Amalia Domingo Soler

LOS MUNDOS HABITADOS

¿Están habitados todos los mundos que circulan en el espacio?. ¡Sí! Y el hombre de la Tierra está muy lejos de ser el primero en inteligencia, en bondad y en perfección como él presume. Sin embargo hay hombres que se creen bastante autorizados para aseverar que este pequeño globo es el único que tiene el privilegio exclusivo de ser habitado por seres racionales. ¡Qué orgullo y qué vanidad! Creen que Dios ha creado el Universo para ellos solos.

Dios ha poblado los mundos de seres vivientes, que concurren todos al objeto final de la providencia. Creer que los seres vivientes están limitados al punto del Universo que habitamos, sería poner en duda la sabiduría de Dios que nada ha hecho inútil. A estos mundos les ha debido designar un fin más serio que el de recrear nuestras vistas, por otra parte, nada, ni la posición ni el volumen, ni la constitución física de la Tierra, pueden hacer suponer razonablemente que tenga privilegio de estar habitada con exclusión de tantos millares de mundos semejantes.

¿Es una misma la constitución física de los diferentes globos?.
¡No!, Ni se asemejan en nada.

¿No siendo una misma para todos la constitución física de los mundos, se sigue que los seres que lo habitan tenga diferente organización?.

¡Sin duda alguna!, A la manera que en el vuestro los peces están hechos para vivir en el agua, y las aves en el aire.

¿Los mundos más alejados del Sol están privados de la luz y del calor, puesto que sólo se ven en apariencia de una estrella?.

¿Creéis por ventura que no hay otros manantiales de luz y de calor que el Sol, y contais acaso nula la electricidad que en ciertos globos produce unos efectos mucho más importantes que en la Tierra y que os son del todo desconocidos?. Además, nadie os ha dicho que todos los seres vean de la misma manera que vosotros, y con órganos confeccionados como los vuestros.

Las condiciones de existencia de los seres que habitan los diferentes mundos deben de ser apropiados al centro en que están llamados a vivir. Si nunca hubiésemos visto peces, no comprenderíamos que en el agua pudiesen vivir seres animados. Lo propio sucede en otros mundos que sin duda encierran elementos que nos son desconocidos. ¿Acaso no vemos en la Tierra las largas noches polares iluminadas por la electricidad de las auroras boreales? ¿Hay algún imposible que en ciertos mundos la electricidad sea más abundante que sobre la Tierra, y ejerza unas funciones generales cuyos efectos no podemos comprender? Estos mundos pueden tener en sí mismos los manantiales del calor y de la luz necesarios a sus habitantes.

¿Quién puede dudarlo? La vida germina y funciona en toda la Creación, la Tierra no es más que uno de sus planetas donde el alma pensadora no encuentra realizado el ideal de su sueño. Pesa sobre la Tierra una gran calamidad; hay una tendencia en nuestro tiempo marcada a colocarlo todo en esta vida.

He aquí una gran verdad, el materialismo niega el Más Allá, y las religiones no aceptan más que la Tierra como centro de acción de las humanidades: y los unos y los otros, le arrebatan al hombre lo más hermoso, la esperanza lógica, basada en la más profunda convicción de ilimitado porvenir. Afortunadamente una antigua escuela filosófica renace hoy a la vista del estudio, y preocupa a muchos sabios. Víctor Hugo y Allan Kardec son adeptos de ella: escuchemos al primero hablando de la certeza del porvenir.

Hay una desgracia en nuestro tiempo y casi estoy por decir que hay una tendencia marcada a colocarlo todo en esta vida. Al dar por fin el hombre la vida terrestre y material, se agravan todas las miserias por la negación, que es su término, se añade el abatimiento, el peso insoportable de la nada, y de lo que no era más que el sufrimiento, es decir, la ley de Dios; se hace la desesperación, es decir, la ley del infierno; de aquí proviene las profundas convulsiones sociales.

Ciertamente que soy de los que quieren con inexplicable ardor y por todos los medios posibles mejorar en esta vida la suerte material de los que sufren; pero la primera de las mejoras es darles la esperanza. ¡Oh! ¡Y como se aminoran nuestras miserias finitas cuando se mezclan a ellas una esperanza infinita!.

Nuestro deber, cualquiera que seamos nosotros, legisladores u obispos, sacerdotes o escritores, es esparcir y prodigar bajo las formas, toda la energía social para combatir y destruir la miseria. Y al mismo tiempo hacer levantar las cabezas hacia el Cielo, dirigir todas las almas, volver todas las esperanzas hacia una vida ulterior donde se hará justicia a todos. Digámoslo de una vez, nadie habrá inútil-mente sufrido. La muerte es una restitución.

La ley del mundo material es el equilibrio; la ley del mundo moral es la equidad. Dios se halla al final de todas las cosas; no lo olvidemos y enseñémoslo a todo el mundo: no habría ninguna dignidad en vivir, ni esto merecería la pena, si debiera morir todo en nosotros; y lo que santifica la labor y aligera el trabajo, lo que hace al hombre fuerte, bueno, sabio, paciente, benévolo, justo, humilde y grande, a la par digno de inteligencia, digno de la libertad, es tener delante de sí la perpetua visión de un mundo mejor, irradiando a través de las tinieblas de esta vida. Por lo que a mí toca, yo creo profundamente en ese mundo mejor; mundo mil veces más real a mis ojos que esta miserable quimera que devoramos y que llamamos vida; mundo que tengo sin cesar a mi vista, mundo en el cual creo con toda la fuerza de mi convicción, y que tras largas luchas, afanosos estudios y fuertes pruebas ha venido a ser la certidumbre suprema de mi razón y el supremo consuelo de mi alma.

Consuelo supremo es sin duda la certidumbre de la continuidad de la vida y el medio más seguro para el progreso del Espíritu, que como dice bien Allan Kardec en la conclusión de su filosofía:

El progreso de la humanidad tiene su principio en la aplicación de la ley de la justicia, de amor y caridad, y esta ley está fundada en la certeza del porvenir. Quitad esta certeza y quitaréis a aquella, su piedra fundamental. De semejante ley derivan todas las otras, porque ella contiene todas las condiciones de la felicidad del hombre. Sólo ella puede curar todas las plagas de la sociedad, y el hombre puede juzgar comparando las edades y los pueblos, ¡Cuanto mejora su condición a medida que esa ley se comprende y practica mejor!. Si una aplicación parcial e incompleta produce un bien real, ¡Qué no será cuando ella venga a ser la base de todas las instituciones sociales!

¿Pero es eso posible? Sí, puede pues juzgarse el porvenir por el presente. Ya estamos viendo extinguirse poco a poco las antipatías de pueblo a pueblo; los valladares que los separan caen ante la civilización; se dan la mano de un extremo a otro del mundo; mayor justicia preside a las leyes internacionales; las guerras son de menos en menos frecuentes, y no excluyen los sentimientos humanitarios; las distinciones de razas y de castas gradualmente van desapareciendo, y los hombres de distintas creencias se van confundiendo en la adoración de un solo Dios. Nos referimos a los pueblos que marchan a la cabeza de la civilización. Bajo todos estos aspectos estamos aún lejos de la perfección, y quedan todavía por derruir muchas ruinas antiguas, hasta que hayan desaparecido los últimos vestigios de la barbarie. Pero, esas ruinas ¿Podrán habérselas con la potencia irresistible del progreso, de esa fuerza viva que también es una ley de la naturaleza? Si la generación presente está más adelantada que la pasada, ¿Por qué la que nos sucederá no ha de estarlo más que la nuestra?.

Así será por la fuerza las cosas, ante todo, porque con las generaciones desaparecen diariamente algunos campeones de los antiguos abusos, constituyéndose así, y poco a poco la sociedad de nuevos elementos que se han librado de las antiguas preocupaciones. En segundo lugar, porque queriendo el progreso estudia los obstáculos y se consagra en destruirlos.

Desde el momento que es incontestable el movimiento progresivo, el progreso venidero no puede ser dudoso.

El hombre quiere ser feliz, lo que es natural, y sólo busca el progreso para aumentar la suma de la felicidad, sin la cual carecería aquel de objeto. ¿Dónde estaría el progreso para el hombre, si no hiciera mejorar su posición? Pero cuando posea la suma de goces que puede dar el progreso intelectual, se apercibirá de que no es completa su felicidad. Reconocerá que ésta es imposible sin la seguridad de las relaciones, semejante seguridad sólo puede encontrarla en el progreso moral. Luego por la fuerza de las cosas, él mismo dará esa dirección, y el Espiritismo le ofrecerá la más poderosa palanca para el logro de su objetivo.

Ciertamente, y falta hace que los pueblos progresen, porque ya encarnan en nuestro planeta espíritus amantes de la luz.

Las religiones con sus limitaciones y con sus pequeñísimos horizontes, tendrán que entrar en la vía del progreso, o les será forzoso descarriarla; porque indudablemente los cultos se van y la razón viene. La tradición quiere vencer al progreso, pero éste vencerá a la tradición, porque él es la suma total de los grandes ideales; y aunque encuentren a su paso obstáculos insuperables los vencerá con la potencia de su voluntad.

Los mundos habitados por: Amalia Domingo Soler

Nota: Artículo extraído de La luz del Porvenir. Editado por la luz del camino de Orihuela.
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