Aspectos Mediúmnicos

ENDIOSAMIENTO Y MEDIUMNIDAD

A la hora del estudio y práctica de la mediumnidad es necesario mantener siempre vivo el  autoanálisis y una vigilancia estrecha de nuestros pensamientos y sentimientos para no desviarse del camino, de los objetivos que nos demanda dicha práctica; de lo contrario es muy fácil caer por derroteros que no nos benefician, aún incluso pueden llegar a perjudicar el normal desenvolvimiento de una facultad.

Cuando se produjo el conocido momento en donde el espíritu de Emmanuel manifestó el compromiso que traía con Francisco Cándido Xavier y las tres condiciones esenciales para el éxito del trabajo espiritual en común; es decir, disciplina, disciplina y disciplina; no se refería exclusivamente a este concepto desde el punto de vista práctico, de trabajo metódico, regular; si no a la disciplina moral por controlar y someter sus malas tendencias morales en beneficio de la obra que apenas acababa de iniciar.

En efecto, es muy importante no perder nunca el norte; poseer unos principios, unas bases de conducta para no desviarse nunca de ellas.

El trabajo diario, los acontecimientos, las experiencias y circunstancias en el camino nos van marcando, y depende de nuestra actitud, de nuestras reacciones ante esas circunstancias, el que podamos avanzar con paso firme, y con el consiguiente éxito o fracaso en nuestros objetivos.

La mediumnidad es básicamente un trabajo en equipo. La parte visible, el médium propiamente dicho, junto con el resto de componentes, han de formar un conjunto armónico, en sintonía con los espíritus nobles. Tarea nada fácil pues exige compromiso firme y voluntad decidida de cambio moral, para ajustarse a la frecuencia vibratoria de los hermanos espirituales superiores.

De las experiencias se han de sacar buenas conclusiones así como de los errores que podamos cometer, estando siempre abiertos al análisis continuo y al discernimiento. A modificar rumbos, en caso necesario, cuando no nos son útiles o equivocados. Para ello es necesaria una cierta humildad, ser conscientes de nuestras enormes limitaciones y de lo mucho que nos queda por corregir y aprender. De lo contrario, no sólo podemos caer en el fanatismo del que ya hablamos el mes anterior sino también en el endiosamiento, que es la creencia en la infalibilidad, en creer que son siempre los espíritus superiores los que comunican a través de nosotros; olvidando la posible intervención de los espíritus mixtificadores y la inevitable cuota de animismo que puede aparecer en mayor o menor grado.

Éxitos pasados no garantizan éxitos futuros. La mediumnidad es inseparable de la condición humana, de las diferentes etapas del ser. Estamos sometidos como cualquier persona, a los altibajos propios de la vida, y esto afecta al intercambio entre los dos planos.

La falta de vigilancia y de control moral puede propiciar la incursión de espíritus que se entrecruzan en el camino para desestabilizar. Como buenos estrategas, primero estudian a sus posibles víctimas, observando concienzudamente sus debilidades, sus taras morales, para obrar en consecuencia. La ley de afinidad, por la cual el semejante atrae al semejante es un factor determinante, puesto que esa parte negativa busca la manera de inclinar la balanza a su favor, sugiriendo e incentivando pensamientos que ensalcen al médium, haciéndole creer que es casi infalible, que su valía, conocimientos y experiencia le van a llevar siempre por un camino seguro, olvidando o incluso rechazando la necesaria colaboración de sus compañeros que, por lo general, no suelen estar tan influenciados, siendo más objetivos a la hora de valorar un trabajo, unos resultados.

Por tanto, el amor propio, el orgullo y la vanidad, son como antenas que facilitan la aproximación, por esa misma ley de afinidad, de entidades desequilibradas, que buscan el fracaso del médium y de las personas que componen el grupo de trabajo.

El endiosamiento por lo tanto, está muy vinculado al orgullo. ¡Cuántos médiums se creen casi infalibles! En permanente conexión con el mundo espiritual, con una serie de espíritus que están a su servicio para rebelarles cualquier curiosidad o información que precise el sensitivo. Consideran la mediumnidad como un don, algo que les hace especiales, por encima de los demás.

Los “avisos” o mensajes que recibe moralizantes, tratando con dulzura y mucho tacto corregir las malas tendencias, considera el médium endiosado que es para los otros y no para sí mismo. Con lo cual, aquello de lo que se podría haber tomado nota para ir corrigiendo, se interpreta como un bello comunicado de solidaridad y amor universal, pronto para olvidar.

Del mismo modo, cuando los excesos del ego hacen acto de presencia y los análisis constructivos del trabajo mediúmnico se ponen sobre la mesa, muchos mediums se retraen, se consideran incomprendidos, juzgados, optando por el rechazo y el aislamiento. A partir de ese momento el bajo astral ha conseguido su objetivo que es distanciar al médium invigilante, desprevenido, orgulloso de su trayectoria. Esta circunstancia puede llegar a propiciar que bellas mediumnidades en desarrollo o en etapas de aprendizaje desistan ante la falta de humildad y de un sentido autocrítico que les haga ver la realidad para corregirse.

Por otro lado, la falta de autocontrol, de la suficiente paciencia y regularidad en los trabajos hacen que muchos ansiosos desistan por el motivo de no conseguir en los plazos que se habían marcado los resultados, que, probablemente otros sí hayan conseguido con aparente menos esfuerzo; olvidando que cada médium es un mundo, que su desarrollo y cualidades dependen de muchos factores que no estamos en condiciones de juzgar. No hay que olvidar nunca que Dios no es arbitrario, y que: “A cada cual según sus obras”; del presente y las sembradas en el pasado.

Por otra parte, animar en exceso, alentar, y el estar muy pendientes del éxito del médium incipiente también puede tener consecuencias negativas, puede llegar a creer que es imprescindible y que su trabajo es el más importante. ¡Lamentable error! De ese modo, el elogio si no se considera como un estímulo para mejorar, puede llegar a ser mucho más peligroso que la crítica.

Una persona muy sabia decía que “al médium se le prueba en todo”. Nadie está, por tanto, libre de equivocaciones, de errores, todos estamos sometidos a unas mismas leyes, a unos mismos principios a los que nos debemos de someter inexorablemente. No existen privilegios para nadie, lo que cada médium logra es una conquista adquirida, sin embargo, el aprendizaje no cesa nunca.

No existe médium perfecto por la sencilla razón de que no existen personas perfectas. Hasta el mismo maestro Jesús, con toda su grandeza, siendo el espíritu más grande que jamás a encarnado en la tierra, también se vio expuesto al examen de rigor, a lo que se denominaban “tentaciones” según algunas religiones, para darle la posibilidad de reafirmar con su respuesta enérgica,  su compromiso y fidelidad a una misión.

La mediumnidad de prueba e incluso impuesta es una bella dádiva divina, que actúa como poderoso auxiliar en la evolución del espíritu muy endeudado. Por lo general, espíritus muy viejos cuyas imperfecciones han salpicado, perjudicado e influenciado negativamente a muchos espíritus en el pasado. Es por ello, que el rescate debe de ser arduo y laborioso para conseguir, con el auxilio de los espíritus superiores, enmendar errores, colaborando en la obra divina, a la que hemos estado convocados muchas veces pero con bastante desacierto o dándole la espalda.

Como explica muy bien el propio espíritu de Emmanuel: “Casi siempre, los médiums son Espíritus que caen de las cimas sociales, por los abusos de poder, de autoridad, de fortuna y de inteligencia, y que regresan al planeta terráqueo para sacrificarse en favor del gran número de almas que desviaron de las sendas luminosas de la fe, de la caridad y de la virtud.”

Por lo tanto, el endiosamiento y la vanidad nunca pueden tener cabida, porque no se corresponde con la realidad espiritual del ser. Como reza un viejo adagio: “Cuanto más elevado es un espíritu, más humilde se torna, ante la grandeza que descubre ante sí y la comprensión de su insignificancia.”

 

José Manuel Meseguer

©2017, Amor, Paz y Caridad

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