Trabajo Interior

LA HUMILDAD HACE SENCILLA EL ALMA

“La humildad es una virtud muy descuidada entre vosotros. Los grandes ejemplos que se os han dado no son tenidos en cuenta como correspondería. Sin embargo, sin humildad, ¿podéis ser caritativos para con el prójimo? ¡Oh! no, porque ese sentimiento nivela a los hombres; les dice  que son hermanos, que deben ayudarse mutuamente, y los conduce al bien. Sin la humildad, os adornáis con virtudes que no tenéis, como si os pusierais un vestido para ocultar las deformidades de vuestro cuerpo. Acordaos de Aquel que nos salvó; recordad su humildad, que lo hizo tan grande y lo elevó por encima de los profetas”. El Evangelio según el Espiritismo Cap. VII, ítem 11.

En la escala espiritual aún estamos empezando, independientemente de las numerosas encarnaciones que llevamos a nuestras espaldas, pues tenemos mucho que aprender todavía para empezar a comprender sobre la grandeza de Dios.

Hay personas que, partiendo de su estatus social e intelectual, consideran que no puede haber nada por encima de ellos. Lo que no alcanzan a comprender lo rechazan o creen imposible, son incapaces de reconocer la grandeza que nos rodea, algo que la lógica más elemental nos dice que es imposible que se haya podido crear sólo, o sea, producto del azar. El azar jamás crea, y mucho menos podrá crear algo que tenga un sentido, y muchísimo menos que pueda seguir un patrón complejo de evolución o de progreso. Esta es una obviedad incuestionable.

Este pensamiento, que denota autosuficiencia, surge en espíritus poco esclarecidos que no comprenden la presencia de Dios en todas partes; porque Él es el creador de todo. Miremos por donde miremos está la obra de Dios, desde el ser vivo más simple y microscópico al gran universo.

Es nuestro orgullo el que no nos deja crecer en humildad, siendo gran generador de conflictos con otras personas, principalmente porque nos inhabilita para reconocer y corregir nuestros propios errores, lo que nos impide el desarrollo de nuestro espíritu. Esta falta de humildad es la que nos condena a mantenernos estancados en nuestra ignorancia. También el egoísmo, en los tiempos de materialismo en que estamos inmersos, donde el consumismo exacerbado impera en nuestras vidas, nos lleva a entender la vida de una forma que dificulta sobremanera el crecimiento de los valores imperecederos del espíritu, donde no importa quién eres sino lo que posees, sin preguntar cómo se ha conseguido.

Ha habido espíritus que han venido a la Tierra con misiones de ayuda, de compromiso hacia los demás, y sin embargo, el orgullo, o lo que es peor, la soberbia, los desviaron de su camino, aceptando aplausos y creciendo dentro de ellos vanidades humanas que frustraron la realización de tales misiones.

Salomón: “Donde hay soberbia, hay discordia; donde hay humildad, hay sabiduría”. Proverbios 11:2  Rey de Israel (Jerusalén 1011-931 a.C.)

A otros se les llena la boca hablando de humildad y, sin embargo, sus obras los desmienten en poco tiempo. También podemos encontrar personas que la confunden con debilidad, pues no consiguen entenderla, y la lucha por conseguirla está fuera de su alcance, pues el egoísmo reina en sus vidas.

Es en el vivir diario donde tenemos que trabajarla; ir poco a poco, ya que somos imperfectos y cometemos muchos errores,  y el primer paso a dar es localizarlos y después aceptarlos. Además, de esta forma será más fácil asimilar las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para aprender,  y así deshacernos de los defectos, debilidades y limitaciones que nos frenan y no nos dejan avanzar.

La humildad es la senda sobre la cual se mueve el amor,  pues es prima hermana de la caridad. Primero en cada uno de nosotros, y luego dirigida a las demás personas que se presentan en nuestras vidas. Significa que a veces hay que bajar la cabeza, otras saber ponernos al mismo nivel de la persona con la que nos encontramos, y siempre demostrar que no estamos por encima de nadie.

La humildad es la cualidad que hace sencilla al alma en donde habita; llena de paciencia, se da a los demás como una valiosa esencia a la que nadie puede resistirse. Es la otra cara del amor que enseña lo mejor de nosotros, nos da fortaleza y a la vez nos hace sencillos y afectuosos. La humildad forja verdaderos lazos de solidaridad, al no mostrarse ya el ego y el orgullo.

La humildad está cargada de bondad, de calma, de paciencia, de indulgencia, de amor. Es imprescindible (sugiero este cambio para dar más fuerza) para poder dar a los demás lo mejor que hay en cada uno de nosotros, y es necesario que le hagamos un sitio en nuestro corazón para que arraigue, tome fuerza y comience a esparcir los efluvios beneficiosos que contiene.

Esta es una virtud de difícil adquisición, porque  requiere una disciplina rigurosa a la hora de trabajar para superar todos los instintos que predominan en la naturaleza humana, y un esfuerzo continuado para minimizar todos los hábitos perniciosos que puedan impedir su crecimiento.

“La humildad debe preceder, acompañar y seguir a todo lo bueno que hacemos… si no, el orgullo nos lo arrebata todo”. (S. Agustín, Epist. 118,22).

Debemos tener presente siempre quiénes somos y no permitir que los aromas de la vanidad se introduzcan en nuestro corazón. Sepamos leer el papel que nos toca vivir, lo que es importante de lo que es transitorio, aquello que dejaremos en la Tierra en el momento de desencarnar. Las luchas por la notoriedad y la proyección social desgastan nuestras energías, y obstaculizan el aprendizaje sencillo que podemos adquirir sirviendo a los demás; una escuela de humildad y de paz en el corazón.

Jesús dijo: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”. Sermón de la Montaña.

Esta virtud nos desarrolla el coraje que nos impulsa a progresar; clarifica el camino, puesto que no se enreda en los conflictos del ego, como pueden ser esas batallitas íntimas que a veces tanto cuesta vencer;  nos enseña a disculpar, a ser compasivos, nos desarrolla la caridad y, sobre todo, aprendemos a amar a nuestro prójimo sin trabas, con sencillez, sin cansarnos.

Jesús dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el descanso para vuestras almas”.

Se dice que la humildad es la madre de todas las virtudes; pues en ese caso, dejemos que se desarrolle dentro de nosotros, sepamos reconocer que todos nos necesitamos, que somos seres sociales y, ayudándonos unos a otros, la existencia la haremos más rica en fraternidad, pues seremos conscientes de que los obstáculos nos los creamos nosotros mismos; esas distancias, barreras que dificultan la convivencia y el progreso mutuo, vienen motivadas por la falta de esta noble y hermosa virtud.

Por ello, seamos eficaces en las obligaciones y deberes a los que fuimos llamados y cumplamos honestamente con nuestras responsabilidades, sin pensar que lo hacemos mejor que los otros, o que tenemos más conocimientos. Nada que nos pueda servir de excusa para creernos por encima de nuestro prójimo.

Sepamos estar a la altura de las circunstancias y en el lugar de trabajo que la Sabiduría Divina nos ha confiado, cumpliendo con nuestros deberes y responsabilidades, dando lo mejor de nosotros para la edificación del bien colectivo.

La humildad hace sencilla el alma por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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