Leyes Universales

PALINGENESIA

 
Sebastián de Arauco

  Personas hay que ansian alcanzar la jubilación para no tener que trabajar más sin percatarse que la naturaleza humana necesita de una constante actividad para el normal funcionamiento del organismo y para una vejez agradable y feliz. Porque, la vejez ociosa conduce al aburrimiento, hace la vida tedio­sa, achacosa e inútil. Según las estadísti­cas, una gran parte de los jubilados fallecen prontamente después de alcanzar la jubi­lación.
 

 
  Y la causa principal es la falta de estímulo, la falta de un objetivo, de un ideal para seguir viviendo. Salvo aquéllos con una mentalidad inferior y perezosos, los más, pronto caen en el hastío; porque una mente ociosa es como un huerto abandonado y falto de cultivo, que pronto se llena de maleza. 
 
  Una mente ocupada con pensamientos positivos, constructivos, edificantes, como consecuencia de un ideal que estimula, es una mente sana, armónica, productora de salud, alegría y bienestar. Mientras que, una mente ociosa es productora de tedio, hastío, abu­rrimiento y otros males; estados desarmónicos ésos, que enferman el cuerpo y amargan la vida. 
 
  Por ello, necesario es crear y mantener un ideal, para que, cuando llegue la vejez, pueda continuarse en la realización de ese ideal, y con él penetrar en la ancianidad plena de actividad jubilosa, que no tan sólo prolonga la vida, sino que la hace alegre y feliz. Sí, feliz; porque la felicidad no está en la posesión de las cosas, ni en la holganza, que pronto aburren, sino en la propia naturaleza espiritual del Ser. 
 
  No obstante lo expuesto, existen aspectos de ancianidad dolorosa. Y aún cuando la previsión social actual asegura la subsis­tencia del individuo que ha alcanzado la tercera edad, podemos apreciar casos de an­cianidad achacosa y dolorosa, física y psíquicamente, así como de invalidez por enfermedades degenerativas prolongadas. 
 
  ¿Y qué objeto tienen esas vidas, para qué sirven? 
 
  Vistas asi, con mentalidad humana, den­tro de las conveniencias humanas, no tienen objeto alguno; mas bien de sufrimiento y estorbo para los demás. 
 
 Pero, analizando esos aspectos de la ancianidad a la luz del conocimiento espiri­tual transcendente, apreciaremos que sí tienen un objeto, cual es el de la depuración de esas almas, de preparación para poder penetrar en las moradas etéricas superiores, de felicidad. 
 
  Esos estados de vida, humanamente deplo­rables, son necesarios para aquellos seres muy apegados a la vida física, espíritus muy viejos que no acaban de desprenderse de las cosas materiales, y para las almas endureci­das; toda vez que el egoísmo cede, el orgullo se derrumba al verse ya inútil y el sensualismo se atenúa o se extingue. Porque es en la ancianidad y vejez achacosa, en ese período senil, cuando se extinguen los deseos inferiores. 
 
  Al comienzo ya se dijo que la vejez era la fase gloriosa de la vida, pero también puede constituir la más dolorosa. 
 
 Si mantenemos una vida dedicada nada más que a las cosas materiales, o dando rienda suelta a las pasiones y vicios, viviendo egoísticamente para sí mismos o en la ociosi­dad, la vejez nos ofrece una perspectiva deprimente y dolorosa, aun cuando la subsis­tencia material-económica esté asegurada. Y la muerte, ese viaje hacia lo desconocido, con ese lastre, es motivo de pavor para esas personas. 
 
 En cambio, si creamos y mantenemos un ideal de realizaciones (internas y externas), si actuamos con rectitud y bondad en todo momento de nuestra vida, si observamos y seguimos las indicaciones de la conciencia; nuestra vejez será tranquila y feliz. Porque, solamente en la realización de un ideal con una vida activa hasta el último momento, la vejez y la ancianidad será gloriosa. Sí, gloriosa, porque el espíritu rebosará de alegría, cuya alegría transcenderá a la psiquis en forma de energía vitalizante y armonizadora. 
 
 ¿Y la muerte? Quien así haya actuado, teniendo la certeza de su inmortalidad, de continuación de la vida en otros planos luminosos del Universo, donde otros seres le están esperando, seres muy queridos; camina confiado hacia su último día, y aún lo espera con cierta ansia. 
 
 Si bien es cierto que, unos más y otros menos, todos hemos cometido errores volun­taria o involuntariamente, con conocimiento o ignorancia, eso pertenece al pasado. Preocu­pémonos del presente y del porvenir, no reincidiendo en los mimos errores. Pues esas faltas, por graves que sean, pueden ser derimidas, esas manchas pueden ir siendo diluidas, si incorporamos a nuestra vida humana los conocimientos y enseñanzas (los conceptos de verdad) espirituales transcen­dentes. 
 
 Y termina esta exposición, con una invitación a que trabajemos en nuestro engrandecimiento espiritual. Si no hemos comenzado ya, comencemos desde ahora en nuestra preparación para un porvenir grandio­so que nos espera. No hipotequemos una vida de siglos de felicidad, por unos pocos años que nos quedan. Ahora es el momento de comenzar a trabajar en nuestro engrandeci­miento espiritual. 
 
Sebastián de Arauco
 
No puede haber cosa más alegre y feliz que la vejez pertrechada con los estudios y experiencias de la juventud. 
 
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1 Comment

  1. Anonymous
    6 septiembre, 2014 at 08:41 —

    Si una persona desea jubilar para dedicarse a otra actividad no remunerada que le apasione, entonces no debiese producirle problema alguno.
    Muy por el contrario, si una persona se gana la vida con esfuerzo físico o alguna actividad estresante (como conducir un bus), es poco recomendable insistir en que siga trabajando aunque comprometa su salud.
    Creo que si a diferencia del ejemplo de lo anterior, la persona se sustenta fruto de embaucar a la gente con ideas pseudo morir tales esotéricas, por supuesto que le conviene seguir trabajando, hasta que la demencia senil se imponga por las otras demencias.

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