Valores humanos

COMPLACER A LOS DEMÁS 

 
  “Complacer a los demás es hacer camino desde el temor y el egoísmo inicial del ser humano hacia el amor y la plenitud del ser”. “Complacer significa acceder uno a lo que otro desea y pueda serle útil y agradable. Se trata de una actitud de servicio, sin pasar factura, para sentir alegría y beneplácito por sus logros,
su buena suerte y sus actos más o menos meritorios”. 

 

  Retomo estas frases del psicólogo y psicopedagogo español Bernabé Tierno para abrir esta nueva sección de “Amor, Paz y Caridad”, que intentará realzar la importancia de los valores positivos en el ser humano, revalidando ahora más que nunca la urgente necesidad que tenemos de incorporarlos a nuestra vida, en esta sociedad cada vez más carente de concordia, incluso entre hermanos. 
 
  Complacer a los demás debería ser una meta a alcanzar por todos nosotros. Digo una meta porque todavía no hemos aprendido -y la gran mayoría de nosotros ni siquiera se lo ha propuesto- a ser benevolentes, amables, serviciales con los demás en todos los momentos de nuestra vida; porque en realidad el hecho de complacer a nuestros semejantes no debe ser una meta, sino un objetivo de por vida, algo que siempre debemos tener presente y practicarlo. 
 
  Esto, dicho así, puede resultar muy fuerte, pero ¿acaso no perseguimos durante toda nuestra vida la propia felicidad? ¿Por qué entonces no podemos volcar todos nuestros intereses también en buscar la felicidad de los demás contribuyendo a ello con nuestra dedicación a su bienestar? Muy sencillo, porque las raíces que más han agarrado en nuestro ser han sido las del egoísmo personal y miramos primero por nuestra sola felicidad individual antes que por la dicha de todos. ¡Qué ciertas son las palabras de Phil Bosmans: “si ya has conseguido tu felicidad, te falta la felicidad de los demás”! 
 
  La mayor felicidad a la que puede aspirar el ser humano es la de sentirse seguro de sí mismo, es la dicha que produce comprobar que somos dueños de todas nuestras fuerzas, tanto físicas como psicológicas, emocionales o espirituales, en la solidez que sobreviene cuando se establece un perfecto equilibrio con el entorno, en sus relaciones sociales, es decir cuando se siente la vida como una plenitud y con una visión total, desde que empieza el día hasta que acaba, cuando se comprende que vivir es un conjunto de experiencias tremendo y que uno ha de saber responder a todas ellas con entereza, con rectitud, con buen fin. La felicidad es el resultado de un summum de cosas, y no viene por contra por la obtención de algo muy concreto, que es el centro de atención casi exclusivo y que en definitiva es sólo un espejismo. 
 
  Cuando una persona se plantea la vida así, como una plenitud, cuando se siente y se comprende el vivir diario como toda una amalgama de situaciones, que espera una respuesta de él a cada momento, es entonces consciente de que precisa una serie de valores humanos y espirituales para poder hacer frente a todo ello con la mayor dignidad y honradez, porque si no es así la vida le llevará de un lado a otro con pleno desequilibrio y llenándonos de vacilaciones e incomprensiones. Es aquí cuando se entiende que uno de los mayores retos que tiene el ser humano sea la capacidad que pueda tener de complacencia hacia los demás, ya que ésta es la mayor fuente donde podemos enriquecernos de esos mismos valores que tanto necesita hacer propios. 
 
  Necesitamos un cambio de actitud, convencernos de que si pensamos antes en los demás que en nosotros mismos, estaremos ayudando a desmembrar de esta sociedad que hemos creado entre todos nosotros la terrible maraña de egoísmo, de falta de respeto, violencia, odio, etc., que parece que ya se ha establecido sin posibilidad de que podamos romperla. Y lo que es más importante, estaremos logrando nuestra transformación desde el egoísmo y el refugio que supone nuestro pequeño mundo, hacia el altruismo y la apertura de nuestro ser a la esfera social. Este estado de fraterno altruismo, que es mejora constante de nuestro comportamiento, es el estado natural y auténtico del ser humano, tal como nos lo muestra la naturaleza que por más que la hemos maltratado, descuidado y violado todas sus leyes aún sigue dándonos ciento por uno. 
 
  Difícilmente podemos encontrar palabras más sabias y más justas que las contenidas en el primer mandamiento “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”, palabras que a lo largo de toda la historia han sido rubricadas por todos los grandes avatares de la humanidad bajo el código “haz a los demás lo que quisieres que hagan contigo”. Sentencia ésta que condensa la ley del amor, ley que nos está costando mucho asumir, pero que sin duda un día ya no muy lejano se establecerá en una renovada humanidad al haber comprendido el trabajo de perfección que cada individuo tiene que hacer y que no puede dejar esperar por más tiempo. 
 
  El baremo más fiel que tenemos para comprobar si estamos progresando espiritualmente es precisamente la medida en que estemos dispuestos a complacer a los demás. Veamos de nuevo lo que dice a este respecto Bernabé Tierno en su obra “Valores Humanos”: “complacer a los demás, sin esperar ni pretender nada a cambio, es ejercitar la generosidad de la forma más pura y simple, pues al proporcionarles un poco de felicidad con nuestras atenciones, actitud complaciente y buenas maneras, no paramos de enriquecernos a nosotros mismos y de incrementar nuestra propia felicidad”. 
 
  Quien es capaz de poner esto en práctica transmitiendo en su entorno optimismo, confianza, alegría, espontaneidad, quien sabe arrancar una sonrisa de los labios del amigo, quien está dispuesto y abierto a que el compañero pueda dirigirse a él diciéndole: puedes ayudarme, puedo confiarte algo íntimo, me ayudas a salir de una duda, puedo descubrirte mis temores, etc., quien logre esto estará sin duda progresando moralmente, cumpliendo con el más elevado propósito que todo ser humano puede realizar, transformándose interiormente en un hombre nuevo cada día, que no se conforma en ser como es, sino que sabe cómo puede llegar a ser, porque está seguro de las potencialidades que alberga en su parte espiritual y porque sabe que el camino más rápido y más eficaz para conseguirlo es dándose a los demás, despertando su aletargado amor, siendo complaciente por doquier y exigente sólo consigo mismo, sin mirar la paja en el ojo ajeno. 
 
  Ahora bien, debo aclarar que esta práctica debe realizarse libremente, por propia voluntad, sin más obligación que la más plena expresión del sentimiento de querer ayudar al prójimo favoreciéndole en aquello que le beneficie pero que además no perjudique a nadie, y menos a uno mismo, pues los derechos fundamentales de toda persona deben estar siempre salvaguardados. Otra cosa muy diferenciada es caer en el servilismo de quienes a través de ello buscan terceras cosas, y pierden todo respeto hacia sí mismos, su rumbo, su libertad, y llegan a perder de tal modo su personalidad que hasta olvidan sus más firmes propósitos e ideales. 
 
F.H.H.
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