Valores humanos

LA HUMILDAD

 
 
De bondad y de humildad
quisiera que el mundo fuera 
pero esta vana quimera 
ya no existe en realidad.
 
 
  Por desventura esta virtud no está muy bien comprendida a nivel social y humano, quizás sea ello debido precisamente a que es una virtud escasa y no bien admitida en los momentos actuales de nuestra humanidad que vive en desmesura llevada por la ambición, la competitividad, el alarde, el amor propio, etc., aspectos todos estos contrarios a la humildad.
 
  Junto a la caridad, la humildad es una de esas perlas preciosas que se encuentran en el interior de las personas, nunca mejor empleado este tópico, puesto que la humildad es una actitud frente a la vida, que no se ve, «que no se lleva puesta», se vive por dentro y se siente por la vibración que emanan las personas que la poseen.

 

  La persona humilde destaca por esto mismo, por su modestia y sencillez, por su grandeza humana, porque no alardea, no figura, no se siente imprescindible; y sin embargo su sola presencia destaca sin alardes aunque quiera pasar desapercibido, y su colaboración se nos hace necesaria.
 
  La humildad no empequeñece al hombre, al contrario es una grandeza del alma. Es una joya que sólo poseen los que están por encima del amor propio, del orgullo y la vanidad. Qué fácil decirlo, pero qué difícil de conseguir para todo aquél que todavía no se ha descubierto a sí mismo y luchado estoicamente contra estas terribles trabas de la humanidad y del progreso espiritual.
 
  En un mundo de codicia
quieren conquistarlo todo 
y de uno u otro modo 
no descansa su avaricia.
 
  La humildad, va más allá de riquezas y pobrezas, ya que en ambas circunstancias se puede y se debe ser humilde. Al rico le lleva a vivir con igualdad, sin crear diferencias hacia los que no son de su clase, porque el humilde no distingue, no sabe de clases, para él todos son iguales, lo mismo que a los ojos de Dios. El humilde está por encima de eso y sólo distingue a los hombres por su valía, por su nobleza humana. El humilde no mira por encima a nadie, porque no se siente superior a ellos, se siente unido a la humanidad por los bellos sentimientos de amor y de fraternidad que ya cobija en su corazón.
 
No envidies bienes ajenos 
confórmate con tu suerte 
y cuando llegue la muerte 
tendrás una deuda menos.
 
  Al pobre le ayuda a vivir con resignación, que no con humillación, las desdichas y desventuras que la existencia le ha determinado vivir, aún en contra de su voluntad y de los esfuerzos que realice para mejorar su posición.
 
  La pobreza no es motivo de humillación, es una prueba que ha de pasar todo espíritu en el transcurso de su evolución, antes o después, una prueba que ayuda de manera especial al espíritu a no creerse superior a los demás, a esforzarse en vivir con dignidad su suerte en esa existencia, sin caer en defectos como la envidia, avaricia, ambición, etc., defectos estos que si los supera estará preparado muy fuertemente para emprender en vidas futuras gloriosas existencias sin peligro de contraer deudas derivadas de los defectos citados.
 
El hombre vive aferrado 
a la vida material 
y por eso se ha olvidado 
que su ser es inmortal.
 
  La humildad cobra especial importancia para la vida del espíritu encarnado porque le ayuda a lo más fundamental, a trabajar para atesorar valores que no caducan una vez dejamos la materia. La humildad ayuda al hombre a formarse un equipaje de progreso espiritual que le hace ascender un peldaño muy alto en la escala del mundo espiritual. Mientras que el que vive sin humildad, «aferrado a la vida material» como nos dice el poeta Francisco Marín (*), sube al espacio al dejar la existencia con apenas equipaje, si acaso con un equipaje muy pesado que le mantiene estancado y hundido en sus miserias morales.
 
  El humilde no busca una posición destacada en la esfera social. El orgulloso sí, y cuando no lo consigue sufre amargamente y culpa a los demás de sus infortunios, causando disgustos y molestias a sus familiares y amigos. Mientras que el humilde en su modestia se afana en superarse, en no ser causa de disgustos y desarmonías, en estudiar, en trabajar sin preocuparse de hasta dónde puede llegar a elevarse en su posición, o en su profesión, sólo se preocupa por mejorar su calidad humana, con fe en Dios y en los hombres, y poco a poco va escalando puestos aun sin desearlo, siendo esto algo que para él piensa que no lo merece, disfrutando con ello inmensamente, haciéndose amigo de los hombres y uniéndose más a Dios.
 
  La humildad no es amiga de engreimientos, de echarse flores, no se ensimisma, no se endiosa ni fanatiza. Todo esto lo rechaza por ser un fuego fatuo, estéril y artificioso que no beneficia a nadie.
 
  La humildad es una virtud superior, propia de espíritus gigantes, espíritus bien pulidos por el sacrificio, libres del enfermizo orgullo y amor propio. Humildes son los espíritus que han aprendido a amar.
 
El amor y la humildad 
conquista los corazones 
y son los preciados dones 
de la hermana caridad.
 
  Poseer humildad es de gran ayuda para el progreso espiritual, pues con ella se está por encima de prejuicios, del qué dirán, y la persona puede ver con claridad lo que le interesa para su progreso porque puede discernir e intuir con libertad de pensamiento aquello que su conciencia le indica en cada momento.
 
  El orgullo por contra oscurece la razón, confunde el pensamiento y ahoga la conciencia, nos vuelve también irascibles y egoístas, pensando antes en lo que van a decir los demás si hacemos esto o aquello, en lugar de pensar si nuestras obras son correctas o incorrectas, y al final termina haciendo no lo mejor para su progreso, sino lo que está mejor visto a los ojos de los demás.
 
Sé bondadoso y honesto 
sé humilde y virtuoso 
porque un mundo venturoso 
no se conquista sin esto.
 
  Un aspecto fundamental de la humildad es lo mucho que nos ayuda para no rebelarnos en contra de las desdichas propias o ajenas. Nos ayuda a pensar con serenidad, con firmeza y a enfrentar las pruebas con valentía, pensando que todo tiene una causa justa y que hemos de buscar el remedio generalmente en un cambio de actitud propio para no ver las cosas a través de la propia rebeldía que nos impide observar la verdad de las cosas. 
 
  Sin humildad es prácticamente imposible llevar una andadura espiritual acertada. Tengamos en cuenta que uno de los requisitos para el progreso espiritual es la capacidad de sacrificio, la renuncia a uno mismo para servir al semejante. Se dirá que para eso hay que ser altruista, cierto, pero además hace falta ser humilde porque si no cómo vamos a ayudar a los demás si estamos dominados por el orgullo y la prepotencia.
 
  Ese ejemplo de servir y de ayudar es el que nos han dado los grandes avatares que han pasado por la Tierra, dejando sus planos de luz y de felicidad para enseñarnos a dar los primeros pasos en el camino de la evolución espiritual. Si ellos han marcado esa pauta de ayuda y servicio desinteresada y humilde, rebajándose a vivir una o más existencias a nuestro lado, nosotros no podemos hacer menos que seguir su ejemplo de humildad y de búsqueda de la perfección aprendiendo a amar a nuestros hermanos.
 
Sacrificarse es servir, 
es del alma la grandeza, 
es la forma de sentir, 
es ideal de nobleza,
Es la forma de vivir.
 
  Aprendamos a diferenciar entre humildad y humillación. El humilde no se ofende fácilmente. El orgulloso sí. El humilde se siente seguro y fuerte interiormente, sin necesidad de halagos. El orgulloso se siente inseguro, sus defectos le confunden, en su complejo necesita verse por encima de los demás y se siente herido cuando en su orgullo y vanidad no es correspondido.
 
 
F.H.H.
 
Si deseáis elogios, halagos, admiración, no sois humildes.
 
Sebastián de Arauco
 
El que se ensalza será humillado. El que se humilla será ensalzado.
Jesús de Nazareth
 
(*) Todos los versos de este artículo se han extraído de la poesía “Bondad y Humildad” de Francisco Marín. 20 Amor, Paz y Caridad.
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