EL PROBLEMA DEL BIEN Y DEL MAL

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El problema del bien y del mal

“¿Cómo podemos distinguir el bien del mal?: El bien es todo lo que está de acuerdo con la Ley de Dios, y el mal, todo lo que de ella se aparta.”

Ítem 630v- L.E. A. Kardec

Es, sin duda, el fiel de la balanza del contenido moral en el ser humano. Tan importante es entender esta cuestión que, a lo largo de los siglos, la falta de comprensión de la misma ha condicionado las vidas de los hombres.

Muchos se han convertido al ateísmo o al agnosticismo por no entender la existencia del mal en la Tierra, en franca contradicción con un Dios que es todo bondad y que no debería permitirlo. Este razonamiento, y la falta de explicaciones coherentes por parte de las religiones en las que se insiste en penas eternas (infiernos) para los malvados que son impropias de un ser amoroso, les ha supuesto a muchos negar la evidencia de una Causa Inteligente, un Dios soberanamente justo y bueno, como origen de todo lo que existe.

Hay otros que niegan que exista el mal, argumentando algunas justificaciones que no tienen mucha razón de ser respecto a la evolución espiritual del hombre. Lo centran todo en el desarrollo de la conciencia y niegan la naturaleza del bien y del mal, argumentando que todo lo que existe es conciencia y que el universo se rige por una conciencia superior de la que todos partimos y a la que hemos de llegar de forma expandida.

Un tercer grupo, aunque admiten su existencia, afirman que el mal no tiene nada que ver con ellos, y la responsabilidad de todo lo malo que acontece debe atribuirse al prójimo, a las circunstancias de la vida o, en el caso de que existe Dios, a ese ser superior que lo permite. Los que así piensan se creen con todo derecho a enjuiciar las acciones de los demás reclamando para sí mismos todos los derechos y ninguna obligación ni responsabilidad, esto es un evidente signo de inmadurez psicológica-espiritual.

También hay algunos que comprenden que el mal en sí mismo es la ausencia del bien, pero no solo esto, sino que colocan la responsabilidad moral de la acción humana en el libre albedrío del ser. Esta es la clave que lo explica con mayor claridad. Somos libres para actuar, y el mal y el bien que se desprenden de nuestras acciones, pensamientos o sentimientos, no corresponde a Dios ni al prójimo, es únicamente patrimonio nuestro.

El argumento del libre albedrío es el de mayor calado que encontramos, pues al ser creados sencillos e ignorantes, espiritualmente hablando, pero con la capacidad de decidir y de elegir, a veces nos equivocamos y erramos. Cuando esto acontece en las primeras etapas de evolución humana, donde los sentimientos y valores superiores del espíritu no están desarrollados, solemos hacernos daño a nosotros mismos y a nuestros semejantes, y así aparece el mal en nuestras vidas y a la recíproca en la de los demás.

“¿El bien y el mal son absolutos? La Ley de Dios es igual para todos, pero el mal depende de la voluntad de hacerlo que se tenga. El bien es siempre bien, y el mal sigue siendo mal. La diferencia se encuentra en el grado de responsabilidad”.

Ítem 636 – L.E. A. Kardec

Para ello, las leyes espirituales que rigen el proceso de evolución moral y espiritual del individuo son, eminentemente, leyes educativas y no punitivas. Por consiguiente, la ley de causa y efecto nos devuelve en la misma medida y proporción el mal que hacemos a otros. En esta misma o en próximas vidas. Así vamos experimentando en nosotros mismos los efectos de nuestras realizaciones equivocadas. Cuando entendemos que la vida nos devuelve todo aquello que hacemos, procuramos intentar escoger el camino con los menores errores posibles, evitando el mal y abrazando el bien, pues tenemos la certeza de que aquello que sembramos es lo que recogeremos de forma inmediata o el día de mañana.

El bien y el mal existen por sí mismos, y cuando la responsabilidad es atribuida a nuestra capacidad de actuar y decidir, estamos construyendo el edificio de nuestra arquitectura moral (espiritualmente hablando). La moral espiritual es aquella que marca la Ley Natural instaurada por Dios para el progreso del espíritu, creado a imagen y semejanza del creador en cuanto a atributos latentes. Por ello podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el mal tiene un recorrido limitado en la evolución moral del alma humana. El punto de inflexión se produce cuando ascendemos en la escala evolutiva, cuando nuestro espíritu se depura, se purifica, se encuentra con el amor, con la verdad, y abraza el bien para siempre.

Renaciendo en mundos más avanzados a raíz del propio esfuerzo, el mal abandona nuestro entorno, evitando ya desde ese momento retornar a vidas de dolor o sufrimiento, pues en esos estadios evolutivos más avanzados ya no hay nada que rescatar en cuanto a deudas; solo existe la entrega, el amor desinteresado, el bien común, el amor a la verdad y la ayuda abnegada por nuestros semejantes, además de la inmensa felicidad interior que todo esto conlleva.

Pero para llegar a esos mundos y a esos estados superiores de evolución solo podemos hacerlo mediante el reconocimiento, primero, del mal en nosotros; aquellas actitudes, pensamientos y sentimientos que nos dañan y dañan a los demás, y que son rémoras de nuestro pasado equivocado instaladas en nuestro inconsciente más profundo. 

Un auto-análisis sosegado y un examen de conciencia adecuado, diariamente, nos ayuda a aprender a conocernos a nosotros mismos. Este es el primer paso. El segundo es tomar las medidas para aprender a vivir mediante una introspección que nos ayude a ampliar nuestro discernimiento acerca de lo importante de la vida y lo superfluo o accesorio, identificándonos con nosotros mismos. 

Se trata de dejar la buena vida para optar por la vida buena, aquella que realmente nos interesa para conquistar la paz y la felicidad interior que nos ayuda a entrar en una tercera etapa, la de aprender a ser, tomando conciencia de que lo realmente prioritario no es “tener, sino ser”. Cuando comprendemos que ansiar tener poder, dinero, fama, honores, etc., significa en sí mismo una esclavitud para el alma y que, lejos de superar los conflictos los aumenta, es entonces que valoramos intentar la conquista de “ser”. En primer lugar para aceptarnos tal como somos, y de esta forma despertar a nuestra auténtica realidad distinguiendo lo que deseamos de lo que realmente somos.

Esto da paso a una cuarta etapa, la de aprender a amar. Sin duda, al llegar aquí, el problema del bien y del mal se diluye casi de forma definitiva, pues amándonos a nosotros mismos elevamos nuestra autoestima, y este auto-amor nos libera del mal, de los conflictos interiores llevándonos a la madurez psicológica primero y a la espiritual después. Este aprendizaje nos prepara para amar a nuestros semejantes, algo que no podemos conquistar sin amarnos primero a nosotros mismos.

Así pues, el problema del bien y de mal es directamente proporcional a la madurez y evolución moral del ser inmortal. También en este campo la acción ético-moral responsable y acorde con las Leyes de Dios nos libera alejando el mal de nosotros para poder abrazar de forma definitiva el bien que nos traerá paz interior, bienestar físico y psicológico, una conciencia recta y un rumbo cierto hacia la felicidad.

El problema del bien y del mal por: Antonio Lledó Flor

2019, Amor, Paz y Caridad

“¿Basta con no hacer el mal para ser grato a Dios? No. Hay que realizar el bien, porque cada cual responderá de todo el mal que haya hecho a causa del bien que él no realizó”.

 Ítem 642 – L.E. A. Kardec

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