Trabajo Interior

LA CONFIANZA CRECE CON EL AUTOCONOCIMIENTO

La idea de que debemos tener un conocimiento profundo de nosotros mismos viene desde lejos. Prácticamente en todas las culturas y religiones la reflexión sobre lo que hemos venido a hacer en este mundo ha estado presente siempre. Las explicaciones e interpretaciones de la realidad, obviamente, han sido distintas y muy variadas; sin embargo, una idea subyace siempre y es la del autoconocimiento.

Ya Sócrates (S. V a C.), con el lema “conócete a ti mismo’’, decía: “De los que se conocen saben lo que les es útil, disciernen qué es lo que pueden hacer y lo que no, y haciendo lo que son capaces de hacer se procuran lo necesario y viven felices y, absteniéndose de lo que está por encima de sus fuerzas, no caen en faltas y evitan los fracaso”.

Como dice el sabio griego, es conociéndonos la mejor manera de ir adquiriendo confianza en nosotros mismos, pues al saber hasta dónde puedo llegar, cuáles son mis talentos verdaderos  y cuáles son los hábitos negativos que me frenan, es como vamos tomando conciencia de lo que podemos conseguir en nuestro crecimiento espiritual.

Tener autoconfianza nos da la capacidad para centrarnos en los objetivos que tenemos que conseguir, nos da fuerzas para seguir adelante, nos da seguridad, eliminando excusas superfluas o ficticias que nos pudieran detener. Nos aporta la capacidad para analizar con calma cuál es la actuación en cada caso, convirtiendo esas experiencias en algo valioso, además de aumentar nuestro bagaje de conocimientos que enriquecen el espíritu y nos llenan de sabiduría.

El egoísmo en sus múltiples formas es un gran escollo que impide adquirir verdadera confianza interior. Siempre es una rémora que todos tenemos en mayor o menor medida en nuestra naturaleza humana. Si no conseguimos controlarlo, nos hacemos responsables de todos los males que realizamos dejándonos llevar por él.

Una de sus consecuencias es que ahoga otros valores que ennoblecen al espíritu, llevándonos por senderos asociados al sensualismo en sus múltiples expresiones; también orientándonos hacia las conquistas materiales que proporcionan lucro y notoriedad en la sociedad, ilusiones perecederas que se quedarán en la Tierra una vez dejemos el cuerpo físico. Toda esta situación, en muchas ocasiones, lo que esconde es un verdadero conflicto interior entre lo que el espíritu reclama y lo que la parte ilusoria material propone, lo cual llega a generar gran inseguridad. Esto, de alguna forma afecta al ser, tapándolo con, por ejemplo, relaciones personales vacías, sin conseguir amar ni tampoco llegar a sentirse amado, y muchas veces proyectando aquello que a uno le falta pero que reclama a los demás. Esto le puede llevar, incluso, a actitudes de agresividad y violencia, en ocasiones de forma descontrolada.

Una de sus consecuencias principales es la pérdida de confianza interior, lo que genera malestar, sospecha, recelo, generando distanciamiento entre las personas. Y nos pueden llegar a surgir ideas, tales como: solos vivimos mejor y no necesitamos de los demás para poder vivir.

Sin confianza ni claridad de ideas podemos caer en el error de plantearnos que todo lo malo que nos ocurre es porque los demás nos quieren hacer daño, por mil razones que generalmente solo tenemos en nuestros pensamientos, atrayendo tristeza a nuestro ánimo, apareciendo la amargura en el corazón; ese mismo vacío interior del que hablábamos que aleja la alegría de vivir. ¿Para qué relacionarnos con los demás, si nos   pueden hacer daño?, es una reflexión que nos puede asaltar cuando hemos tenido malas experiencias y no hemos sabido hacer la lectura correcta a los acontecimientos vividos. Si damos cabida a este pensamiento nuestra vida empezará a estar vacía, pues somos seres sociables y necesitamos relacionarnos unos con otros para poder tener una vida plena.

Si, por el contrario, somos personas equilibradas que tenemos confianza en nuestras posibilidades y, en algún caso, alguien nos ataca sin motivo aparente (porque son las imperfecciones quienes andan detrás de esos ataques), la respuesta más adecuada será mantener la calma, permanecer serenos ante las personas que nos dañan, aprendiendo a disculparlas, sabiendo que serán ellos quienes reciban en el futuro las consecuencias de su acción.

Recordemos que la confianza es el fundamento sobre la que cimentamos la amistad, las  relaciones personales y, sobre todo, el amor.

Por lo tanto, para tener un desarrollo normal en las relaciones interpersonales es necesaria la confianza, pues sin ella no podemos establecer una relación de amistad auténtica y sincera. Si dudamos sin un verdadero fundamento de la persona que tenemos delante, nunca podrá establecerse una verdadera amistad. Bien es cierto que esta ha de tener una correspondencia mutua para que exista un equilibrio, para evitar desengaños y decepciones. En cualquier circunstancia siempre ha de existir honestidad y limpieza de intenciones por nuestra parte.

Las posiciones de confianza se pueden establecer en distintos planos según la relación: de amistad, amorosa, de trabajo, social, etc., y todas llevan implícitos unos compromisos a cumplir. Unas pueden interesarnos menos y pasamos más de puntillas, pero otras sí que nos pueden interesar mucho. No obstante, todas ellas se deben basar en unos principios comunes a aplicar siempre, como por ejemplo saber pedir perdón ante cualquier situación negativa provocada por nosotros, ser indulgentes ante los errores cometidos por las personas cercanas y, sobre todo, crear puentes de segunda oportunidad ante actuaciones que nos pueden provocar dudas de confianza.

La confianza nos ayuda a mantenernos tranquilos, alegres, felices; entre otras razones porque sabemos sacar el máximo rendimiento allá donde estemos, nos guste más o nos guste menos. También las experiencias nos aportan una gran enseñanza; si además sumamos los valores ganados a través del trabajo íntimo, podremos seguir con nuestro progreso espiritual con seguridad.

 “Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama sino en sus propias alas”.     Proverbio

El trabajo que nos proponemos cada día para ser un poco mejores nos ayuda a ver la realidad y aceptarnos tal y como somos; nos da seguridad, y de esta manera disminuye la preocupación de pensar cómo nos verán los demás o qué nivel social hemos conseguido. Este ejercicio de superación nos hace crecer y nos aporta equilibrio emocional, nos refuerza como personas, facilitándonos la consecución de los objetivos que nos hemos propuesto alcanzar.

Si vamos descubriendo y somos conscientes de las dificultades y deficiencias que traemos, ese conocimiento nos posibilitará superar los conflictos que nuestros límites nos provocan, siendo conscientes de nuestra propia fragilidad. Y esas victorias y derrotas se convertirán en experiencias, indicándonos el sendero por donde se puede ir y por dónde no.

Sabemos que no existe la casualidad, que a lo largo de nuestra vida nos van poniendo delante aquello que necesitamos vivir, y es la Sabiduría Divina la que nos coloca en el lugar adecuado para enriquecernos de experiencias y desarrollar unos valores, unas aptitudes.

La autoconfianza, por tanto, nos ayuda a adaptarnos a cualquier situación que se nos pueda presentar. Hemos de recordar que nos encontramos en un punto evolutivo, en una existencia física que es consecuencia del pasado, con un programa a realizar en la actualidad. Hemos de ser conscientes de nuestras potencialidades y de que venimos con todas las posibilidades de éxito si ponemos el empeño en ello.

Seamos nosotros mismos personas dignas de confianza por la rectitud de nuestra vida, capaces de contagiar a otros de optimismo por el buen cumplimiento de nuestras obligaciones.

 

La confianza crece con el autoconocimiento por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

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