INFELICIDAD Y FELICIDAD

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Infelicidad y felicidad

Infelicidad y felicidad

 

“P: ¿Existe una medida de la felicidad que sea común a todos los hombres?

R: En lo que concierne a la vida material es poseer lo necesario. Y para la vida moral, la medida es la conciencia limpia y la fe en el porvenir”.

Allán Kardec – L.E. – It. 922

Desde tiempos remotos los filósofos, teólogos y religiosos han hablado de la infelicidad y la dicha. Son muchas las explicaciones dadas al respecto que hoy día vienen ampliadas y complementadas por algunas disciplinas científicas, como la psicología positiva. 

Hay diferentes análisis derivados si te toma como base únicamente la infelicidad en la Tierra o, por el contrario, se analiza la cuestión también desde el punto de vista de la trascendencia del alma después de la muerte física.

A nivel filosófico, todas las escuelas de pensamiento han tenido su concepto sobre la felicidad, pero una de las más acertadas desde nuestro punto de vista fueron los estoicos, aquellos grandes filósofos de la antigüedad cuyos ejemplos más notables fueron el emperador romano Marco Aurelio, el esclavo Epícteto, el pensador Séneca, etc.

Para ellos la felicidad se basaba en dos principios esenciales, la virtud y la tranquilidad mental. Virtud entendida como la mejor expresión de uno mismo en sus capacidades personales y tranquilidad al respecto de la conciencia serena y  en paz que se adquiere cuando se actúa con prudencia, con mesura y sin excesos.

A su vez, ellos daban la clave para desterrar la infelicidad del ser humano desarrollando cuatro cualidades. La primera “la sabiduría”, consistente en el conocimiento de uno mismo, interiormente; la segunda “el coraje”, para actuar a pesar de la incertidumbre o el miedo, pues solo aquel que lo intenta vence; la tercera era «la justicia», porque el hombre no se concibe sin la relación social, y todo lo que hacemos de bien a los demás repercute en uno mismo; y por último «la valentía», consistente para estos filósofos en el autocontrol para vencerse a uno mismo en aquellas cosas que necesitamos y podemos cambiar y el desarrollo de la fuerza de la voluntad.

Ellos mencionaban que el placer no debe confundirse con felicidad y que el primero es efímero y posteriormente viene acompañado del dolor cuando se busca a toda costa, sin escrúpulos y por egoísmo personal.

“Sigue la vida mejor, no la más agradable, de modo que el placer no sea el guía, sino el compañero de la voluntad recta y buena, pues es la razón quien tiene que guiarnos. Tantas cosas en que te esfuerzas buscando el placer son causa de dolor»

Séneca – Filósofo Hispano-romano – S. I. D.C.

Algunos de estos planteamientos junto a la ética aristotélica han sido asumidos hoy día por el padre de la psicología positiva del doctor Martin Seligman, que enfoca la infelicidad en la falta de valores ético-morales y de virtud y la confusión entre felicidad y placer, que ya los filósofos antiguos dejaron en evidencia. Pero Seligman añade la importancia de la fe religiosa como poderoso elemento psicológico que aumenta la resiliencia en las personas a la hora de enfrentar la infelicidad, desengaños y desgracias que la vida nos presenta.

Allán Kardec, en la codificación espírita, abordó igualmente este importante aspecto de la vida humana, y en el ít. 920 del L.E. (*) preguntó a los espíritus:

“P: ¿Puede el hombre disfrutar en la Tierra de una felicidad completa?

R: No, puesto que la vida le ha sido otorgada con el carácter de prueba o expiación. Pero de él depende suavizar sus males y ser tan dichoso como es posible en ese mundo”.

Como comprobamos, nuestro planeta es un mundo habitado por seres humanos imperfectos, algunos de ellos muy primitivos todavía. apegados a sus instintos y pasiones de forma irracional, y en ese escenario es muy difícil gozar de una felicidad integral. Todos sufrimos moral o físicamente a lo largo de nuestra vida; la mayoría de las veces, aunque no lo reconozcamos, son nuestros propios defectos, pasiones o excesos realizados en la vida actual el origen de nuestra infelicidad.

Con frecuencia solemos transferir las culpas de nuestro infortunio a los demás, a Dios, a la mala suerte, al azar, etc., sin darnos cuenta de que esto no soluciona el problema, ya que la raíz se encuentra en nosotros mismos. Cuando nos apegamos a las posesiones materiales, a los deseos de poder, fama, posición social, etc., de forma obsesiva, nos esclavizamos a esas circunstancias que nos harán infelices, pues son cuestiones externas a nosotros que no podemos controlar.

“Solo hay un camino a la felicidad: desapégate de cosas que no dependen de tí”.

Epícteto – Filósofo y Esclavo – S- I. d.C.

Además de todo ello, las envidias o celos respecto a aquellos que parecen tenerlo todo y disfrutan felizmente es una falacia absoluta. Puesto que estas personas, si usan egoístamente la posición que ostentan, están sembrando y recogiendo la desdicha e infelicidad más grave que podamos imaginar. Es preciso tenerles lástima, pues muchas veces Dios permite que la persona ruin prospere social y económicamente para ofrecerle la oportunidad de ejercitar el altruismo y abandonar el egoísmo que le atenaza; si no lo hace, la expiación que deberá afrontar será muy dura. 

La prueba de la riqueza es una de las más difíciles de sobrellevar para el espíritu en la Tierra, al tener a su disposición tentaciones y posibilidades que retrasan el progreso del alma humana y la apegan a los vicios. 

“La fortuna es a veces una prueba más peligrosa que la miseria”

Allan Kardec  L.E., It. 925

La madurez psicológica para alcanzar la felicidad, y de la que nos hablan los terapeutas y psicólogos actuales, tiene mucho que ver con la aceptación de la responsabilidad sobre nuestros actos y el sentido del deber. En la sociedad actual esto es un bien escaso, pues todos los colectivos reclaman derechos pero muy pocos aceptan sus responsabilidades y deberes.

 Observamos igualmente que a nivel individual las personas tienen rechazo al compromiso por miedo al fracaso o a asumir sus responsabilidades. Esta actitud es perniciosa y alienante para el desarrollo de las fortalezas y virtudes del ser humano; pues como está ampliamente demostrado por la filosofía, la historia y la psicología actual, solo enfrentando las dificultades y aceptando las responsabilidades sobre nuestras acciones el ser madura, se fortalece ante la adversidad y se realiza integralmente.

Esta actitud incrementa la infelicidad del ser humano y lo instala en la cobardía, la apatía, la voluntad y la resiliencia más débil ante los obstáculos, y con ello llega la frustración, la baja autoestima y la depresión alimentada por pensamientos pesimistas y actitudes derrotistas.

Nada valioso se consigue sin esfuerzo, y la felicidad no puede ser la excepción. Sabemos que es imposible conseguirla de forma plena en un mundo imperfecto poblado de seres imperfectos y en proceso de crecimiento moral, pero es necesario adoptar las adecuadas actitudes  mentales, emocionales y espirituales para que nuestro comportamiento sea el fiel reflejo del esfuerzo por salir de la zona de infelicidad, abrazando moderadamente lo bueno que llega hasta nosotros, y aceptando la incertidumbre y las dificultades externas que no podemos cambiar.

Podemos ser moderadamente dichosos si somos capaces de entender que somos espíritus inmortales, con un propósito y sentido en la vida, dedicándonos al esfuerzo personal por ser mejores cada día, usando prudentemente los placeres y bienes materiales, sin apegarnos compulsivamente a ellos. Del mismo modo podemos dirigir nuestra trayectoria en la Tierra intentando cambiar aquello que está dentro de nosotros mismos y que podemos controlar, nuestra mente, nuestras emociones, nuestras acciones y comportamiento.

Solo el hecho de intentarlo nos permitirá experimentar la satisfacción del deber cumplido, nos ayudará a enfrentar nuestros miedos, minimizándolos; nos fortalecerá a la hora de dar la importancia a aquello que la tiene verdaderamente, descartando lo superfluo, lo fatuo y vano que solamente nos distrae y, no nos aporta nada. Desterraremos así la frustración y fortaleciendo nuestra voluntad, podremos resistir mejor el deseo y la tentación.

La felicidad es un estado interior que depende de la serenidad de conciencia, la conducta recta y digna mediante el cumplimiento del deber y la certeza de estar haciendo lo necesario, a pesar de que los resultados no sean los que hayamos previsto en su totalidad. La felicidad no es un fin en sí misma, se va conquistando personalmente recorriendo el camino para llegar a ella y enfrentando los obstáculos que nos hace más fuertes, alcanzando la paz interior. 

El último eslabón de la cadena para desterrar la infelicidad y alcanzar la plenitud se logra cuando, después de conocernos a nosotros mismos y esforzarnos por actuar honestamente en el bien, corrigiendo nuestros defectos morales, somos capaces de iluminarnos volcando nuestra lucidez en el servicio desinteresado y el amor al prójimo. Esta es la última etapa en la que la infelicidad nunca más agobia al ser humano siendo sustituida por el amor con mayúsculas, que alcanza no solo a uno mismo sino a toda la humanidad.

Es esta última etapa en la que sintonizamos con el pensamiento y la voluntad de la fuerza creadora del Universo, dejando de ser nosotros mismos en aquellos instantes de iluminación y entrega a la humanidad, para ser guiados por las excelsas directrices del Amor Divino, experimentando al mismo tiempo éxtasis de felicidad inigualables que algunos espíritus adelantados ya vivieron en la Tierra al convertirse en enviados y fieles transmisores de la verdad.

Infelicidad y felicidad por: Redacción

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“La Luz del más grande siempre se encargará de alumbrar tu camino; su gracia llenará los rincones de tu casa de felicidad, y tu Fe hará posible que ÉL esté en tu vida a cada paso que des, a cada instante, siempre.”

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