MIEDO A LA MUERTE

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Miedo a la muerte

Miedo a la muerte

Este mes empezamos una nueva sección en la que repasaremos brevemente las diferentes situaciones en la que el miedo, emoción básica y primaria, nos ayuda en la supervivencia diaria. También cuando este deja de ser sano para transformarse en enfermizo, convirtiéndose en su principal enemigo, como pueden ser las fobias o terror ante determinadas situaciones, paralizando y frenando las capacidades del ser. Se trata de un miedo con efectos funestos para el que lo siente.

En el Libro de los Espíritus, Allan Kardec hace la siguiente pregunta:

  1. El temor a la muerte es para muchas personas una causa de perplejidad. ¿A qué se debe ese temor, dado que tienen ante ellas el porvenir?

“Ese temor no tiene ninguna razón de ser. No obstante, ¡qué pretendes! Cuando son jóvenes se intenta persuadirlas de que existe un Infierno y un Paraíso, pero se les dice que es casi seguro que irán al Infierno, porque lo que está en la naturaleza es un pecado mortal para el alma. Entonces, cuando llegan a ser adultas, si tienen un poco de juicio no pueden admitir una cosa semejante, y se vuelven ateas o materialistas. Así es como se las induce a creer que fuera de la vida presente no hay nada más”.

Hay que vencer el miedo a la muerte apreciando la vida. Sintiéndola, olvidando el hecho de que la muerte es inevitable y que a todos nos tendrá que alcanzar algún día; además hay una evidencia, y es el instinto de conservación que impone de forma sabia y natural la manera de preservar la vida.

Si se sabe que la alegría, la dicha, la felicidad pueden surgir en cualquier momento a lo largo de la vida y pueden darse en pequeños periodos o en largas temporadas, es lógico que no se quiera pensar en el final de la existencia física. Se trata de una constante búsqueda para que esos sentimientos agradables aparezcan las más de las veces en el transcurrir de la vida; y justamente eso provoca una mayor atención en ella y miedo a que se interrumpa esa búsqueda natural y legítima de esa dicha que todo ser humano anhela encontrar para luego mantener.

Vivamos como si cada día fuese el primero y el último, con intensidad, como un regalo que se recibe cada mañana de la divinidad. ¡Qué bonito es ir por la vida con la sonrisa en los labios y contagiar esa alegría a quienes nos rodean!

El buen uso que hagamos de la vida nos llenará de dicha, de alegría. No hace falta mencionar que la vida es pasajera, y que esa felicidad no es auténtica si no reside en lo íntimo el auténtico amor espiritual, ese que a todos llega, que inunda al ser de sentimientos bellos, teniendo la necesidad de compartirlos con todos… Esta forma de entender la vida nos ayudará cuando llegue el momento del desprendimiento de los lazos terrenales.

El espíritu encarnado se siente más vinculado a la vida corporal, pues nota las penas y goces materiales, sintiéndose preocupado e influido por las vicisitudes de la vida; la muerte le asusta porque no tiene claro qué se puede encontrar al cruzar de plano, dejando en la Tierra todo lo que quiere y conoce.

Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. Esta experiencia tiene la finalidad de librar batallas personales para la conquista de los valores éticos y el desarrollo intelectual. Por lo tanto es necesaria, en un momento determinado, la muerte material para valorar el trabajo realizado, pues ya sin las barreras de la materia, teniendo todas las facultades despiertas, se puede entender mejor lo vivido. Por lo tanto, el óbito es la puerta a la vida y no a la nada.

La vida futura no es más que la continuación de la vida presente, y con los méritos ganados en esta, las condiciones que se tendrán en el futuro, serán mejores. Cuando la vida en la materia se ha dedicado a mejorar y a darse a los demás, no hay ni obstáculos, ni restricciones, ni miedos, y la vida espiritual se aguarda con la misma convicción con que se espera la salida del sol después de una noche tempestuosa.

La certeza de que la muerte llega desde el momento que nacemos es un hecho cierto, y hay que dejarla que llegue cuando deba, y no prestarle más atención que la justa y necesaria (siempre que la circunstancia así lo demande).

Es la doctrina espírita la que nos enseña que, dentro de la vida infinita, la reencarnación nos ayuda en las sucesivas etapas, nos da la certeza del avance en el camino del progreso en dirección a la perfección. Por el contrario si la vida solo se circunscribiera al tiempo que va de la cuna a la sepultura, todos los trabajos, esfuerzos, así como decisiones perderían su valor, puesto que no habría posibilidad de continuidad, perdiéndose en el vacío.

De ese modo, la idea de la pluralidad de existencias, de nuevas oportunidades para el espíritu en proceso de evolución, nos ayuda a comprender y aceptar la muerte con naturalidad, como un fenómeno inevitable y hasta necesario. A partir de ahí el miedo se desvanece como nos indica el propio Codificador:

“Así, ese miedo es provocado por el secreto deseo de la supervivencia del alma, velado todavía por la incertidumbre.

El miedo decrece a medida que la certeza va en aumento, y desaparece cuando la certeza es absoluta… Como ya no se admite la duda acerca del porvenir, el miedo a la muerte pierde su razón de ser”.

El Cielo y el Infierno, Allan Kardec (primera parte, Capítulo II, págs. 27 y 32)

Miedo a la muerte por: Gloria Quel

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