Valores humanos

EL RESPETO 

 
  Uno de los factores más importantes a tener en cuen­ta sobre los valores huma­nos referentes a la relación social y de convivencia fa­miliar, de amistad, etc., es sin lugar a dudas el respeto. El respeto es la considera­ción y el trato educado y correcto que
como perso­nas nos debemos dar mu­tuamente. Es también la aceptación de cada persona tal cual es, sin marginarla por sus diferencias de clase, raza, religión, ideología… por tanto se debe tener res­peto hacia todos los aspec­tos que distinguen y definen a cada persona en particu­lar, partiendo de la base de que todos somos libres para pensar, creer y actuar del modo que consideremos más adecuado y que se iden­tifique con nuestros ideales.
 
  Cuando se nos trata con la debida atención, con ama­bilidad, cuando respetan nuestras costumbres, escu­chan nuestros criterios y opi­niones y los tienen en cuen­ta, sentimos que nuestra personalidad crece, nos sen­timos fuertes, apreciados y queridos, estamos en defi­nitiva a gusto con nosotros mismos y con los demás. 
 
  Cuando por el contrario se nos censura o critica, se nos quieren imponer otros criterios a la fuerza, no se nos deja expresarnos ni mo­vernos con libertad, sólo porque los demás no están de acuerdo con nosotros, una fuerza rebelde nos cre­ce por dentro difícil de con­trolar en ocasiones, porque se nos está negando nuestra razón de ser que se mani­fiesta en nuestros pensa­mientos y en el comporta­miento, y nos sentimos hu­millados, rechazados, discri­minados, muchas veces sin tan siquiera haber sido es­cuchados y por tanto sin analizar nuestra forma de ser, sentir y pensar. 
 
  Todos deseamos que se nos respete y que se nos valore, siendo por esta mis­ma razón que hemos de aprender a respetar a nues­tros semejantes, de empe­zar primero a respetar y a tener consideración si que­remos de verdad que se nos respete. Los valores huma­nos están por encima de creencias, modas y costum­bres, son precisamente la base que puede sostener la disparidad de conductas y formas de entender la vida. Valores como el respeto, la comprensión y la libertad, tenemos que asimilarlos y arraigarlos en nuestro inte­rior, si de verdad deseamos vivir en paz, con armonía y llevarnos bien con todo el conglomerado social que nos rodea. 
 
  Es muy fácil criticar y cen­surar, hablar mal de los de­más, ver tan sólo sus erro­res, nada más que porque no piensan como nosotros. Este es un defecto que arras­tramos desde hace milenios y aún hoy con todo lo que se ha avanzado; en especial en la sociedad de las naciones que conviven en democra­cia, se puede observar como estas conductas de respeto y de consideración no están bien asimiladas por la socie­dad en general y que no se suele ver bien a todo aquél que no piense como la ma­yoría, aunque la mayoría esté equivocada y lo sepa. 
 
  Lo grande está en llevar­se bien con todos, pero con el ejemplo por delante, con la moralidad por delante, no importan las ideas de cada cual, la religión a que se pertenezca, si en el fon­do se tiene como principio la tolerancia, el respeto, la caridad, la espiritualidad en una palabra que unifica a los hombres, haciéndolos a todos iguales ante los ojos de Dios, sin crear distincio­nes, sin que haya mejores ni peores, sino sólo seres hu­manos camino de su pro­greso, unos más avanzados y otros menos, pero todos unidos por el afán de hacer­se iguales, de quererse, de ayudarse, sin establecer más diferencias que la autoridad que se alcanza por medio de la sabiduría, del amor y de la paz que los más adelanta­dos nos transmiten a los más rezagados. 
 
  Hay dos cuestiones que son muy importantes y que no debemos olvidar, la pri­mera el respeto hacia uno mismo, sin el cual difícil­mente podremos respetar a los demás, al menos con sinceridad. El respeto hacia uno mismo nos lleva a ser limpios de corazón, a ser nobles y honrados, a la ob­servancia de nuestras reglas de conducta íntima y de prin­cipios espirituales. Esto es una gran ayuda pues nos mantiene la voluntad en ac­ción y nos impide olvidar­nos de nuestros principios, haciendo de los mismos un hábito sano que nos permi­te actuar con naturalidad en todo momento. 
 
  Y la segunda es el respe­to hacia las decisiones aje­nas. En efecto, conforme vamos profundizando se va ampliando la gama de con­sideraciones hacia donde nos lleva el respeto. La im­posición y el querer pensar por los demás es una cons­tante en la tónica de la hu­manidad, y eso conlleva una falta de respeto muy grande hacia los demás, y una gran responsabilidad por añadi­dura, ya que no damos op­ción a los demás a elegir su propio camino, a equivo­carse por ellos mismos, lo cual es un gran impedimen­to para su progreso. La per­sona para su desarrollo ne­cesita aprender a tomar de­cisiones, a pensar por sí misma y, si es preciso, a que  se equivoque por sí misma, la actitud que le lleva a actuar y pensar de forma autónoma le lleva igualmente a hacerse responsable de sus actos y a corregirlos cuando yerra. 

 

  Los errores, cuando se descubren, suponen un gran revulsivo para los espíritus inquietos y con deseos de progresar y les ponen en guardia para que la próxima vez no les ocurra lo mismo. Sin embargo, si no se nos enseña y se nos deja elegir nuestro camino y se nos va limitando en ese sentido, tampoco aprendemos a aceptar las equivocaciones como nuestras, porque en realidad se nos privó de la elección, se nos dio el error hecho, y en ese caso la responsabilidad es compartida; el uno por no dejar elegir al otro, por querer vivir la vida que no le toca, que es la ajena, y el otro por no hacer uso de su razón y aprender a tomar decisiones. 

 

  El respeto hacia las personas, las instituciones, las ideologías, hacia la naturaleza y la vida en general es un signo alto de espiritualidad, que distingue y eleva a aquél que lo practica. 
 
  Sabido es que la evolución no se da a saltos, que es por contra lenta, aunque eso sí es preferible y en eso. hemos de estar, no estancarnos, procurar progresar sin cesar, es por ello que es contraproducente y además inútil forzar a los demás, querer imponen nuestras ideas por la fuerza, o acallar las de los demás por abuso de poder, hay que dejar que todos se desenvuelvan en aquello que crean conveniente. Hay que enseñar al que no sabe, si ese es su deseo, y después dejarle con su libre albedrío que razone y que se desenvuelva para que vaya sacando conclusiones de qué es lo que más le conviene. 

 

L.R.K.

Hay hombres que se hacen indignos al piso­tear a los demás.

Bernabé Tierno.
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