“La Conciencia es la luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal”
Confucio, Filósofo Chino
Analizar el concepto de conciencia que presenta la filosofía espírita de Allán Kardec nos obliga a enfocarlo desde varias acepciones, principalmente dos: una de carácter ético-moral y otra basada en la propia naturaleza humana.
En la pregunta 621 del Libro de los Espíritus, Kardec pregunta: ¿Dónde está escrita la Ley de Dios? Y los espíritus responden: En la conciencia. El análisis de la pregunta y la consiguiente respuesta nos ofrece no sólo una explicación sino varias, y muy importantes.
En primer lugar inferimos la inquietud de Kardec por saber dónde puede encontrar el hombre una guía moral que le ayude en su capacidad de discernimiento sobre el bien y el mal, algo que para el codificador era muy importante, ya que en esa capacidad de distinguir una cosa de la otra encontramos la observancia de la ley de Dios y las consecuencias inmediatas y futuras que de ello se derivan.
Este concepto y deseo de búsqueda de respuesta no es único de Kardec, antes que él, algunos sabios, filósofos y pensadores ya se manifestaron en términos similares.
Por ejemplo, el gran filósofo Immanuel Kant un siglo antes afirmaba: “Dos cosas me causan admiración y respeto, el cielo estrellado que hay sobre mí y la ley moral que rige en mi interior”. Un siglo antes de Kant, Descartes en su obra “Meditaciones” afirmó: “la idea de Dios se halla impresa en el hombre como la marca del obrero en su obra”.
Ambos, igual que Kardec posteriormente, están afirmando que la criatura humana, al ser creada por Dios, presenta la huella de este en el ser humano en lo más profundo y sagrado de su naturaleza: la conciencia humana. Dejando una evidencia y una guía importante como es el código moral-ético y espiritual por el que el ser humano debe regirse para ir alcanzando el propósito y el significado profundo de su destino: la perfección relativa y la felicidad que le acerquen de nuevo a su creador, pero ya en plenitud de cualidades, virtudes y capacidad creativa. Este es el sentido de la evolución del alma, un fatalismo al que nadie puede escapar por mucho que lo intente.
Como hijos y herederos de Dios siempre estamos amparados y guiados por las condiciones, capacidades y recursos que nuestra conciencia guarda de forma latente en nuestro interior pendientes de desarrollar, como la semilla del árbol frondoso en el cual se convertirá algún día.
Y esta y no otra es la segunda acepción que tiene para el Espiritismo la palabra conciencia: un aspecto de la naturaleza humana que se puede identificar como la fuerza más poderosa del espíritu. La conciencia y la mente humana son recursos e instrumentos que el alma humana va desarrollando a lo largo de su camino evolutivo.
No es lo mismo el nivel de conciencia del salvaje que el del sabio, pues aunque ambos poseen la misma conciencia en origen, la diferencia entre uno y otro son las experiencias vividas y aprendidas o el tiempo en el que cada uno ha sido creado, lo que condiciona su capacidad de aprendizaje al haber vivido más o menos tiempo.
En la sociedad actual lo vemos con notoria frecuencia, la capacidad de discernimiento del bien y el mal caracteriza las actitudes y comportamientos de un psicópata o de una persona moralmente elevada, sensible y entregada a su prójimo.
El primero carece de empatía y es incapaz, aunque quiera, de sentir o experimentar el dolor ajeno y solidarizarse con ello. El segundo capta perfectamente las necesidades del prójimo y su capacidad de colocarse en el lugar del otro, consolarle, ayudarle y vivir junto al afligido su problema le empatiza de tal forma que es capaz de aliviar al sufriente practicando la caridad más elevada.
Tanto el psicópata como el sabio llevan en el interior de su conciencia las leyes superiores del desarrollo y elevación del alma, cada uno en un grado de adelanto y desarrollo.
Por ello, la filosofía espiritista de Kardec, también llamada “espiritualismo moderno” como la definía León Denis, ofrece al ser humano la guía segura y la orientación adecuada de la ley moral que no es otra cosa que la aspiración superior al bien, pues este último es aquello que está de acuerdo con la Ley de Dios (impresa en nuestra conciencia). De aquí concluímos que hacer el bien es con formarse con la ley de Dios, mientras que hacer el mal es infringir dicha ley (it. 630, L.E.)
“Nadie escapa a su conciencia”
Qué mayor inteligencia suprema y sabiduría que la del creador, al colocar en su propia creación (la naturaleza humana) la guía que le lleve de nuevo hacia Él, regulando su proceso evolutivo y dejando el libre albedrío al propio hombre para que pueda crecer tomando las decisiones que considere oportunas, pero responsabilizándose ante este código sublime de su propia conciencia de las consecuencias derivadas de sus actos.
Por eso, el hombre es “dueño de su propio destino”, eligiendo cuando y cómo llega a sublimarse en la dicha y la perfección en base a las decisiones que adopta y que se complementan o violan la ley sublime que anida en su interior.
El espiritualismo moderno presenta así su doble acepción de la conciencia: como un aspecto moral que regula mediante la ley moral conforme al bien que se encuentra en el interior del alma, y por otro lado nos confirma que la conciencia, en sus distintos tipos, grados y estados tiene mucho que ver con el adelanto del espíritu inmortal.
El final de este proceso evolutivo es el crecimiento espiritual hasta grados insospechados cercanos a la divinidad, cuando ya no precisemos de cuerpos físicos para adquirir las experiencias de la carne porque habrían sido superadas.
Paralelamente a este proceso, el desarrollo de la elevación de nuestra conciencia conlleva una mayor comprensión y capacidad de “conocer la obra divina” y con ello “conocer mejor a Dios”. También esto fue afirmado por los espíritus a Kardec cuando en el ítem 610 del Libro de los Espíritus comentaron lo siguiente:
P: Los espíritus han afirmado que el hombre es un ser aparte en el orden de la Creación. ¿Se han engañado? … R: El hombre es, en efecto, un ser aparte, pues tiene facultades que le distinguen de los demás seres y tiene otro destino. La especie humana es la que Dios ha escogido para la encarnación de los seres que pueden conocerle.
Espiritismo y conciencia por: Antonio Lledo Flor
2025 Amor, Paz y Caridad
“La Ley Natural rige a la humanidad entera, y el hombre mejora conforme comprende y practica esta Ley”
A. K. L.E, ít. 776






