SEGUIDORES DEL MAESTRO

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Seguidores del Maestro

Muchos somos los que nos sentimos atraídos por la labor y el mensaje de Jesús, y humildemente pretendemos cada día parecemos un poco más a El e intentamos al mismo tiempo eliminar esas deudas que traemos del pasado y que en ocasiones suponen un pesado lastre.

Indiscutiblemente el ideal de bien y de amor al prójimo es algo maravilloso; el poder aspirar a que en un futuro todos podamos vivir en fraternidad sin que existan odios ni rencores, donde todo sea compartido como hermanos significa mucho. Sin embargo, si miramos detenidamente nuestro interior nos daremos cuenta de cuánto trabajo queda todavía por realizar para que esa ilusión se convierta en una realidad.

El pretender ser seguidores del Maestro lleva implícita una serie de premisas muy difíciles de alcanzar dado el estado en que se encuentra la humanidad en la actualidad, ya que significa dejar a un lado muchos de los atractivos que la vida material nos ofrece, que en muchas ocasiones nos encandilan y no nos dejan ver más allá de nuestros propios ojos, y vivir internamente y en nuestra relación con los demás los preceptos del amor, de la limpieza interior, de la ayuda a los demás, etc., etc. que Jesús dejó plasmados con su ejemplo.

Efectivamente esto es muy difícil de conseguir tal y como estamos, máxime cuando la gente lo que busca por encima de todo es su propia satisfacción personal, el conseguir un nivel social aceptable que les reporte económicamente lo suficiente para poder satisfacer todos sus gustos y tendencias, aunque en ocasiones sea pisando al que tenemos al lado.

En este sentido habría que aclarar un aspecto sumamente importante, y para ello creo necesario recordar unas palabras que Jesús dijo a sus apóstoles: “Os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas”. Evangelio de San Mateo cap. 10; ver. 16.

Realmente hemos de empezar por entender estas palabras si no queremos fracasar en el intento de ser seguidores del Maestro. Tal y como está la sociedad actual la reacción que provocaría una persona que intentara actuar de esta manera, sin control y sin medida, sería la de ser tachado de tonto e ignorante. Y esto, aunque parezca duro es la realidad; desde el momento en que empezara a actuar de esa manera sin lugar a dudas despertaría ese sentimiento entre sus amigos, compañeros, etc. Es en ese momentowmomentos cuando se han de tener las ideas claras y recordar las palabras del Maestro. Él era conocedor del peligro que se corría manteniendo la actitud que predicó, y así lo demostraron los hechos, ya que muchos lo tomaron por loco o por un inconsciente que no sabía lo que hacía y decía.

Esto es así y es un riesgo que se tiene pero que hemos de saber afrontar y tratar de evitar en la medida de nuestras posibilidades. Hemos de ser sencillos como palomas, pero con toda su pureza, empezando a dominar nuestra materia con todas las imperfecciones que ésta posee, y al mismo tiempo prudentes como serpientes, para estar en todo momento atentos a las reacciones de aquellos que nos rodean y poder evitar la situación anteriormente comentada.

No por el simple hecho de ser buenos, en la simple acepción de la palabra, estamos cumpliendo y siguiendo el ejemplo y el camino que trazara Jesús, No, ya que podemos estar dando lugar a que las gentes que nos observan vean en nosotros un mal ejemplo al ver de la manera que nos desprestigiamos y perdemos en cierto modo, nuestra integridad como personas y nuestra credibilidad.

Si analizamos la vida de Jesús, estudiando lo poco que ha llegado hasta nuestros días, veremos que dentro de la bondad, el amor, el cariño y la entrega hacia los demás que demostró, existían en él dos virtudes que destacaban sobremanera sobre las demás: una era su sabiduría y otra era la Justicia, y realmente una implica la otra y necesariamente para poder aplicarlas con verdadera ecuanimidad debe existir un verdadero equilibrio entre ambas, hecho que en Jesús se cumplía perfectamente.

En todos sus actos demostraba tener plena conciencia de qué es lo que debía y qué lo que no debía hacer, hecho que le llevaba en todo momento a actuar con justicia. No se dejaba llevar por los prejuicios sociales o por la intimidación de la gente, era perfectamente consciente de las necesidades de cada una de las personas que tenía delante y sabía perfectamente las condiciones espirituales en que se encontraban.

Nosotros todavía nos encontramos un poco lejos de alcanzar toda esa serie de cualidades, pero sí que estamos en el momento de, basándonos en el camino que nos dejó, empezar a ir consiguiendo todo lo que Él ya tiene atesorado y que sin duda alguna por ley divina hemos de alcanzar.

Llegados a este punto considero que un primer aspecto en el que trabajar es en el equilibrio interno entre la razón y el corazón. Muchas veces creemos que estamos actuando bien dejándonos llevar por el sentimentalismo y por un aparente amor ante unos

hechos determinados y lo único que estamos haciendo es perjudicar a aquellos que son receptores de nuestra acción. Y por contra, otras veces desoímos el llamado de nuestro corazón y nos dejamos llevar por los dictados de nuestra mente cometiendo asimismo grandes equivocaciones.

Hemos de tomar el ejemplo de equilibrio que, en todos sus aspectos, Jesús patentizó en su vida y actuar valorando por un lado las situaciones, atendiendo a los conocimientos que del mundo espiritual y de las leyes que en éste rigen la vida y el desarrollo del ser humano, tenemos; y por otro, escuchando nuestro corazón y después de un análisis sincero apartando en él las posibles interferencias que nuestros defectos puedan producir, llegar a obtener la solución justa ante ese determinado tema o aspecto de nuestra vida. Tendremos equivocaciones, seguro, pero de ellas iremos obteniendo la experiencia que nos proporcionará a la larga la seguridad necesaria en nuestras actuaciones y la justicia verdadera.

Todo esto sólo puede ser conseguido si disponemos de la valentía que Jesús demostró a lo largo de su corta vida. Hay que tener valor para afrontar las pruebas que la vida nos depara y tener el ánimo y la sana intención de aprender de los errores pues, aunque no lo parezca, es de ellos cuando verdaderamente se aprende ya que nadie está exento del mismo.

El mayor que podemos cometer es el de estancarnos en nuestro caminar por miedo a cometerlos, pues es entonces cuando estaremos demostrando que adolecemos de esa valentía tan necesaria. Nadie es superior a nadie y todos, desde el más grande de los seres espirituales hasta el ser más inferior, pasan a lo largo de su caminar espiritual por pruebas similares que han de superar, sigamos pues el camino que Jesús como conocedor de nuestras necesidades dejó plasmado y luchemos por ser fieles seguidores de su obra.

J.F.M.A.

Amor , paz y caridad nº 109 Agosto de 1991

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