MIEDO AL FRACASO

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Miedo al fracaso

Miedo al fracaso

Actualmente existe en la sociedad una gran presión por obtener éxito y no equivocarse o fallar. Todas las personas hemos tenido alguna vez la preocupación por evitar cometer errores en los diferentes ámbitos de nuestra vida, pero a veces ese temor es capaz de conseguir que no sepamos mostrar toda nuestra capacidad, evitando ciertas situaciones por miedo a no tener el resultado deseado. Ese temor a fallar es casi siempre irracional, y suele aparecer cuando tenemos que abordar nuevos desafíos y decisiones en la vida, haciéndonos salir de nuestra zona de confort.

Ante la inquietud que nos provoca la posibilidad de errar, la reacción emocional que aparece en algunas ocasiones es la negativa a la hora de dedicarse y aspirar a conseguir los objetivos o propósitos proyectados. Nunca hay que tener miedo al error, pues bien aprovechado nos ayuda a progresar, ni tampoco miedo a intentarlo. Pero en ocasiones esa ansiedad hace que la puerta se cierre antes de intentarlo, no dándose la posibilidad de descubrir si somos capaces. Y si finalmente no se consigue dicho objetivo, comprender que el fracaso no indica que somos inferiores; simplemente que no somos aptos todavía, o que quizás necesitamos más experiencia.

Frente a un resultado no esperado hay que pensar si ha sido fruto de un error o ha sido un fracaso. ¿O es quizás lo mismo? Una experiencia, aunque no resulte como se esperaba, nunca es un fracaso. Cada ocasión enseña algo diferente y es una oportunidad para aprender de ella y salir fortalecido. Hay que darse permiso para la equivocación, de lo contrario el estrés, la ansiedad, el bloqueo nos pueden llevar en último extremo a enfermar.

Este temor al fracaso se puede dar en todos los ámbitos de la vida: Laboral, escolar, amoroso, familiar; por ejemplo, el abandono de la pareja, suspender una oposición, la soledad, etc… Ante todas estas circunstancias, ¿cuál es la mejor postura ante el fracaso? La resiliencia.

La resiliencia es la capacidad que tiene el ser humano para afrontar la adversidad y lograr adaptarse bien a las dificultades; también durante el proceso de sufrimiento, y de ese modo, seguir evolucionando y creciendo.

El fracaso produce disgusto, frustración, sensación de incapacidad, desilusión en el corazón; sin embargo, los fracasos no son una vergüenza, sino una experiencia que nos lleva a tener resultados distintos de los que habíamos planificado o imaginado previamente.

Pensemos que el fracaso es un foco que muestra dónde tenemos que mejorar; si fracasamos no nos enfademos y, sobre todo, no nos abandonemos, y evitaremos dejar dormidos nuestros sueños si nos damos por vencidos antes de tiempo. Es mejor reflexionar y hacer las modificaciones adecuadas para seguir adelante, aprovechando ese fallo para coger experiencia y enriquecernos interiormente, pues nos conoceremos un poco mejor al darnos cuenta de todos nuestros recursos particulares.

Algunas derrotas pueden ser más dolorosas que otras, y Dios las permite para que nos sirva de ayuda y lección. De ayuda, porque nos brinda la posibilidad de repetir la experiencia con más sabiduría; y de lección, porque nos enseña a corregir la manera de actuar.

Por todo ello, debemos reflexionar y preguntarnos: ¿Qué nivel de importancia le doy al fracaso? Plantearnos si esa caída la llevamos al ‘debe’ o al ‘haber’ de nuestra vida. Si lo asumimos como un “no sirvo para esto”, o bien lo transformamos en aprendizaje, adquiriendo seguridad para afrontar nuevos objetivos, nuevos retos. La capacidad de empezar de nuevo mide el crecimiento de quien aspira a ir superándose en los desempeños que realiza.

Puede ser que salga mal una situación no esperada o nos sobrevenga un desastre repentino, momento en el que lo mejor que podemos hacer es asumirlo y abordarlo con calma y, ante todo, que nuestro comportamiento no se vea afectado por un sentimiento de incapacidad o desamparo, manteniendo el aplomo, ya que todo pasa, y en ocasiones más deprisa de lo que pensamos. Esa es una situación que nos puede servir para meditar que hay escenarios que se nos presentan como lecciones para aprender, pues hay fracasos o desastres en la vida que no se pueden prevenir o evitar.

Lo mejor que se puede hacer ante tales situaciones es no detenerse, es ver dónde se ha fallado y aprender la lección que conlleva, reflexionando los diferentes aspectos que lo provocaron para mejorar y que no se vuelva a repetir, y si se repite volver a intentarlo una y otra vez hasta que llegue el éxito. La guerra se gana a base de ir venciendo pequeñas batallas que nos enseñan a ser mejores; pero si, por el contrario, nos rebelamos a la primeras de cambio y rechazamos volver a intentarlo, porque perdemos el interés por la agitación interior que nos genera, por la derrota sufrida… entonces sí estaremos ante un auténtico FRACASO.

Los maestros de Oriente dicen que cada flecha que da en la diana es el resultado de cien flechas erradas.

A lo largo de la vida nos vemos abocados a tomar miles de decisiones, incluso hasta en las situaciones más pueriles. Ante estas últimas los errores casi ni se notan, porque se pueden enmendar con facilidad, o simplemente no afectan para nada en el futuro. Sin embargo, en ocasiones hay decisiones que sí serán importantes para el desarrollo de nuestras vidas, hasta incluso pueden llegar a cambiarlas.

La vida está diseñada de preciosas lecciones que se repiten hasta aprenderlas correctamente.

Son en estas decisiones cuando tenemos que reflexionar y pensar cuál es la elección adecuada, pero en el caso de equivocarnos en la alternativa escogida, debemos tener una actitud positiva y el firme propósito de aprender de ellas. Una derrota significa que hemos perdido tan solo una batalla, descubriendo que el aprendizaje no se acaba, Por tanto, cuando se presente un fallo, no se nos debe pasar por la cabeza la retirada sino esforzarnos más, trabajar con más tesón. Pues quien rechaza volver a retomar el trabajo por el fracaso obtenido no podrá optar al éxito final. Y muchas veces no es que el fracaso sea grande o pequeño, es la emoción negativa que se nos despierta, desde nuestro punto de vista subjetivo, sobre la experiencia vivida. La podemos tener presente tanto tiempo como deseemos darle vueltas en la cabeza, y eso se puede eternizar todo lo que queramos.

Otro aspecto del miedo es la vergüenza; se trata de un sentimiento que aparece en ocasiones frente al fracaso, y eso hace que escondamos y silenciemos nuestros errores, cargándolos a la espalda. Ante esta situación es bueno tener amigos en los que la confianza nos permita compartir y hablar con sinceridad de nuestras bondades, pero también de nuestras fragilidades, apoyándonos en ellos. También nos ayuda cuando somos capaces de analizar la situación desde otro prisma diferente, viendo el escenario de manera distinta y generando de nuevo la ilusión por seguir insistiendo; y aunque tardemos un poco más de lo deseado, al final alcanzaremos las metas trazadas; y que no hemos perdido nuestra vida en sueños, sino todo lo contrario, que estos son posibles y la esperanza nos ayuda a empezar de nuevo.

“Nadie logra respuestas felices, sin las tentativas del fracaso”.

Vida felizJoanna de Angelis, Divaldo P. Franco

Miedo al fracaso por: Gloria Quel

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