EL REINO DE DIOS

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El reino de Dios

El reino de Dios

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Estos versos de Antonio Machado me hicieron recordar que a través de los sueños podemos obtener esas respuestas que buscamos denodadamente, respuestas a preguntas trascendentales tan difíciles de conseguir.

Y yo pregunté, me dormí y soñé…

El camino era incómodo; piedras de todos los tamaños obstaculizaban mis pasos. Caminaba apartando a manotazos una maraña de maleza que herían mis manos, brazos y piernas; entre aquel dédalo de espinas y aguijones, de vez en cuando asomaban tímidamente pequeñas manchitas de diversos colores, semejantes a florecillas, ávidas por sentirse libres; no es difícil comprender que, erradicando la maraña de maleza, el camino quedaría libre.

Estoy cansada; ahora siempre estoy cansada por mi mucho caminar. Me senté sobre una piedra; cerré los ojos por un instante para reflexionar mejor acerca de mi camino recorrido; cuando los abrí de nuevo, un inmenso muro se hallaba ante mí que impedía retomar mi andadura. No comprendía lo que aquello podía significar. Miles de preguntas saltaban por mi mente. ¿Por qué aquella pared obstaculizaba el paso? ¿Por qué me impedía avanzar? ¿Acaso había llegado al final de mi viaje? Si así era, ¿qué hacer? ¿A dónde dirigirme? ¿Qué había tras aquel muro?

De nuevo me senté; de nuevo cerré los ojos y, exhausta, me dormí; y… Otro sueño dentro del sueño. Sentada sobre aquella piedra contemplaba aquel muro cuando atrajo mi atención una pequeña manchita verde que asomaba por una grieta; poco a poco, aquella manchita fue creciendo y creciendo hasta cubrir por completo la enorme pared, dejando al descubierto una puerta de reducidas dimensiones… un tanto estrecha, pero con una fuerte y poderosa atracción. Me dirigí hacia ella y entré.

Imposible describir toda la belleza que contenía aquel mundo; porque no cabía duda alguna, aquello era otro mundo: el mundo soñado; el mundo anunciado; el mundo prometido. Flores de inigualable belleza y diversidad; colores y luces de extraordinaria luminosidad; olores que harían imposible su comparación con los de nuestras flores y plantas. Todo se me ofrecía con profusión, llenando mi alma de sentimientos y emociones jamás sentidos.

Caminaba y caminaba… y caminando llegué a un paraje magnífico, inigualable: inmensos árboles, cargados de raras frutas colgando de sus ramas, parecían danzar movidos por una suave brisa, esparciendo aromas nunca olfateados; de la tierra fértil y generosa brotaban innumerables plantas y hortalizas frescas y tiernas…

Un suave rumor atrajo mi atención; un rumor que provenía de lo que parecía ser un reguero de piedras y que, en realidad, era un claro y límpido riachuelo. Me senté a su orilla, hundiendo mis manos en sus más que claras aguas; un suave frescor recorrió todo mi ser y me sentí renovada.

Una alegre algarabía de palmas, voces y canciones irrumpió en aquel tranquilo y plácido lugar: desde todos los puntos fueron apareciendo hombres, mujeres y niños de toda edad, raza y condición. En sana armonía fueron tomando de la tierra y de los árboles las frutas que cada uno necesitaba, y que aquella opima tierra les ofrecía. Una vez tomadas, saciaron su sed en las frescas aguas del río y fueron reagrupándose, volviendo a desaparecer por cada punto, dejando que la naturaleza se recuperase y generara, de nuevo, lo necesario para todos.

Aún sentada junto al riachuelo cerré otra vez los ojos y solo pude murmurar: ¡Dios mío!

En todo cielo limpio y azul hay una nube blanca que guarda en sí la respuesta adecuada. Hice la pregunta y obtuve la respuesta:

                                       ¡Este es el Reino de Dios!

El ensueño terminó y desperté de mi sueño. Ante mí se alzaba la enorme muralla, y bajo mis pies, el empedrado y duro camino.

Estaba en mi mundo.

Esa muralla, formada por la codicia, el orgullo, la ambición, la insolidaridad y el desamor, nos separa del otro mundo… ¿por qué no derribamos la muralla?

El Reino de Dios está al otro lado…

 

El reino de Dios por: Mª Luisa Escrich

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

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