LA REALIDAD ESPIRITUAL

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La realidad espiritual

La realidad espiritual

Ya sabemos que nuestro cuerpo está hecho de materia, compuesto por millones de células que forman diversos órganos cuya función es mantenernos vivos, apoyados en una adecuada alimentación y actividad que aportan nutrientes y vitalidad. Pero para entender bien la vida es necesario comprender y aceptar que somos algo más que simple materia en constante transformación. También hay un principio vital, espiritual, que organiza, dirige y equilibra la vida del universo y su constante evolución. Por tanto, las personas somos un conjunto indivisible de materia y espíritu. La primera es percibida con claridad a través de nuestros sentidos físicos. No obstante, el segundo es bastante más desconocido para la mayoría de las personas, pues muchas de ellas niegan tal realidad, con todo lo que ello supone e implica en su vida.

Aquí encontramos una gran contradicción, pues todos buscamos la plenitud y la felicidad sin tener en cuenta toda la amplitud de nuestra realidad, lo que convierte nuestro deseo en imposible. La buscamos tan solo con una parte de nosotros, la material, negando u olvidando la otra esencia de nuestra verdad. Al rechazar esa parte espiritual nos estamos expresando y sintiendo de forma limitada, ya que con ello estamos negando una parte esencial de nosotros mismos, que es sobre la que se sustentan las estructuras de nuestra personalidad y la esencia que se mantiene incluso después de la muerte del cuerpo físico.

Si no aceptamos que la espiritualidad forma parte de nuestra vida actual, esta estará siempre incompleta y, por tanto, en cierto modo, podríamos decir que “defectuosa”. Queramos reconocerlo o no, los seres humanos tenemos ese componente que es el que más define nuestra satisfacción y nuestra felicidad o sufrimiento en la vida. Si verdaderamente queremos triunfar en ella y ser felices, no podemos obstruir nuestro mayor potencial negando esa parte invisible pero muy real. A la felicidad solo se llega a través de la plenitud del ser, lo que incluye reconocer y vivir ese principio vital del espíritu con todas sus cualidades, conjuntamente con la materia.

Al hablar de espiritualidad no nos referimos a ningún tipo de religión, sino a nuestros sentimientos más elevados, a esa necesidad que siente toda persona que ha alcanzado una determinada evolución y que le impulsa tanto a buscar lo más esencial de la vida como el despertar a su realidad y realización interior.

Esa esencia a la que todas las filosofías hacen referencia, incluso las diversas ciencias actuales, espíritu, alma, naturaleza interior, yo superior, etcétera, necesita manifestarse plenamente, expandirse, desarrollarse; ya que si no lo hace, la insatisfacción será el denominador común de nuestros días. Es una esencia intangible, indefinida; es la parte que afecta a la emotividad y al sentimiento de la persona, y por tanto se hace notar en todas las etapas del desarrollo humano. No solo es necesario buscarla, encontrarla e identificarla, sino desarrollarla debidamente, ya que es el único modo de encontrar la tranquilidad y la paz interior que necesitamos para vivir con plenitud y satisfacción.

Cada uno de nosotros percibimos los distintos aspectos de la vida a nuestro nivel personal. La realidad no es absoluta sino relativa, y esta evoluciona en la misma medida que evolucionan todas nuestras capacidades y nuestra conciencia de ser y existir hasta comprender la verdad. La espiritualidad ejerce de timón, desplegando las dos alas de nuestra evolución: el amor y la sabiduría. Sobre estas dos bases se sustenta lo mejor de nuestra vida, porque el amor nos une a ella y la sabiduría nos orienta e ilustra en las dificultades del camino.

La aceptación y comprensión de nuestra esencia espiritual nos permite vislumbrar todos aquellos aspectos, circunstancias y realidades que quedan ocultas detrás de la cortina de su negación. Por tanto, la amplitud de horizontes que se abre ante nosotros es extraordinaria e inmensa. De ella podemos entresacar algunos comentarios.

Cuando ante el fallecimiento de un ser querido nos preguntamos qué pasará con él, si habrá vida más allá del umbral de la muerte, si podrá estar viéndonos desde ese desconocido lugar al que pueda haber ido, estamos teniendo inquietudes espirituales a las que deseamos buscar la respuesta correcta. No puede haber el mismo consuelo en una vida donde todo va a terminar en el olvido de la nada, que en aquella cuya continuidad más allá del óbito sea percibida como una realidad.

Creer en la vida eterna también tiene un efecto psicológico muy positivo porque cuando se comprende que familiares, amigos y uno mismo no morimos nunca, sino que pasamos de un mundo a otro conservando nuestra individualidad y propia personalidad, las perspectivas y la esperanza en la vida se vuelven más profundas y más amplias. Comprender que el sufrimiento y las diversas vicisitudes que se pasan no son en vano, sino que suponen un desarrollo hacia algo más elevado e imperecedero, aporta mayor equilibrio y paz interior. Ver la vida con esa perspectiva de progreso, superación y plenitud eleva la satisfacción y la confianza en la misma.

Tenemos muchos más sentimientos y vivencias espirituales de lo que creemos. Además de lo anterior, debemos reconocer que solemos encomendarnos numerosas veces al Ser superior y creador de toda vida en el universo, especialmente cuando pasamos etapas de mayor dificultad y sufrimiento, lo que quiere decir que algo en nuestro interior nos está conduciendo hacia esa realidad. Reconocerlo o no ya depende de cada uno.

Está demostrado que las personas cuyos pensamientos son positivos y sus sentimientos  altruistas, que viven la espiritualidad como respuesta a su conciencia y su madurez interna, y creen en la continuidad de la vida más allá del tránsito al que obliga la muerte del cuerpo físico, gozan de mayor salud, tanto física como mental y emocional. Todas estas realidades no deben pasarnos desapercibidas, ya que tienen un gran significado para nosotros, pues afectan a nuestra vida diaria de forma clara y concisa. Los estados de armonía y equilibrio se mantienen con pensamientos y sentimientos plenos y ajustados a la realidad y están en constante desarrollo buscando su propia plenitud.

El hecho de no conocer que existe la Ley de Gravedad no significa que esta no actúe sobre nosotros y nos afecte directamente. De igual forma, el hecho de que ignoremos esas fuerzas y elementos de la vida que nos afectan como seres humanos tampoco va a impedir que nos afecten de forma transcendente. Por tanto, lo adecuado e inteligente es conocer esas leyes y esas fuerzas del universo con la finalidad de apoyarnos en ellas. Lo más conveniente es conocer todo aquello que influye y determina nuestras vidas, de qué forma lo hace y cómo podemos conseguir apoyarnos y favorecernos de ello.

Vivir es aceptar la existencia de esas fuerzas superiores a las nuestras a las que inexorablemente nos hallamos unidos y, en algunos momentos, dejarse guiar por ellas. Hay escenarios que no percibimos mediante los sentidos físicos pero que sí se experimentan mediante la parte psíquica y nuestro interior más profundo. Conviene, por tanto, estar atentos para no negarlas en ningún momento. La reencarnación, la ley de afinidad, la de causa y efecto, el karma,  la vida en otros mundos, etcétera, son temas en los que conviene profundizar por infinidad de motivos sumamente importantes para las personas. Hay mucha literatura y muy buena al respecto.

Existe un origen y una realidad espiritual en todos nosotros como seres individuales, pero también hay un principio espiritual Superior que rige la vida de todo cuanto existe, sin cuya comprensión no encontraremos respuestas a nuestras necesidades. No estamos solos porque no somos individualidades separadas del universo, y por encima de nuestra inteligencia hay una inteligencia que coordina la evolución de todo cuanto existe y nos ayuda con señales de orientación en favor de un bien común. Todo efecto inteligente tiene una causa inteligente.

La satisfacción, la felicidad y la plenitud se consiguen estando en sintonía con esa llamada de lo Superior, lo que requiere la dedicación de una parte de nuestro tiempo. Vivimos, sí, pero habitualmente no de la forma que nuestro ser interior desea y necesita, lo que dificulta muchísimo nuestra verdadera realización. Cambiar esto es mejorar el sentido de nuestra vida.

Llegados a este punto, ¿cuáles son las causas más frecuentes de insatisfacción con las que debemos lidiar para evitar esas vivencias de vacío, desasosiego e inquietud?

Por un lado, la realidad que vivimos no nos satisface plenamente, es decir, lo que vivimos no es lo que deseamos vivir, y por tanto no nos sentimos realizados sino más bien vivimos la inquietud de un futuro poco halagüeño. Y es difícil sentir satisfacción ante el temor o la preocupación. En definitiva, no somos conscientes de nuestra potencialidad, y es lo que debemos buscar para mantener la calma en todos esos momentos de desasosiego.

Por otro, muchas veces nos acucia el miedo a perder lo que tenemos porque solemos basar nuestra vida en las pertenencias y, como podemos comprobar, todas esas pertenencias que alcanzamos son totalmente pasajeras, pero la preocupaciones nos inquietan. La insatisfacción es un estado donde no se experimenta esa plenitud anhelada que ansiamos, bien por cuestiones materiales o emocionales, donde no logramos lo que deseamos, lo que buscamos. Incluso cuando se consigue algo que se deseaba uno se da cuenta de que no se siente como esperaba.

Si nos empeñamos en seguir viviendo sin conectar con nuestra verdadera esencia interior, llegará un momento en que la insatisfacción comenzará a instalarse en nuestro sentir, y durará tanto tiempo, agudizándose en el proceso, como tiempo estemos alejados de esa vivencia espiritual interior. Esto puede llegar a explicarnos esos estados de desarmonía e inquietudes mentales y emocionales que llegamos a tener en ocasiones, y de las que no terminamos de comprender cuáles son sus causas verdaderas. Cambiarlos es más sencillo de lo que parece, es cuestión de comenzar.

Si observamos detenidamente veremos que son más felices aquellas personas que se sienten realizadas, que se encuentran satisfechas consigo mismas, con su desarrollo, que han encontrado el verdadero sentido de su existencia. Esto nos lleva a comprender que no somos felices porque nuestro interior no está identificado con los acontecimientos ni el devenir de nuestra vida. Sentimos que nos falta algo, aunque no tenemos muy claro qué es, pero no nos sentimos realizados plenamente. Y eso que nos falta es el reconocimiento y la vivencia de la espiritualidad.

 Antonio Gómez Sánchez

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

Puede escuchar al autor en su podcast:  Aprendiendo a vivir mejor

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