La Rueda de la Vida

LOS CONTRASTES HUMANOS

Cada vida física es un pequeño fragmento de la gran película de la vida. Tratar de entenderla en profundidad bajo el prisma únicamente físico, de lo que vemos con nuestros sentidos, de las ideas religiosas que imperan en Occidente actualmente, resulta muy complicado. A esto, si le añadimos los condimentos en boga de pérdida de valores, de ideales nobles; el materialismo, la lacra del fanatismo en el mundo, etc., marcan en su conjunto una época de honda crisis, consecuencia de la gran transición planetaria que se opera en la actualidad.

La gran piedra de toque son las desigualdades humanas, y aunque todos aspiramos a la felicidad, vemos los grandes contrastes sociales. Por un lado el sufrimiento que generan las guerras, la opresión social, el hambre; y por otro el confort, la riqueza de algunos, viviendo en países o regiones donde es más fácil vivir en paz y con todas las comodidades.

Sin haber hecho aparentemente méritos o deméritos, cada ser humano se encuentra ante una realidad que contrasta unos con otros. Personas que nacen con gran inteligencia, grandes cualidades y aptitudes, y al mismo tiempo otras con dificultades para el aprendizaje, o con malas tendencias morales. También quienes nacen con enfermedades, deficiencias psíquicas graves, y al mismo tiempo otros con perfecta salud, fuertes y vigorosos.

Hemos de partir de una serie de premisas incuestionables. Dios es siempre justo. No deja nada al acaso, al azar o a la suerte. No abandona “nunca” a nadie, por muy malo y miserable que sea. No concede privilegios ni tampoco tiene favoritos. Ama a todos por igual, sin distinciones de ningún tipo…

Entonces, ¿qué es lo que falla?, ¿qué elemento es el que nos falta para empezar a entender dichos axiomas, que forman parte de los atributos de nuestro Padre?

Sin ninguna duda la gran ley de la reencarnación. Es la única que nos puede aportar los argumentos necesarios para entender el origen de los conflictos, las desigualdades de todo orden, y las aparentes injusticias que nos envuelven. Rebuscando en anteriores vidas, cuando la causa no está en esta misma vida, podemos llegar a entender que las víctimas de hoy han podido ser los verdugos del pasado.

La vida del ser humano viene marcada por dos aspectos fundamentales. Por un lado, el libre albedrío, que nos dota de la capacidad para actuar, y es en base a nuestro comportamiento lo que definirá y concretará un futuro más o menos venturoso. Al mismo tiempo, la vivencia actual, las circunstancias en las que nos movemos, como resultado de un pasado que nos marca el presente.

Por tanto, las circunstancias del momento evolutivo inferior en el que nos encontramos nos empujan a la expiación y a las pruebas constantes. Es por ello que este mundo está catalogado como un planeta de “Expiación y Prueba”. Lo que supone un periodo más o menos largo, dependiendo de nosotros, para asimilar unas determinadas experiencias, unas pruebas que una vez superadas, nos capacitarán para continuar la evolución en otra fase; la de “Regeneración” y así sucesivamente.

Mientras tanto, necesitamos vivir fuertes contrastes para que nuestra conciencia dormida vaya despertando poco a poco, se movilice ante los estímulos y sinsabores que nos alcanzan. Experimente, actúe, se equivoque y acierte, con periodos de felicidad, abundancia, con otros de desdicha y dolor; con etapas de salud y vigor, y otras de enfermedad y dificultades.

En una palabra, moldeando una personalidad, una sabiduría producto de la experiencia que nos va abriendo puertas y nos va capacitando para empresas mayores. Dios no tiene prisa, pero sus leyes universales actúan en todo momento, trabajando a nuestro favor, aunque a veces nos podamos rebelar por ignorancia de sus motivos y finalidades.

Por tanto, las desigualdades humanas cumplen una función pedagógica aunque sean transitorias. Forman parte del aprendizaje en el plano físico. Todo se quedará aquí, lo material, y tan solo nos llevaremos la experiencia y las buenas o malas obras que hayamos realizado, también tendremos que responder del usufructo de todo aquello que se nos concedió.

Invariablemente, el estudio y comprensión de la ley de la reencarnación, así como el origen de las desigualdades humanas, nos deben de servir de consuelo, de esperanza en un futuro mejor, ante la convicción de que todo lo que estamos viviendo en la actualidad es pasajero. Depende del comportamiento, de nuestras reacciones ante las pruebas y experiencias de la vida, un futuro en el mundo espiritual más o menos venturoso.

Sirvan como reflexión las palabras de San Agustín, recogidas en el Evangelio según el Espiritismo (capítulo XIV, 9): “¿Quién puede mejor, reanimar el valor moral, sino el conocimiento de las causas del mal y la certeza de que, si hay grandes trastornos, no hay desesperaciones eternas, porque Dios no puede querer que su criatura sufra siempre? ¿Qué cosa hay más consoladora y que dé más valor, que el pensamiento de que depende de sí mismo y de sus propios esfuerzos abreviar el sufrimiento, destruyendo en sí las causas del mal?

También nos debe de servir dicho conocimiento para trabajar,controlando las pasiones y el apego que podamos sentir por las cosas o las personas. Hemos de dejar que todo fluya, libertad para las personas aunque las amemos mucho, pues el amor verdadero es incondicional, irradia y no aprisiona a nadie. Desapego por las cosas materiales, pues son herramientas, instrumentos que no nos podremos llevar al túmulo.

La ley de causa y efecto marca claramente las desigualdades humanas. Nosotros escribimos a diario, con nuestros pensamientos, sentimientos y obras, aquello que proyectamos a los demás. De tal modo que, aquello que les hacemos nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Nadie nos puede hacer daño si no lo permitimos. Si nos movemos en otra sintonía, en valores de amor y perdón.Si no nos dejamos llevar por el egoísmo o el orgullo, no nos podrá alcanzar cualquier acción negativa. Aunque nos pueda provocar sufrimiento, ese dardo envenenado invariablemente volverá sobre el agresor. La vida nos pone delante a las personas y situaciones adecuadas para que aprendamos a solucionar los conflictos propios, no los ajenos.

Antes de encarnar, y en base al estado evolutivo de cada uno de nosotros, se establece un programa concreto, de rescate, aprendizaje, de situaciones que se habrán de vivir para movilizar los recursos internos, las potencialidades que todos albergamos en nuestro interior. Al espíritu medianamente esclarecido, sobre el que pesan unas deudas de errores pasados, de conquistas pendientes por adquirir, poco le importan los sinsabores, los sacrificios, pues observa la vida desde ese plano espiritual de otro modo. Una vida física la contempla como un episodio muy incómodo pero que le puede abrir las puertas de un retorno esplendoroso, feliz.

No obstante,la angustia producto de la incertidumbre, de si será capaz de alcanzar con éxito todas las metas. En el mundo espiritual se preparan las existencias concienzudamente, con el auxilio inestimable de seres espirituales de luz, que son como los hermanos mayores que nos aconsejan, miden nuestras fuerzas y nos orientan, para acercarnos lo máximo posible a la superación de todas las pruebas a las que nos debamos de someter en el plano físico.

Para concluir incidir en la idea de que las desigualdades humanas no vienen establecidas por una especie de “ojo por ojo y diente por diente”. Lo que ocurre en múltiples ocasiones es que el espíritu necesita rescatar de una forma más o menos directa, los errores del pasado para sensibilizarse, para que viva en sus carnes y sienta lo que no fue capaz de sentir con sus acciones pretéritas sobre otros. Muchas veces no existe otro modo más rápido y efectivo de progreso.

Es muy importante remarcar las dos opciones de progreso a nuestro alcance: Por amor, de forma voluntaria, o por el dolor. O como reza un viejo adagio: La siembra es voluntaria, pero la cosecha obligatoria. A nosotros nos toca elegir.

 

José M. Meseguer

©2015, Amor, paz y caridad

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