ÉTICA Y RELATIVISMO MORAL

0
137
Ética y relativismo moral

Ética y relativismo moral

 

P:¿Qué definición se puede dar de la moral?

R: Es la regla para conducirse bien distinguiendo entre el bien y el mal y se basa en la observancia de la Ley de Dios.

Allán Kardec – ítem 629 L.E.

El problema ético-moral del bien y el mal es algo debatido durante siglos por los filósofos, teólogos, religiosos y hombres de toda condición. Cuando los códigos morales están vinculados a una creencia o religión determinada, sus adeptos lo tienen más fácil; el bien y el mal son los principios que esa fe sustenta como verdaderos y, acogiéndose al cumplimiento de los mismos, el creyente está convencido de actuar correctamente.

El problema viene cuando las creencias están impregnadas de dogmatismo, fanatismo o exclusivismo, creyéndose en posesión única de la verdad, y con ello rechazando cualquier otro principio de superior moralidad o ética que pertenezca a otra línea de pensamiento o creencia. Es entonces cuando se pone de manifiesto que la verdad no la tiene nadie, es exclusiva de Dios, y como tal el hombre la va descubriendo a medida que va progresando y evolucionando en su camino de desarrollo moral.

Cuando la creencia se impregna de dogma, prejuicio, fe fanática o irracional, la mente se cierra y los principios que sustentan esa idea se vuelven cada vez más pequeños al anquilosarse en el tiempo y no tener capacidad del evolucionar por sí mismos, de acuerdo con la evolución ética y moral de la sociedad. Todo aquello que  se presenta inamovible se esclerosa, y poco a poco va muriendo o perdiendo capacidad de atracción. Con las creencias ocurre lo mismo. Gran parte del escepticismo y descreencia hacia las religiones ha venido porque estas no han sabido reconstruirse, renovarse y adaptarse a los tiempos actuales.

Por otro lado, el sentido del bien y del mal, entendido bajo un prisma ético-moral, tiene detractores entre los que se colocan en el otro extremo. Son aquellos que niegan la existencia por sí mismos del bien y del mal, y que simplemente lo reducen a construcciones culturales o sociales en función de las costumbres y tradiciones de los pueblos y sociedades. Aquí hay que hacer una salvedad; aquellos que así piensan confunden moral social con moral espiritual.

Los sociólogos confundieron inicialmente moral con costumbres, pero desde hace algunas décadas han reevaluado el concepto de moral bajo una regla general: “la común aspiración al bien”.

Tienen razón en el hecho de que aquello que es moralmente aceptado en una sociedad puede ser condenado en otra debido a las costumbres, pero esto se circunscribe a los principios culturales, religiosos o tradiciones de un pueblo o  grupo humano determinado. Sin embargo, en lo referente a la moral espiritual existen códigos ético-morales de un tenor tan elevado que trascienden las religiones y las teologías, siendo compartidos por la inmensa mayoría de los pueblos tradicionales de la Tierra. Esto es una característica de un principio de verdad universal.

Desde antiguo, Caldeos, Babilonios, Chinos, Hindús, Budistas, Judíos, Cristianos, Musulmanes, mantienen principios de moral equivalentes que son verdaderas joyas de lecciones ético-morales y que demuestran que la verdad es universal y todos tienen parte de la misma, sin llegar siquiera a abarcar más que un pálido reflejo de la verdad única. Como no podría ser de otra forma, un mundo todavía primario como el nuestro no puede alcanzar mayores concepciones y percepciones de la verdad única. Esta última no es otra cosa que la realidad primera y última, la causa primera y final, la inteligencia suprema del Universo; o lo que es lo mismo: Dios. 

Así pues, la comprensión de la Realidad y la Verdad Una es directamente proporcional a la evolución espiritual de las humanidades que pueblan los mundos en distintas partes del universo.

Otra concepción del bien y del mal que está muy de moda es aquella que niega que existan ambos conceptos, pues todo se enfoca desde el punto de vista del relativismo. Este concepto, contrario al objetivismo, está fuertemente impregnado en muchas ideologías, y llevado al extremo es tan perjudicial como aquel otro que no admite más que su única verdad, creyéndose en posesión única de la misma.

El relativista exagerado todo lo ve bajo un prisma de absoluta irresponsabilidad, pues parte de la idea de que todo es y acontece según el cristal con que se mira. Y si bien es cierto que no le falta parte de razón, hay algo que sobrepuja el concepto relativista, y no es otra cosa que la propia realidad, los hechos y evidencias que se presentan y que demuestran que, por encima de los conceptos y las ideas subjetivos, existen y se producen “actos de bien” y “actos de mal”; estos son realizados por personas, y con ello están dando lugar a entender que la libertad de elección por parte del individuo tiene una acción directa en la naturaleza de los actos que realiza, buenos o malos.

El relativista ignora que por encima de los criterios subjetivos de percepción de la realidad existe un orden universal que impregna el funcionamiento del universo físico y espiritual. Este orden, que nos permite comprender lo que somos y cómo nos desenvolvemos en estas cuatro dimensiones, está por encima de los criterios de decisión y elección subjetivos del ser humano. La Fuerza Creadora que ha instaurado este orden mediante unas leyes y a la que llamamos Dios, está muy por encima de nuestras débiles y escasas capacidades de transformación de la realidad.

La Ley Natural que comprende la totalidad de las leyes físicas, espirituales y morales que rigen el Cosmos, es la pauta universal, y la distinción entre el bien y el mal depende del criterio de si nos acercamos a ella (Bien) o nos alejamos de ella (Mal).

Así pues, debemos considerar que el bien y el mal existen por sí mismos. Siendo el primero aquellas consecuencias derivadas de actos que se ajustan a las leyes naturales o leyes de Dios, y el segundo las acciones que contravienen las leyes morales establecidas en todo el Universo. El ajuste a las directrices de esas leyes es el fiel de la balanza; cuando nos salimos de ellas llega el desequilibrio; y al igual que en las leyes físicas toda acción produce una reacción proporcional que intenta reajustar la desarmonía, en el aspecto humano los actos son realizados por la conciencia del individuo, y sobre ella recae el reajuste cuando no se actúa correctamente.

Mucho antes del famoso debate de Lutero con Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI acerca del libre albedrío de la criatura humana, el problema del bien y del mal ha estado presente en el pensamiento de filósofos, teólogos, religiosos, y últimamente de sociólogos y psicólogos, condicionando así la perspectiva de la conducta humana y la repercusión de los actos contrarios a los principios ético-morales de los que disponemos. 

Por afectarnos directamente, en nuestra parte occidental el código moral más elevado que nos ha sido legado es el Evangelio de Jesús, pero no con las interpretaciones y tergiversaciones que ha sufrido a lo largo de estos dos mil años por parte de las distintas religiones, sino en la esencia más pura de absoluta sencillez y estricta norma de conducta: “Ama a tu prójimo como a tí mismo y a Dios sobre todas las cosas” es la piedra angular de ese código moral. 

Pero en lo que respecta al bien y el mal, no es menos excepcional la respuesta que nos ofrece en cuanto a cuál debe ser nuestra norma de conducta: “No os resistáis al mal que os quieran hacer; si os hieren en una mejilla presentarles la otra”. No podemos tomar literalmente esta frase, como la mayoría de las máximas de Jesús, pues parecería que los que obran el mal no tendrían freno ni serían castigados.

Analicemos lo que quiere decir el Maestro con esta frase; a simple vista puede parecer una cobardía si no somos capaces de comprender que se necesita más valor para soportar un insulto que para vengarse. Con esas palabras Jesús no prohibió la defensa cuando somos agredidos, sino que condenó la venganza. En otras palabras, nunca debemos devolver mal por mal, sobrellevando con paciencia una injusticia antes que cometerla.

Si algo presenta como extraordinaria la figura de Jesús, al margen de interpretaciones exclusivistas o definiciones teológicas o religiosas, es su “excelsa autoridad moral”. Nadie como él ha dado testimonio de su vida siendo consecuente con sus palabras, y con ello marcó un hito en la historia, siendo respetado incluso por muchos que no son cristianos. 

El bien y el mal están presentes siempre en el código moral de Jesús como referente principal, como en aquella ocasión en que le interpelaron: “Maestro Bueno, tu puedes hacer esto” y Él respondió: “Bueno, solo es mi Padre que está en el Cielo”.

Terminamos recomendando que, en la mejora moral basada en la práctica del bien, encontraremos el camino de progreso hacia la felicidad humana que recomendó el Maestro de Galilea: “Sed perfectos como mi Padre es perfecto”.

Ética y relativismo moral por: Redacción

2020, Amor, Paz y Caridad

“El mal que me hacen no me daña, sólo el mal que yo hago me hace daño.
El bien que no hago me hace responsable del mal que de él se deriva.”

Publicidad solidaria gratuita