EL ÁNGEL DE LA GUARDA

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El ángel de la guarda

El ángel de la guarda

El ángel de la guarda o espíritu protector; viejo amigo. Hablamos de él constantemente; le evocamos pidiéndole ayuda y protección, la mayoría de las veces por inercia, porque desde pequeños nos han enseñado que, cuando nacemos, nos ponen un ángel para que nos proteja de todo mal. Pero no nos enseñan cómo es en realidad la misión que nuestro ángel, libremente aceptada por él, ha de cumplir con nosotros. Su misión es la de orientarnos; qué debemos hacer para no equivocarnos en nuestras actuaciones, y eso lo hace mediante la inspiración. El problema está en que nosotros tomamos decisiones sin consultar con la razón, que es precisamente en donde él deposita sus consejos y orientaciones.

Cuando nos lanzamos a realizar un proyecto, no nos acordamos de él, y antes de ponerlo en marcha y pedirle ayuda para no tomar decisiones precipitadas; que nos ilumine para no equivocarnos; lo que hacemos en realidad es poner en marcha el proyecto sin meditar las consecuencias, y le pedimos que todo nos salga bien; le pedimos un milagro.

No nos han enseñado que todo cuanto tenemos que realizar en la Tierra es un trabajo que debemos hacer nosotros, y que nuestro ángel está ahí para impulsar nuestros deseos de trabajar, para ayudarnos a levantar nuestro ánimo cuando nos vence el desaliento. Él nos dice: ¡Ánimo, hermano! ¡Levántate; trabaja! ¡Tu esfuerzo tendrá su recompensa, y yo estoy aquí para ayudarte!

Sin embargo, no podemos escucharle porque estamos desintonizados; transitamos por la vida envueltos en una vorágine materialista que no cede tiempo para el análisis de nuestra existencia; averiguar para qué estamos aquí y cuál es nuestra misión en la Tierra, que no es otra que la que explicamos más arriba: trabajar por y para nosotros, pero como entes espirituales; solo así, con el conocimiento de cómo somos y cómo debemos ser, la sintonía con nuestro ángel estará garantizada y nos será muy fácil advertir su presencia a nuestro lado y escuchar sus consejos, muchos de los cuales nos los da en forma de señales, y que si nos detuviéramos unos momentos para hacer memoria, encontraríamos algún episodio en el cual nos dio esa señal.

He narrado en varias ocasiones mis experiencias con el espiritismo, y Dios, que ha decidido mantenerme en este mundo, me da la oportunidad de seguir observando para adquirir nuevas experiencias y conocimientos, pero basados en la razón, en la observación… ¿Puede ser esto una prueba?

Después de toda una semana recluida en casa a causa de un fuerte catarro, a la semana siguiente, y encontrándome mejor, decidí salir de casa el día de nuestro trabajo en el centro; sin embargo, aun encontrándome mejor, como ya he dicho, no estaba bien del todo, así que pensé: Quiero ir, ese es mi deseo; sin embargo, puedo recaer. Aun así, como mi deseo es noble, mi buen ángel me ayudará… ¿Qué hacer?

 Llegado el día, dispuesta a ir al trabajo, un golpe de tos, un brusco malestar y un tremendo dolor en todo mi cuerpo acabaron cancelando mi salida. ¿Casualidad? Nada ocurre por casualidad. Pedí a mi ángel ayuda para hacer lo correcto y él respondió a mi demanda; esa fue su señal: me puse peor para que comprendiera que, al no estar bien del todo, debía quedarme en casa hasta quedar totalmente recuperada.

Así pues, solo necesitamos dedicar unos minutos a la reflexión antes de tomar decisiones precipitadas, pidiendo ayuda mediante la oración a nuestro buen ángel; establecer con él el compromiso de trabajar sin desmayo en nuestro mejoramiento moral, y de ese modo, poco a poco, conseguir esa sintonía que va a hacer posible sentirle a nuestro lado y oír sus consejos; seremos capaces de interpretar las señales que nos proporciona como advertencia de lo que no debemos hacer, lo que equivale a eso que conocemos como voz de la conciencia.

No le evoquemos, pues, por inercia; hagámoslo como al mejor amigo al que Dios nos ha confiado; un amigo incondicional que solo desea que le escuchemos para que no nos desviemos del camino que conduce a la plenitud, que es el destino final del espíritu.

El Ángel de la guarda por: María Luisa Escrich

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