Amalia Domingo Soler

LLORAR POR DEJAR LA TIERRA

Querida Prudencia: hace algún tiempo supe que un ser ignorante te había vaticinado tu desaparición de la Tierra dentro de un breve plazo, y tú que al recibir tal noticia lloraste amargamente pensando que pronto ibas a dejar tu envoltura material.

Hay un refrán que dice: “Ojos que no ven, corazón que no llora” y es verdad, yo escuché el relato de la predicación que te hicieron y del llanto que ésta te costó, y me sonreí, porque hay cosas que de oídas, sólo causan risa. Después te vi, llorando acongojada recordando la profecía de tu muerte, y entonces no me reí, porque tu sufrimiento hirió mi alma, y te compadecí; últimamente te he visto llorar por el mismo motivo, y entonces mi Espíritu se enlazó al tuyo y he querido infiltrar en tu ser lo que en mi alma sentía; pero como soy tan poco entendida en la ley de los fluidos, ignoro si tendré influencia en ti, y apelo a la palabra escrita, para ver si puedo convencerte de que tu llanto es demasiado precioso para que lo viertas por una humanidad que tan poco merece.

¿Eres tan dichosa que no has tratado en este mundo más que con las almas buenas y por ello sientes dejar tan grata compañía? No lo creo, casi me atrevo a jurar que, a ti como a todos, te habrán perseguido los desengaños.

¿Es tan limitado tu pensamiento que, tras del hemisferio, no ves más que el vacío? Imposible; tú dices que eres espírita y debes creer en la pluralidad de mundos, y en la pluralidad de existencias del alma.

Creo que eres un ser inofensivo, que en tu vida presente no debes haber cometido ningún crimen, y por consiguiente, tu miedo es injustificado. Inteligencias superiores a la mía te han dicho repetidas veces que nadie sabe en este mundo la hora fija de cuando un ser va a dejar la Tierra, porque ni aún la ciencia, audaz exploradora del infinito, puede nunca afirmar cuando un hombre va a morir.

Los médicos más entendidos, y aún contando los últimos latidos de un moribundo, ¡Cuántas veces, y cuántas, han visto operarse en el enfermo un cambio rápido, y han dicho: he aquí un cambio de la naturaleza en la cual la ciencia no contaba! Por lo que si esto pasa cuando las dolencias nos abruman ¿Cuánto más error es asegurar la muerte de una persona que disfruta de una salud regular? Por esto no me detendré más hablándote de ese irrisorio y enojoso asunto, pero sí te diré: ven conmigo, hermana mía, ya que tanto te entristece dejar la Tierra, quiero que conozcas un poco a la humanidad.

No te llevaré a los campos de batalla donde por un palmo de terreno se matan los hombres como fieras, para satisfacer el capricho de dos monarcas que no saben como pasar el tiempo.

Dejaremos las cárceles donde los bandidos y los pilluelos estudian la carrera del hurto y del homicidio. No te conduciré a los hospitales donde los criminales de la miseria sucumben atormentados por la indiferencia social, por el solo delito de ser pobres.

No entraremos en los lupanares donde mujeres hermosas venden su cuerpo y envenenan su Espíritu; cuadro tristísimo que hizo exclamar a un poeta al ver a una cortesana: el lujo de esa pobre me inspira lástima, para vestir su cuerpo desnuda al alma. No contemplaremos los grandes garitos donde los padres de familia juegan a una carta el porvenir de sus hijos. No nos perderemos en las inmundas tabernas donde muchos obreros pierden el jornal de una semana; no te haré ver ninguno de esos parajes, donde la humanidad se presenta sin careta; te llevaré por el camino llano, te conduciré a las casas honradas donde parece que todo sigue el orden regular de la vida, donde no se mata nadie, donde la justicia no penetra, y sin embargo, en esa vida normal hay tanta infamia, se revelan tan bastardas intenciones e inclinaciones, tan sórdido egoísmo, que hay que llorar. Prudencia, hay que llorar; no por dejar la Tierra como lloras tú; hay que llorar de vergüenza, por pertenecer a esta raza miserable, donde para encontrar un átomo de sentimiento hay que derrumbar un mundo de codicia.

Mas ven conmigo: vamos a visitar algunos parajes. Entremos primero en una casa de humilde apariencia, donde habita una pobre familia que se gana con su trabajo el sustento del día, dedicándose a bordar para una gran tienda de ropa blanca. Julia y Luisa se puede decir que mantienen a su madre y a otra hermana pequeña con el producto de su labor.

Un día, cuando las dos jóvenes estaban bordando, con gran prisa vieron entrar a Celia, una amiga de la infancia, que les pidió hospitalidad para descansar de su fatiga, la pobre venía enferma del pecho, y Julia y Luisa, naturalmente dejaron su trabajo, rodearon de atenciones a su amiga, mucho más cuando vieron que aquélla estaba próxima a morir, y tan cercana estaba su muerte, que en la noche de aquel día Celia murió en los brazos de sus compañeras de colegio; pues bien, cuando las jóvenes acongojadas velaban el último sueño de su amiga; cuando espantadas por aquella catástrofe repentina no se daban cuenta de nada, entró el dependiente de la tienda para la que ellas trabajaban y les pidió los últimos pañuelos que ellas estaban bordando; las pobres muchachas le mostraron a la difunta diciéndole: mírela usted ¡Pobrecita! Vino ayer a vernos, anoche murió, no hemos dormido, estamos rendidas, y no hemos concluido el trabajo, mañana estará.

El dependiente se fue, y a poco volvió con orden de su dueño para recoger los pañuelos a medio hacer, quitándoles el trabajo a aquellas infelices por el grave delito de tener corazón; porque los pobres, para cierta clase de gente no pueden tener ni aún sensibilidad. ¿Quién dirá que el rico comerciante es un alma perversa? Nadie; quizá cumple religiosamente con todos sus compromisos sociales, pero eso no le impide quitar el pan a una pobre y honrada familia, porque olvidó un momento la esclavitud del hambre para sentir y llorar dominada por el sentimiento.

Fíjate bien en este cuadro; es triste y solemne. La joven muerta parece que aún sonríe a las amigas de su niñez; éstas la contemplan sin recordar que son pobres, pero de pronto ven que les arrebatan su trabajo, y quizás entonces dirían mirando el cadáver, ¡Dichosa tú, ya no tienes que luchar con las miserias de la vida!…

¿No te parece hermana mía, que no vale la pena llorar por dejar un planeta, donde los pobres no tienen ni aún el derecho de ser buenos?

Pero sigamos andando, entremos en otra habitación donde hay dos camas separadas la una de la otra. Una anciana duerme en una de ellas, en la otra se acuesta una joven. Una mujer de edad mediana se pasea por la habitación, da vueltas sin concierto, se sienta, se levanta, llora, suspira con el más profundo desconsuelo, es la verdadera imagen del dolor.

¡Madre! ¿Qué tienes? Le pregunta la joven.

¡Qué he de tener! Que la abuela creo se muere esta noche, y se acerca a su lecho y se queda mirando a la anciana con profunda ansiedad.

¡Qué se ha de morir! Contesta la joven cubriéndose con la colcha, tú ves visiones; vaya, buenas noches, que tengo mucho sueño, y Laura se durmió tranquilamente.

La madre le miró con íntimo sentimiento y se sentó al lado de la anciana, que iba terminando su vivir poco a poco.

Contempla con atención este cuadro, Prudencia, que por cierto es muy edificante. ¿No es verdad que hace daño ver junto a un moribundo otro ser que duerme profundamente, sin dársele un bledo de que en aquellos instantes deja la Tierra una persona que la llevó en sus brazos, que veló su sueño, que la acarició toda su vida, con esa suprema ternura con que los abuelos saben querer a sus nietos? Y en esa hora terrible, en esa

a solemne despedida, en esos momentos tan críticos y tan angustiosos en que el Espíritu se desprende de la materia, rompiendo todas las fibras del organismo, en esa crisis decisiva. ¿No es verdad que es inhumano entregarse al sueño, teniendo a su lado dos seres que sufren en aquellos instantes, el dolor más grande que se sufre en la Tierra? Pues, sin embargo, aquella joven durmió con el sueño tan tranquilo y tan profundo, que cuando algunas horas después su pobre madre la llamó diciendo con angustioso llanto: ¡Laura, Laura! La abuela se muere, ¿Oyes? Despierta por Dios, se muere, ¿Me entiendes? Se muere; ¡Despierta Laura, despierta, hija mía!

Laura abrió los ojos se dio la vuelta, y volvió a dormirse, dejando a la madre aterrada entre los dos cadáveres, pues para ella tan muerta estaba su hija como su madre. Si un ser no nos responde en los momentos de agonía ¿Para qué sirve aquella vida?

Ya ves, Prudencia, que buena es la humanidad, y esto en el fondo del hogar doméstico, en la vida íntima que pasa desapercibida; historia secreta que no deja huellas visibles, pero que, sin embargo el crimen existe, la desunión de la familia no tiene un castigo señalado por las leyes humanas, y no obstante la indiferencia es el gusano roedor que mina la base de la sociedad.

Sigamos nuestro viaje, entremos en otro aposento donde veréis dos hombres y una mujer; uno de ellos está echado en su lecho; el otro íntimo amigo suyo, lo mira con pena porque comprende que va a morir. La mujer, hermana del moribundo, también habla al enfermo y lo acaricia con la mayor ternura, y éste muere tranquilo en los brazos del amigo y de su hermana; pero al convencerse ella de que su hermano había muerto, corrió desalentada al fondo del salón y pareció postrarse en tierra.

El amigo vio esta acción, creyó muy natural dejar el cadáver y atender a la pobre joven que parecía vencida por el dolor; se acercó con profundo interés a ella y no la encontró sin sentido como él esperaba, sino que la vio afanosa extrayendo de un cofrecito las mejores alhajas que pertenecían al difunto.

Siempre es repugnable el robo; pero ante el cadáver de una persona querida es aún más repugnante, mucho más criminal.

Bien dijo un Espíritu cuando denominó a este planeta “nido de víboras”, porque si bien hay honrosas y aún santas excepciones, la generalidad no tiene sentimientos.

¿Qué me dices, hermana mía? ¿No es verdad que esta vida tiene detalles deliciosos? ¿No es verdad que debemos sentir dejar tan amable compañía?

Siempre debemos resignarnos con lo que hemos merecido, pero si alguna vez lloras, llora, no por dejar la Tierra, llora, sí, llora a mares por pertenecer aún a esta miserable humanidad. Lee en el libro de la familia, Prudencia, estudia esa historia que no se escribe, y verás escenas que te dejarán helada.

Hace muchos años que hablando con un título de Castilla, le dije: ¡Qué lástima que no tenga Ud. hijos! Él me miró sonriendo amargamente y dijo con frialdad: no me hace falta porque así me evito dejar en el mundo unos cuantos ingratos. Entonces yo no comprendía a la humanidad como ahora la comprendo, y la réplica del noble me hizo mucho daño; mas hoy, hermana mía, recuerdo aquel aristócrata y veo que desgraciadamente decía una gran verdad.

Por eso al verte llorar me has hecho sentir, pensar, y escribir unas cuantas líneas para decirte:

¡No llores nunca por dejar la Tierra! ¿Por acaso lloran los soldados cuando les dan la licencia absoluta? ¿Lloran los penados cuando cumplen sus condenas? Creo que muy al contrario, ríen y cantan alegremente. Pues entonces los espiritistas ¿Qué debemos hacer cuando creemos que legalmente vamos a dejar la Tierra? Debemos bendecir a Dios con toda la efusión de nuestra alma agradecida, y si lloramos, que no sea dominados por la pena, sino reconocidos por la gratitud.

¿Comprendes hermana mía? No llores con angustia cuando creas que vas a morir: la humanidad no merece tus lágrimas. Compadécela, ruega por ella, pero bendice la hora en que debes dejarla, porque es la prueba evidente de que terminó tu expiación.

LLORAR POR DEJAR LA TIERRA por: Amalia Domingo Soler

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