INTERIOR ILUMINADO

0
65
Interior iluminado

RETORNANDO A DIOS

Sin duda, una de las etapas de mayor desarrollo de la conciencia es cuando el alma alcanza la iluminación. Son pocos, muy pocos, los espíritus encarnados que alcanzan tal grado de esclarecimiento. No obstante, esto no quiere decir que sea imposible. Algunos ejemplos a lo largo de la historia lo ponen de manifiesto. Buda, Krishna, Antulio, Orfeo, Zoroastro, Moises, Sócrates, Pablo de Tarso, Teresa de Ávila, Francisco de Asís, Ramakrishna y otros, son algunos de aquellos que alcanzaron la máxima elevación espiritual a la que se puede aspirar teniendo un cuerpo físico en la Tierra.

Dejamos fuera de esta lista al más elevado de todos ellos, el espíritu angélico y perfecto de Jesús de Nazareth, cuyo parangón de iluminación no es compartido con nadie en la historia de la humanidad. El único personaje capaz de dividir la historia en dos. El mayor psicoterapeuta que vieron los tiempos. El paradigma del amor y la verdad divina de mayor expresión sobre la Tierra que nunca hubo.

Dicho esto, la ley de progreso y evolución permite a todos los hombres sin excepción alcanzar el estado de iluminación para su alma, incluso encarnado en una materia. Esto es lo que aconteció con el príncipe Sidharta (Buda), cuando después de vivir sus primeros años bajo una situación acomodada, renunció a su cómoda existencia para iluminarse a través de la comprensión del sufrimiento y la meditación.

Sin duda, poco podemos comprender ese estado superior del alma en el que nos conectamos con el pensamiento cósmico, el pensamiento divino. Es un estado de conciencia superior que permite al alma dirigirse bajo las premisas del amor y la verdad de las leyes superiores del espíritu a la que está permanentemente conectada. Muchos de los personajes que a lo largo de la historia alcanzaron ese estado superior lo definieron de forma muy clara. Pablo de Tarso hablaba de “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”. Teresa de Ávila lo expresó así: “Guíe su Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos”.

Es necesario matizar que la auto-iluminación no es el final de la etapa, sino el comienzo, el principio del recorrido consciente del alma por alcanzar su unión con Dios. Es el término “religare”, o si se quiere definirlo en otros términos,“la unión con la consciencia y el pensamiento cósmico”. Esto es lo que define la futura integración del alma humana ya purificada con la fuente de la que salió simple e ignorante y a la que retorna llena de luz, sabiduría, amor y plenitud. Pero es conveniente explicar los términos del reencuentro e integración con la “unidad divina”.

En primer lugar, el retorno se produce con plena consciencia y total individualidad, es decir, no hay dilución ni integración que suponga la desaparición de la conciencia individual, sino al contrario: el alma purificada y perfecta se integra plenamente en el pensamiento divino y conciencia cósmica para ampliar y consolidar su propia capacidad individual al convertirse en un colaborador, un constructor de la obra divina que, interpretando a la perfección las decisiones del Creador, las lleva a efecto colaborando en la grandeza del universo físico y espiritual. Trabajando para sus hermanos más atrasados, dirigiendo los procesos físicos y espirituales que dotan de infinitud, orden, perfección y armonía las leyes que construyen y dirigen el desarrollo de la evolución de las almas creadas por Dios y que se encuentran en el camino hacia su propia dicha y plenitud espiritual.

Por ello, la iluminación constituye el punto de inflexión a partir del que el alma nunca puede retroceder, es la línea de salida que nos permite contemplar la obra divina con un mayor esplendor y discernimiento. Hasta que no llega ese momento en la evolución de nuestra alma sólo somos capaces de vislumbrar la realidad de forma distorsionada o parcial, atendiendo únicamente a los aspectos coyunturales que nuestro estado nos impone, a saber:

“Si estamos encarnados, con todas las limitaciones que el cuerpo físico restringe la comprensión de la realidad espiritual al estar sumergidos en la cárcel de la materia que obstaculiza las impresiones y percepciones más sutiles de nuestra alma; y si estamos desencarnados y en los planos espirituales, nos encontramos igualmente limitados por nuestro grado de adelanto evolutivo, restringidos al lugar o nivel en el espacio en el que nos desenvolvemos sin poder ascender a otros planos de mayor luz y elevación que nuestro escaso adelanto moral nos impide”.

De esta forma, la auto-iluminación debe ser la meta que alcanzar para, a partir de ese momento, ascender en la escala de la perfección y la felicidad que nos aguarda y que comienza a desarrollarse mediante la conciencia plena de nuestra realidad inmortal al servicio de “la fuente suprema del amor”, que es Dios, y que vamos conociéndola mejor a medida que vamos conquistando etapa tras etapa los niveles y grados de adelanto que la iluminación nos va permitiendo.

Iluminar nuestro interior es caminar hacia Dios más rápidamente, conscientemente, sintiéndonos parte de su obra, colaborando con ella, estableciendo las más altas metas de las virtudes y valores superiores del espíritu que el Creador colocó de forma latente en nuestra consciencia.

Es por ello que no se puede llegar a Dios sin habernos auto-iluminado previamente. Sólo podemos ser conscientes de la magnitud de la obra divina cuando alcanzamos la iluminación, y por ello el Creador designó al hombre como la única especie que puede conocerle tan pronto abandona los estadios primitivos de “animalidad” y “racionalidad” para entrar en el “estado luminoso que le permite avanzar hacia la perfección”.

Conquistemos nuestra iluminación mediante el desarrollo de las virtudes, el abandono de las tendencias primitivas que nos atan y esclavizan al mundo de la materia, procurando mejorar día a día, superando nuestras malas inclinaciones con el ejercicio de la voluntad, alcanzando la iluminación mediante la introspección y el dominio de nuestro vehículo físico y mental y desarrollando en plenitud el “amor al prójimo como a nosotros mismos”, ya que este es, en palabras del mayor Psicoterapeuta del Alma que nunca ha existido (Jesús de Nazareth), el camino más rápido y más certero para alcanzar la iluminación de nuestra alma y la comprensión plena de nuestro destino inmortal.

Interior iluminado por: Benet De Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

2024, Amor, Paz y Caridad

Publicidad solidaria gratuita