OLVIDADOS EN LA TIERRA, AFLIGIDOS EN EL CIELO

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Olvidados en la tierra, afligidos en el Cielo

“La oración de una Madre derriba las puertas del Cielo”

Chico Xavier en respuesta a la madre de un suicida

Sin duda, todos aquellos con algún conocimiento espiritual saben a estas alturas que el cielo o el infierno no es un lugar en el espacio, sino simplemente el estado del alma inmortal cuando deja la vida física y retorna al plano espiritual.

Tanto el cielo como el infierno son “estados del alma” que vienen caracterizados por nuestra actitud mental, emocional y moral. Esta última es muy importante, pues, en función de nuestro nivel de moralidad o elevación espiritual, nuestro estado personal sufre modificaciones.

“Somos lo que pensamos” y “morimos como vivimos”. Estas dos frases son el indicador de cuál es el estado del alma al abandonar el cuerpo físico y reintegrarse de nuevo a su verdadera patria, de la que procede y a donde regresa una y otra vez después de cada vida física. 

Estas dos frases entrecomilladas son auténticas certezas, pues es bien sabido que nuestros pensamientos proceden de la mente y no del cerebro; esta mente inmaterial que no ocupa ningún lugar específico en nuestro cuerpo físico, pero que utiliza una interfaz de 1,5 kg de masa cerebral con más de 100.000 millones de neuronas que son capaces de recibir sus pensamientos y transferirlos para la realidad física, condicionando a su vez con su energía el equilibrio mental y celular del organismo biológico.

Así pues, conforme pensamos, actuamos. Si nuestros pensamientos son positivos, optimistas, nobles y elevados, nuestro equilibrio mental y emocional es un hecho, y nuestra salud física se beneficia de ello. Por el contrario, si nuestros pensamientos y emociones son tóxicos, deprimentes, violentos, pesimistas o perturbadores, nuestra mente enfermiza transmite todo ello a nuestro sistema energético (periespíritu), y luego llega a las células físicas, enfermándolas. 

Cuando una persona vive con una sintonía mental equilibrada y armónica, su estado de ánimo refleja lo que piensa y siente, y aunque su vida pueda transcurrir con dificultades tiene la capacidad y la fuerza para superarlas. Así pues, conforme vivimos así morimos. Si nuestro caminar por la vida fue equilibrado y honesto, al llegar el momento de abandonar el cuerpo y llegar al otro lado nos encontramos con el mismo estado de ánimo y de capacidad mental y emocional. La muerte no cambia nada en el estado del alma, seguimos pensando, sintiendo y obrando de igual forma.

Los estados del alma nos acompañan después de dejar el traje del cuerpo físico, y nuestra mente inmaterial, que es un instrumento de nuestra alma inmortal, refleja un temperamento feliz o desdichado según hayamos vivido en la Tierra.

Existen muchas formas de llegar al más allá, tantas como personas encarnadas hay. Por ello, aquellas personas que mueren perturbadas seguirán en el mismo estado al traspasar el umbral, y solo con el tiempo y la ayuda de aquellos que les esperan y les aman en el otro lado podrán recuperarse, regenerarse y prepararse para seguir progresando, allí en el espacio o volviendo a la Tierra en una nueva reencarnación.

Un caso singular y por ello más importante que otros es el de aquellos que murieron quitándose la vida mediante el suicidio. Sabemos de la dificultad que tienen los suicidas para reconocer que han fallecido cuando recuperan cierta lucidez en el plano espiritual, pues  al comprobar que siguen pensando y sintiendo, no creen estar fallecidos.

Pero en este ejemplo que nos ocupa es preciso analizar cómo son precisamente su estado mental y su desequilibrio emocional, aspectos que condicionan sus situaciones en el otro lado de la vida. En función de cómo y por qué se quitaron la vida, han de reparar su falta, que no es otra cosa que un atentado contra la Vida. Una vida que no les pertenece, pues es Dios quien la concede.

La visión que la sociedad ha tenido del suicida ha variado con los siglos. En el pasado, y en algunas civilizaciones, el suicidio era visto como un acto de honor e incluso de valentía (el imperio romano o Japón son ejemplos de ello). Sin embargo, con el transcurso del tiempo la influencia de la religión cristiana en occidente consideró a los suicidas como “almas perdidas”, que no merecían siquiera gozar del perdón de Dios, y por ello estaban condenadas al infierno. Tanto es así que, hasta hace muy poco, en algunos cementerios propiedad de las iglesias se negaba el enterramiento cristiano y la administración de los sacramentos a aquellos que se habían quitado la vida.

Eran los “olvidados en la Tierra”. Aquellos de los que era preciso renegar, porque no tenían derecho alguno ante las Leyes Divinas por atentar contra ellas de manera explícita. Los familiares asumían “parte de la culpa” del suicida, aumentando todavía más el tormento que sufrían, no solo por la pérdida del ser querido, sino porque estaba condenado al “inexistente infierno”. El conocimiento espiritual nos confirma que, al atentar contra la propia vida, el suicida deberá reparar su falta de forma proporcional, primero con la “aflicción en el espacio”, y posteriormente afrontando y superando las consecuencias en una próxima reencarnación. 

Ciertamente son afligidos en el cielo, pero nunca están abandonados ni son olvidados. Deben reparar el error, y luego gozarán de nuevas oportunidades de reencarnar y regenerarse para volver a amar la vida, considerando la misma como una gracia divina que Dios concede a todas las almas para que crezcan en amor y sabiduría.

Cuanta más ayuda necesita un alma humana, más recibe por parte de la divinidad. Cosa diferente es que no sepamos apreciar o detectar esa ayuda, pues todo lo analizamos y enjuiciamos desde el punto de vista material, un enfoque que para Dios y sus leyes apenas importa. Son las necesidades espirituales las que aquí se contemplan, para ofrecer las mejores oportunidades en cada momento que ayuden al alma endeudada a salir de la situación en que se encuentra y recuperar la senda el progreso y del amor a Dios y al prójimo.

La ayuda a los hermanos que se suicidan no solo viene de sus seres queridos del otro lado de la vida, sino también de dos fuentes inagotables. Por un lado, la de la intercesión y oración que podemos realizar los que nos quedamos en la Tierra y sabemos de lo penosa y transitoria que es su situación en el espacio.  

Cada vez que oramos por ellos, o realizamos un acto de bien y lo ofrecemos a Dios por el alma de estos compañeros que cometieron este acto inútil, ellos reciben el bálsamo de nuestros pensamientos de caridad, que son reforzados y amplificados por aquellos espíritus que les aman en el espacio, a fin de que encuentren la serenidad y el equilibrio que les falta, si todavía no han realizado el tránsito hacia la comprensión y regeneración de su alma. 

En esos momentos muchos de ellos, que han sido olvidados por sus familiares en la Tierra por los condicionales materiales y religiosos de los que hablábamos antes, sienten una sensación de alivio, paz y gratitud inmensa, pues no se encuentran solos con su aflicción, sino que saben y comprenden que alguien se acuerda de ellos y están rogando a Dios por ellos. Esta sensación de encontrarse amparado en la distancia por otros a los que no conocen, pero de los que reciben esos fluidos de amor, les sirve para reconciliarse con la vida que anteriormente despreciaron, y con el prójimo al que probablemente dañaron e ignoraron con su acto suicida, al mismo tiempo que refuerzan su fe en la solidaridad humana de las almas que viven en la Tierra, confianza y fe que seguramente habían perdido.

Así pues, el segundo de los recursos que ayudan al suicida proviene directamente de la mayor Ley del Universo: la Ley del Amor, instaurada por Dios en todo el cosmos y que rige para todas las criaturas. Esta Ley contempla la misericordia y el perdón infinitos para con todas las criaturas y almas que pueblan los universos; y aunque no está exenta del arrepentimiento y la reparación de la falta cometida, auxilia y ampara de forma amorosa a todos aquellos que cometen atentados y crímenes contra la propia vida o la del prójimo.

Como vemos, son varios los recursos mediante los cuales podemos ayudar a estos olvidados de la Tierra y amparados por el Cielo. A los familiares podemos ofrecerles el consuelo de su inmortalidad y la esperanza del reencuentro con ellos de nuevo en otras vidas, para lo cual debemos indicarles que los tengan presentes, que no los olviden, que los recuerden siempre en sus aspectos más felices y no en la tristeza del desenlace de su vida. Nunca más deben ser olvidados, y sí amados y recordados, pues esos pensamientos les llegan y les ayudan a superar sus aflicciones mientras reparan sus faltas.

Y como todo es transitorio y el espíritu humano se levanta después de sus errores, estas situaciones de aflicción también lo son. Llega un momento en que terminan y el error cometido es reparado, teniendo nuevas oportunidades que la Providencia brinda para rescatar sus deudas y progresar en el amor. Los lazos ya forjados nunca se diluyen, y aquí en la Tierra o en el espacio nuestros afectos y nuestros seres queridos siempre están dispuestos a ayudar y amar. 

Reconozcamos, pues, cómo actúa la Ley del Amor con estos hermanos infelices, y actuemos en consecuencia orando por ellos y pidiendo a Dios por su pronta recuperación espiritual. Es la caridad bien entendida que predicó Jesús para aquellos olvidados y afligidos en la Tierra y en el Cielo.

Olvidados en la tierra, afligidos en el cielo por: Redacción

2020, Amor, Paz y Caridad

 

“No hay nadie desamparado. Incluso aquellos considerados los más infelices, por las acciones que practicaron y que entran en el mundo espiritual con la mente impedida por la sombra, que ellos mismos crearon para sí, todavía esos tienen el cariño de guardianes amorosos que los ayudan y amparan, en el mundo de más luces y más felicidad” 

Chico Xavier – Libro: Palabras de Chico Xavier

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