Es incuestionable el poder que transmite la fe a las personas que están henchidas de esta virtud. La fe mueve montañas; les decía Jesús a sus apóstoles, indudablemente para hacerles comprender con este ejemplo tan gráfico y superlativo lo mucho que podían alcanzar con una buena dosis de fe, tanto en sí mismos, con los conocimientos que Jesús como Maestro les enseñaba, y cómo no, en el Creador, que preside nuestros destinos por medio de sus leyes y sabe a cada uno la medida en que tiene que ayudarle y qué es lo que necesita para su progreso.
Jesús conocía perfectamente la misión a la que venían comprometidos los apóstoles, las pruebas que debían pasar para hacerse merecedores de ella, las situaciones sociales de aquél entonces que debían superar para ponerse en las debidas condiciones, los obstáculos que como personas debían superar por sus limitaciones humanas, etc., por eso Jesús les motivaba y les incentivaba a que cultivasen en su interior una fe superior, inquebrantable, una fe en el destino que estaba trazado para ellos, en la ayuda inmensa que del cielo iban a recibir en cada momento que lo necesitaran. Hay muchísimas cosas en la vida que sin fe, sin una fe certera, fuerte, sin una fe espiritual, no se pueden alcanzar, no se pueden lograr porque los primeros resortes que hay que mover nos corresponde hacerlo a nosotros, y si carecemos de fe no somos capaces siquiera de intentarlo.
Hay diversas categorías de fe, como ya se ha comentado, fe y confianza en uno mismo, en sus posibilidades. Fe y confianza en los demás. sea familiares, amigos o cualquier persona con la que se tenga relación, fe en los principios espirituales o religiosos. Ninguna de estos tipos de fe se nos regala. Hemos de alcanzarlos por nosotros mismos, a base de esfuerzo, de depositar confianza, de razonar las cosas. Porque fe no es creer a ciegas, la fe necesita del pilar del razonamiento y del conocimiento, para evitar caer en el fanatismo que lleva a la persona a los extremismos que nunca conducen a nada bueno, y que son causa, las más de las veces, del error por ignorancia e imprudencia.
Pero la fe tiene un principio y ese principio es el trabajo, el esfuerzo y el mismo deseo de progresar, de mejorarse, de alcanzar alguna meta tanto material como espiritual. No cabe duda de que se deben correr riesgos, pero esos mismos riesgos aun dentro de lo más negativo que podamos encontramos, nos enseñarán y nos llenarán de experiencias que pasarán a nuestro acerbo de conocimientos.
Muchas veces esos riesgos conllevan por ejemplo el que debamos depositar toda nuestra confianza en un amigo, si éste lo es de verdad nos lo demostrará, hará por nosotros aquello que le hayamos pedido, o aquello que se espera de un amigo, hará lo que nosotros estaríamos dispuestos a hacer por él. Si esto es así lo que en un principio era un riesgo, porque no sabíamos hasta qué punto nuestro amigo lo era auténticamente, más tarde se ve confirmado y nuestra confianza en él crece, y la amistad se multiplica.
Si no lo era sacamos la conclusión de que estábamos equivocados con ese amigo, que en realidad era egoísta e hipócrita y cuando lo necesitábamos nos falló. Entonces se nos presentan dos caminos a seguir, uno el de desconfiar de todo el mundo por la experiencia vivida, y otro el de fortalecemos reaccionando bien, y si acaso darnos cuenta de que hemos de ser más cautos en otra ocasión. Pero nunca cerrarnos a la confianza en los demás porque si lo hacemos así nunca conoceremos quienes son nuestros amigos de verdad, ni siquiera sabremos si tenemos fe en algo o en alguien.
Luego, muchas veces se nos presentan riesgos que hemos de correr, sin los cuales la fe no puede crecer y desarrollarse, pero si somos espíritus marcados por el deseo de progresar y de aspirar a metas elevadas no cabe duda de que debemos correr y asumir dichos riesgos.
La raza humana sin lugar a dudas carece de muchas virtudes entre ellas la fe, porque es una virtud difícil de alcanzar precisamente porque nos obliga a razonar, a pensar, a creer en nosotros mismos, en los demás y en Dios y todo eso nos obliga a su vez a trabajar sin descanso, a atrevemos a realizar muchas cosas que creemos que como humanos no somos capaces de realizar, siquiera de soñar, pero Jesús nos enseña que con una fe bien arraigada sí que somos capaces, y al igual que los apóstoles nosotros en su mayoría no nos libramos de ser hombres de poca fe, por incredulidad, por comodidad, por ignorancia, etc., en cada persona será por una circunstancia, pero todas ellas por falta de deseos de progresar y por materialismo.
En este sentido, hemos de ser muy precavidos, no dejando que los defectos que tengamos nos dominen y pongan freno a aquello que nuestro espíritu quiere alcanzar. Los defectos son la sombra que empequeñece nuestra fe y no nos deja creer, nos cierra las puertas a la ilusión, al optimismo, la fe como ya sabemos es la madre de la esperanza y de la caridad, a las cuales también cierra el paso y en definitiva a todo aquello que nos hace progresar, ascender paso a paso la cuesta de la evolución, porque, ¿se puede progresar espiritualmente sin fe? Yo creo que no, o al menos no en la medida en que podríamos hacerlo. Es por eso que insisto en que los defectos son los peores enemigos que tenemos, obstaculizan la fe que posee nuestro espíritu.
«No es la fe la que debía ir a ellos, sino ellos al encuentro con la fe, y si la buscan con sinceridad la encontrarán». Allan Kardec. El Evangelio según el Espiritismo, Cap. XIX.
En efecto, hemos dicho antes que la fe no se nos regala, ni tampoco se nos impone, se nace con más o menos fe, fruto del esfuerzo por progresar que se haya realizado en otras existencias, es por ello que la falta de fe no es ninguna excusa o justificación para no llegar más lejos, que la falta está en nosotros y no en otra causa, por esta razón hago aquí especial mención a las palabras que extraigo de Allan Kardec, no es la fe la que debe venir hasta nosotros, asi como tampoco hemos de esperar a que venga la montaña hasta nosotros. sino nosotros los que debemos ir al encuentro de la fe, y a la resolución de los problemas y de las dificultades simbolizadas por la montaña. La montaña puede ser tan grande como nosotros la veamos a consecuencia de nuestra falta de fe y de nuestro atraso en el camino de la evolución.
La sinceridad es otro de los requisitos primordiales para encontrarnos cara a cara con la fe y fortalecemos espiritualmente como no podemos sospechar. Si creo, debo creer íntegramente, sin peros y sin tapujos. Para eso está en primer lugar nuestra inteligencia, el razonamiento, los conocimientos que ya hemos adquirido, porque no debemos tampoco pasar por alto que la fe se consigue escalonadamente. Si no he crecido con fe, si no he ido acumulando experiencias, si no he pasado por ciertas pruebas que al final he comprendido su significado, y situaciones que me fueran creando una buena base de fe, no puedo acceder más tarde a ciertos aspectos que requieren grandes dosis de fe. Es decir que la propia vida nos va preparando el terreno, nos va propiciando las experiencias en la medida que podemos comprenderlas y asimilarlas y eso nos va haciendo atesorar el suficiente grado de fe para enfrentamos a otra prueba superior. Es como el alumno al cual el profesor no le pone exámenes de los que no esté preparado para aprobar, pero si el alumno perdió el tiempo de la preparación verá que el examen le viene grande, pero esto no es por culpa del profesor, sino de la negligencia del alumno que no supo prepararse y perdió el tiempo egoístamente sin pensar en su futuro.
Espiritualmente ocurre lo mismo, debemos preparamos para el futuro, aceptar que en la vida pueden aguardamos pruebas que si no lo estamos haciendo bien ahora nos podrán parecer muy grandes, pero no será así, la prueba será la adecuada para ese punto del camino, el fallo estará en nosotros. De ahí que Jesús nos alentara ya hace 2.000 años a atesorar una buena dosis de fe para estar preparados y hacer todo lo que sea necesario en cada momento, eso sí con la convicción de que podemos hacerlo, y bien hecho además.






