LA PUERTA ESTRECHA

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La puerta estrecha

DESDE LA AFLICCIÓN A LA BONDAD

“Las aflicciones de la vida, bien comprendidas, pueden ser un bálsamo que dulcifique nuestro espíritu y ponga a prueba el fuego de nuestro carácter 

Quinto Ennio – Literato Romano s. II a.C.

Sin duda ninguna, el hombre está destinado a la felicidad. Su paso transitorio por la Tierra no tiene porqué ser diferente. Tanto es así que, desde el salvaje al genio, desde el criminal al santo o desde el ignorante al sabio, todos albergamos internamente el mismo objetivo de ser felices.

Este anhelo no significa que lo seamos, y ante esta situación observamos algunas cosas que nos impiden esa aspiración; unas veces buscamos la felicidad donde no se encuentra (deseos insatisfechos, aspiraciones materiales efímeras, logros superfluos o exaltaciones del ego y del poder, etc.) y en otras ocasiones el dolor, el sufrimiento o aflicciones de la vida se hacen presentes y condicionan profundamente nuestra aspiración de felicidad, bienestar y paz interior.

Sócrates, el maestro de la filosofía griega, avanzaba que “no hay mejor almohada que una buena conciencia”. Quizás esta frase pueda indicarnos dónde buscar la felicidad que anhelamos, pero no nos explica como hacer frente a los acontecimientos sufrientes y dolorosos que a diario jalonan nuestro paso por la vida. 

Buda, en sus cuatro nobles verdades, mediante las que consiguió la iluminación, nos dejó ver con claridad la realidad y el sentido del sufrimiento así como la forma de afrontarlo y superarlo.

Jesús, el Maestro por antonomasia en occidente, nos explicaba que el sentido del sufrimiento era doble: por un lado servía de reparación de las faltas cometidas, y por otro, servía de depuración y elevación del alma cuando se aceptaba como sacrificio personal para la consecución de un bien mayor (en su caso, la mayor demostración de perdón y amor al prójimo). Significaba, transcender del sufrimiento al Amor sin medida, mediante un sacrificio personal.

Esta es “la Puerta Estrecha” de la que hablaba el Maestro Galileo; aquella que nadie quiere sobrepasar porque supone renunciar sin límites, sacrificio personal, humildad, sumisión a Dios y abnegación total. Alguien puede pensar ¿no es esto contrario a la felicidad y el bienestar? ¿acaso quiere Dios nuestro sufrimiento? ¿cómo es posible que el dolor pueda ser un lenitivo, un acicate de elevación y depuración del alma, cuando la persona se siente abatida por las circunstancias?

Las respuestas a estas preguntas tienen que ver fundamentalmente con el sentido de la Vida y la comprensión de la felicidad y el bienestar humanos. Solemos confundir con mucha facilidad placer con felicidad. 

“Aspiramos a ser felices; y la felicidad se manifiesta por la realización de nuestros proyectos y logros, por ello no debemos confundirla con el placer. El ser feliz afecta y llena todas las facultades superiores, consistiendo en un estado de satisfacción mediante una vida plena

Y cuando únicamente nos sentimos un cuerpo biológico, sin aspiraciones elevadas, intentando satisfacer nuestros apetitos más groseros y nuestras necesidades sensoriales como fuente de placer, acontece que, todo aquello que lacera el cuerpo o la mente, que perturba la salud o que nos lleva a la enfermedad, es apreciado como negativo, aflictivo, degradante y triste, alejándonos del concepto de bienestar y confundiendo felicidad y placer. ¿Se puede ser feliz teniendo una enfermedad? Por supuesto.

Sin embargo, el enfoque adecuado y correcto, que es el mismo que tenían Sócrates, Buda y Jesús, es aquel que contempla al cuerpo como un instrumento del alma, una herramienta al servicio del ser superior que somos y que está destinado a la felicidad eterna e inmortal. El cuerpo muere, enferma, se desintegra y vuelve a la naturaleza.

El espíritu nunca muere, sólo tiene por delante el progreso y la evolución que le faculta para ir conquistando el desarrollo de esa felicidad interior que supone la conquista de las facultades superiores y elevadas del hombre, y que se traduce en paz, serenidad, conciencia lúcida, desarrollo de las virtudes del alma y sublimación moral de nuestras acciones; pensamientos y sentimientos.


“El camino de espinas interior (aflicciones morales, psicológicas y espirituales) debe ser aceptado con dignidad, percatándonos de aquellas debilidades que lo originaron y dándonos cuenta de la necesidad de atajar la causa mediante el desarrollo de la virtud o cualidad contraria al hábito pernicioso que lo produjo
 

Anónimo

Aquí encontramos que el dolor y el sufrimiento que afecta al cuerpo, aunque dolorosos y deprimentes, son temporales, tienen fecha de caducidad. Tanto es así que hoy día, con el avance de la medicina, los dolores físicos son paliados con cierta facilidad por la farmacología y otras terapias, mientras que las aflicciones más difíciles de solucionar no son las del cuerpo sino las de la mente. 

El 80% de las consultas médicas tienen que ver con patologías que relacionan el cuerpo y la mente, y desde finales del siglo pasado, las enfermedades mentales ocupan un lugar privilegiado en el ranking de enfermedades más extendidas (depresión, ansiedad, trastorno bi-polar, neurosis, psicosis y esquizofrenias). Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), en el año 2000 fueron diagnosticadas por depresión en todo el mundo casi 400 millones de personas.

Sin duda, todo aquello que tiene que ver con la forma de pensar, sentir y vivir, afecta nuestra salud y condiciona el bienestar físico y psicológico. Por ello, aquellas situaciones que vienen a nosotros como graves aflicciones morales, emocionales o mentales, que condicionan nuestro carácter y estado de ánimo son a las que debemos prestar mayor atención. El conocimiento espiritual nos indica que el origen de estas patologías morales, psicológicas y espirituales se encuentra en nuestro inconsciente, o lo que es lo mismo, en los hábitos perniciosos adquiridos de nuestro pasado, en vidas anteriores, que condicionan nuestro presente y a la vez el futuro.

Si queremos erradicar la causa de la aflicción hemos de mirar en nuestro interior, pues aunque haya causas externas que puedan ser el origen de alguna de ellas, sin duda nuestra actitud mental y la forma en como enfrentemos el sufrimiento condicionará la duración del mismo. El que éste sea más o menos agudo o que, si persiste en el tiempo, lejos de ser algo insoportable, podamos sobrellevarlo con dignidad, dependerá de nuestra actitud, aprovechando lo que tenga de positivo para fortalecer nuestro carácter.

Cuando enfrentamos las limitaciones de nuestro espíritu inmortal, en base a los hábitos perniciosos adquiridos en vidas anteriores que la Ley de Causa y Efecto nos devuelve en forma de dolor, es cuando comenzamos a ser conscientes de esa “Puerta Estrecha” de la que hablaba Jesús. Aquello que nos sobrepasa, nos domina y nos hace sufrir tiene su causa en nosotros mismos, y por ello hemos de sobrellevarlo con dignidad y aceptación. 

Esto no quiere decir que no debamos poner todos los medios que la ciencia actual nos presenta para aliviar o mejorar los síntomas, antes al contrario, debemos procurar el bienestar en todo momento. No obstante, cuando la causa se encuentra en la reciprocidad que la Ley nos devuelve por aquello que hicimos mal, el síntoma puede aliviarse pero la causa del dolor no cesará hasta que seamos capaces de repararlo y aceptarlo.

De aquí parte la necesidad de comprender que estas aflicciones no sólo depuran nuestra alma de los débitos del pasado, sino que coadyuvarán a mejorar nuestro estado espiritual rumbo a la felicidad, al fortalecer nuestro carácter ante la adversidad. Se comprende entonces que “Todo Pasa”, que el dolor es transitorio, que cumple una importantísima función y que cesa de forma inmediata cuando la causa que lo originó halla quedado depurada. 

También se entiende que la función del Amor es capaz de modificar las causas del dolor, dulcificando sus efectos, aliviando su carga y eliminando la reparación del ”ojo por ojo, diente por diente” que es sustituida por el Amor que alivia, disminuyendo las consecuencias aflictivas cuando se ha cambiado de actitud y se trabaja en el mejoramiento moral y el desarrollo del bien dentro de nosotros mismos. Así pues, hoy día multitud de médicos, psicólogos y psiquiatras recomiendan como método de auto-cura el desarrollo del amor(*). Se convierte en una terapia importante para la salud y el equilibrio fisiológico y mental. Una frase de un gran científico actual nos ofrece una pista:

“Un cerebro sano es un cerebro bondadoso”

Dr. Richard Davidson

La bondad tiene un efecto biológico-psicológico estimulante y beneficioso; no solamente mejora las neuronas del cerebro sino que este bienestar del buen pensar y sentir se traslada a toda la aglomeración celular de nuestro cuerpo, hasta tal punto que, una buena salud depende hoy día más que nunca de los pensamientos equilibrados, nobles, elevados, de unas emociones ordenadas, nada tóxicas, saludables y altruistas y de los sentimientos cercanos al perdón, al amor, al bien y la entrega al prójimo.

Así pues, la puerta estrecha, cuando es inevitable, sirve de preparación para la felicidad, de antesala para la forja de un carácter, para el desarrollo de una personalidad madura y asentada en el bien y en los valores superiores de la vida del alma inmortal.

Con ello estamos comenzando a valorar la verdadera vida, que es la Vida del Espíritu inmortal, que trasciende la muerte y supone la auténtica realidad del ser humano integral aspirando a las estrellas, la plenitud y la felicidad plena, en el desarrollo de las cualidades divinas que lo llevarán a la perfección y que fueron esculpidas por Dios en su conciencia.

La puerta estrecha por: Redacción

2020, Amor, Paz y Caridad

(*)“El amor no es teológico, es terapéutico”

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