Reencarnación

CASAMIENTO “IN EXTREMIS”

 
  En “El Mundo Latino” leí el suelto que copio a continuación y me impresioné tanto con su lectura, que pregunté al guía de mis trabajos el “porqué” de tan doloroso suceso. 
 
  El “Daily Mail” da extensa cuenta de un casamiento “in extremis” que acaba de consumarse en Nueva York, en circunstancias trágicas. Dos novios estaban ocupados en abrir varias cajas que contenían sus regalos de boda, cuando inopinadamente se disparó un revólver envuelto en un paquete que el novio tenía en la mano. El proyectil hirió a la novia en pleno pecho. Conducida al hospital, declararon los médicos que la herida era mortal. Al conocer su situación, la jovén solicitó que la casasen inmediatamente con el autor involuntario de su muerte.
 
 
  Este fue conducido al hospital, y el policía que había practicado su detención le sirvió de testi­go. La joven esposa “in extremis” suplicó que pusiesen a su esposo en libertad, pero el juez, inexorable, dispuso que le llevasen a la cárcel mientras ella agonizaba. 
 
  El relato no puede ser más conmovedor ni más interesante, porque estar tocando la felicidad, reali­zar el sueño de dos almas enamoradas, y en menos de un segundo conducir a la novia al hospital y al novio a la cárcel, es verdaderamente espantoso: es descender del cielo al infierno, ¡pobres víctimas!… 
 
  Sí, víctimas de su ayer, me dice un espíritu: el periodista califica al juez de bruto y de inexorable, ¡pobres ciegos de la tierra! no juzguéis, que camináis entre sombras y caéis en el abismo. 
 
  Lo ocurrido es tan justo, es tan merecido el castigo que los dos han recibido, que no han hecho más que pagar una deuda terrible; escúchame con atención: La joven que ha muerto asesinada involuntariamente, hace muchos años, muchos, que se encontraba en la tierra, perteneciendo también al bello sexo; hija única de los condes de Monte Rey; era la niña mimada de sus padres y de sus poderosos parientes, que todo les parecía poco para la hermosa joven, que era verdaderamente hermosísima de cuerpo, pero no de alma. Leonina no reconocía más ley que sus caprichos, y como sus padres no veían sus defectos, estos se acre­centaron con el homenaje de sus adoradores. Entre ellos figuraba el conde del Castillo que se enamoró ciegamente de Leonina, ésta, no le quería, pero el conde era tan rico, tan poderoso, ofrecía tantas ventajas llevar su nombre, y tanto le aconsejaron sus padres que no desperdiciara matrimonio tan ventajoso, que Leonina aceptó por brillar más en la sociedad de lo que brillaba; su futuro esposo le ofrecía una dote de reina, muchos soberanos no tenían los dominios que el conde puso a los pies de su amada y en joyas le entregó fabulosos tesoros, y cuando se casó Leonina, fue su boda un verdadero acontecimiento histórico, tantos fueron los magnates que acudieron desde lejanos países para tomar parte en los festejos, bailes y cacerías que dispuso el conde para celebrar dignamente su enlace con la hermosísima Leonina. 
 
Las fiestas duraron muchos días y entre los caballeros que asistieron a ellas, estaba Oscar de Silva, joven noble muy distinguido que se sintió subyugado por la espléndida hermosura de la joven desposada. Esta también se fijó en Oscar de Silva, bailaron juntos, y aunque sus labios no hablaron, sus ojos y sus manos dijeron cuanto habían de decir, quedando los dos plenamente convencidos que se amaban. Se siguieron tratando, guardando la más prudente reserva, mucho más que el esposo de Leonina cada día estaba más enamorado de su hermosísima compañera, y ella poseía tan perfectamente el arte del disimulo, que nadie llegó a sospechar jamás de su fidelidad conyugal, y eso que ella y Oscar cada día estaban más enamorados el uno del otro y sufrían muchísimo al verse privados de sus entrevistas amorosas, porque el conde era la sombra de Leonina, no se separaba de ella, y mientras más rendido estaba él, más indife­rente se encontraba ella, por más que lo disimulaba como una actriz consumada. Pero aquella lucha no podía continuar, se cansó de sufrir la penosa persecución de su marido, que la decía muchas veces: No sé que encuentro en ti; sólo sé que mi amor aumenta y el tuyo disminuye. Leonina entonces le miraba como ella sabía mirar y el conde la abrazaba y le decía: ¡Mírame siempre así! 
 
  Oscar de Silva, por su parte, estaba celoso de la felicidad del conde del Castillo, y le propuso a Leonina acabar de una vez con aquel tormento, matando al hombre que les estorbaba para su felicidad. Leonina, que también pensaba deshacerse de su marido, encontró el inicuo plan de su amante, admirable, y entre los dos concertaron hacerle morir en una cacería. Se preparó la fiesta, a la que asistieron muchos nobles, y Oscar de Silva empleó sus malas artes para llevar al conde del Castillo a un bosque en seguimiento de un jabalí, allí hirió mortalmente a su confiada víctima, tirándole a un despeñadero, donde exhaló su último suspiro el más enamorado y el más confiado de los hombres. Se le atribuyó después el asesinato a un villano, que el infeliz estaba de mozo en las caballerizas del conde, y murió en el patíbulo para alejar toda sospecha que pudiera recaer sobre Oscar de Silva. 
 
  El se fue a viajar y Leonina se retiró a un convento a pasar el primer año de su viudez, uniéndose después con el elegido de su alma, sin que nadie dudara de su virtud, porque los dos fueron tan disimulados y tan prudentes, y supieron contener de tal modo los arrebatos de su pasión, que su matrimonio causó verdadera sorpresa, y así como Leonina en su primera época de casada iba siempre de fiesta en fiesta y de baile en baile, al unirse con su idolatrado Oscar, se retiró del gran mundo y vivió consagrada a su inmenso amor. Muchos años fueron felices, se contemplaban uno al otro; el cielo de su felicidad no lo empañó la más ligera nube y dejaron la tierra ella primero y después él, rodeados del respeto y de la consideración social; su crimen pasó comple­tamente desapercibido; la justicia humana ignoró siempre el asesinato cometido por Leonina y Oscar, pero en el espacio se convencieron que habían sido unos miserables, que eran dos criminales que habían usurpado lo que no les pertenecía y sus horas felices tenían que pagarlas con muchas horas de agonía. 
 
  Volvieron a la tierra Oscar y Leonina y en esta existencia se amaron: ella preparó sus galas de desposada, y cuando estaban más embebidos contemplando sus regalos de boda, él la hirió a ella involun­tariamente, y el sacerdote bendijo su unión, separán­dolos el juez, que dominado por una fuerza superior a su voluntad, redujo a prisión al inocente de hoy y al culpable de ayer. Adiós. 
 
  Mucho te agradezco, buen espíritu, la comuni­cación que me has hecho; es de gran enseñanza; tienes razón; no debemos juzgar los que caminamos entre som­bras. ¡A cuántas consideraciones se presta el relato que me has dado!… No me abandones nunca, buen espíritu; quiero escribir hasta el último momento de mi actual existencia; quiero dar mucha luz, para vivir mañana rodeada de los resplandores que difunde la luz de la verdad. 
 
AMALIA DOMINGO SOLER 


Anteriores Artículos

LA HUMILDAD

Siguientes Artículos

INTRODUCCIÓN - NUEVA HUMANIDAD

Sin Comentarios

Deja tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.