación, y que hace de la tierra, en cuanto al presente, un purgatorio, instrumento de elaboración necesario al desprendimiento para el hombre de su naturaleza bruta. Tal afectación de la morada terrestre no puede constituir un estado normal y permanente, sino al contrario, un estado esencialmente transitorio, subordinado al progreso y a la moralidad de los espíritus llamados a residir en él por medio de la encarnación. 
 
   Hay todavía ciertos globos, que están y deben estar conforme enseña el Espiritismo, en condiciones inferiores a las de la tierra, pero el mayor número de ellos son, por el contrario, de un orden más elevado de adelanto, de moralidad y de felicidad. En este orden de ideas nos enseñan los espíritus que la tierra está a punto de entrar en una nueva era y de alcanzar una fase mejor y más feliz; éstos son los tiempos predichos por el apóstol San Juan. 
 
   La obra capital de la creación es la inmortalidad del alma, y la extensión de ésta no tiene por límites sino los globos sin número que se mueven en el espacio. 
 
   La humanidad universal, nacida de un mismo origen, converge, pues, hacia un mismo fin, forma una sola y misma familia, a la que una simpática y congénita naturaleza debe unir en el conjunto de su transformación. 
 
   Unicamente en estas consideraciones de un orden tan elevado, y en estas vastas vías, dignas solamente del pensamiento, es donde puede hallarse la justificación de la posibilidad para el hombre de llegar hasta su Creador; él tan ruin y culpable, tan indigno de tanta felicidad y tanta gloria. 
 
   No puede incontestablemente esperar confundirse en el seno de la esencia divina, sino después de haberse depurado en el laboratorio de existencias sucesivas, de haberse santificado por una progresión recorrida hasta sus últimos límites. 
 
 
Extraído del libro “LA RAZON DEL ESPIRITISMO”, de MIGUEL BONNAMY, editado en 1.869.
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