Recordando el pasado

EL ESPIRITISMO EXAMINADO A LA LUZ DE LA CIENCIA MODERNA

  Volvemos a reponer esta sección, para publicar algunos capítulos del libro de  William Crookes “Nuevos experimentos sobre la fuerza psíquica”, rindiendo así un pequeño homenaje a este eminente científico, trabajador incansable en pos de la Verdad. 
REDACCIÓN
 
  A continuación una breve biografia del William Crokes extraída de Wikipedia.
 
 
 
Sir William Crookes (17 de junio de 1832– 4 de abril de 1919) fue un químico inglés, uno de los científicos más importantes en Europa del Siglo XIX, tanto en el campo de la física como en el de la química. Estudió en el Colegio Real de Química de Londres. Fundó la revista de divulgación Chemical News, y fue editor del Quarterly Journal for Science. En 1863 entró a la Royal Society recibiendo la prestigiosa medalla para 1875. En 1888 recibe la Medalla Davy, fue nombrado caballero en 1897, la Medalla Copley en 1904 y en 1910 fue nombrado “Sir” recibiendo la Orden del Mérito. Crookes también fue uno de los más importantes y destacados investigadores, y luego defensor, de lo que hoy día se conoce como Espiritismo Científico.
Investigación científica
William Crookes descubrió el elemento metálico talio y desarrolló un proceso de amalgación para separar la plata y el oro de sus minerales. En química aplicada trató diversos temas: tratamiento de las aguas de las cloacas, la fabricación del azúcar de remolacha, el tinte de tejidos, entre otros. Sin embargo, su trabajo más importante fue la investigación sobre la conducción de la electricidad en los gases. Inventó el tubo de Crookes, para el estudio de las propiedades de los rayos catódicos; y también inventó el radiómetro, y el espintariscopio, un detector de partícula. Entre sus trabajos más importantes está el haber sido el primero en identificar el Plasma (estado de la materia)
Radiómetro de Crookes

Sobre el Radiómetro de Crookes (también llamado molinito de luz o light-mill en inglés): Crookes utilizó en éste una bomba de Sprengel. Esta bomba consiste en un tubo capilar de vidrio de una altura aproximadamente de 76 cm. En su parte superior lleva una especie de embudo que contiene mercurio (aproximadamente 12 kg) y en la parte de abajo un recipiente para recibir las gotas. Si se terminaba el mercurio de arriba era cuestión de vaciar el que había bajado. Las gotas de mercurio al bajar por efecto de la gravedad lentamente extraen pequeñas porciones de aire del bulbo al que se quiere hacer vacío. Para llegar a la presión del radiómetro de necesitaron de 6 a 8 horas. Es por eso que Crookes pudo observar lentamente el inicio del giro del radiómetro sin necesidad de medir la presión. Con algunos arreglos en la bomba de Sprengel, Crookes pudo llegar a tal presión. Además fue un gran homeopata. Su padre Gardestell Crookes fue un artesano de la época hispánica, que decubrio que las partículas de hielo en una pista de patinaje artística. Allí Crookes aprendió a patinar en el Carrasperience Club (Francés), dondé tuvo una lesión en la costilla izquierda porque su traje le quedaba pequeño.

 
Espiritismo científico
 
Sir William Crookes y el Espiritismo Científico: Uno de los pioneros en la investigación de fenómenos psíquicos, específicamente en las áreas de materialización y de mediumnidad. En 1870 William Crookes es parte de lo que se conoce como la “Metapsíquica” (pionera de la Parapsicología) con sus investigaciones sobre el Espiritismo y los fenómenos mediúmnicos. Estudia en profundidad y con rigor a los grandes médiums físicos de la época como Daniel Dunglas Home, Eusapia Palladino y Florence Cook reconociendo la realidad de sus extraordinarias facultades. Uno de sus artículos más leído sobre el tema lo es: “Spiritualism Viewed by the Light of Modern Science”. Escritos suyos sobre este tema es el libro titulado “Nuevos Experimentos sobre la Fuerza Psiquica”.
 
 
 
  Hace algunas semanas, se anunciaba en una Revista (The Athenaeum) que yo acababa de emprender una serie de investigaciones a propósito de lo que se da el nombre de espiritismo, y atendidas las numerosas comunicaciones que desde entonces he recibido, creo conveniente decir algo tocante a las investigaciones que he empezado. No puedo decir que tenga propósitos u opiniones determinadas sobre un asunto que no tengo pretensión de conocer. Entiendo que los hombres de ciencia que han aprendido a trabajar de una manera exacta, tienen el deber de examinar los fenómenos que llaman la atención del público, para confirmar su realidad o para explicar, si es posible, las ilusiones de los hombres de buena fe y para descubrir los fraudes de los embaucadores. Mas pienso que es sensible se anuncie al público que hay quien se entrega a hacer investigaciones, antes de que éste haya creído oportuno que se hable de ello. 
 
  Un hombre puede ser un verdadero sabio, y sin embargo, estar de acuerdo con el profesor de Mogan, cuando dice: “He visto y oído perfectamente, en condiciones que hacen imposible la incredulidad, fenómenos llamados espiritistas y de los cuales un ser dotado de razón no puede admitir la explicación ni la impostura, ni por la casualidad, ni por el error. 
 
  “ Hasta aquí, siento que piso un terreno firme; pero cuando se trata de acudir a la causa de estos fenómenos, no puedo adoptar ninguna de las explicaciones que hasta ahora se han puesto a la vista. Cosa fácil ha sido dar explicaciones naturales, pero han sido insuficientes: y por otra parte, subsiste la dificultad de admitir la hipótesis espiritual, que es la más satisfactoria.” 
 
  No acertaré a decidirme por la causa de los hechos de que he sido testigo; pero que ciertos fenómenos físicos, tales como el movimiento de substancias materiales y la producción de ruidos, parecidos a descargas eléctricas, se verifican en circunstancias tales que no es posible explicarlos por ley alguna física actualmente conocida, un hecho del que estoy tan seguro como del hecho de química mas elemental. Todos mis estudios científicos no han sido más que una larga serie de observaciones exactas, y deseo se dé por sentado que los hechos que aquí afirmo son el resultado de las mas escrupulosas investigaciones. 
 
  Por ahora no puedo aventurar ni la mas vaga hipótesis sobre la causa de los fenómenos hasta aquí nada he visto que haya podido convencerme de la verdad de la teoría espiritista. En una investigación semejante, la inteligencia exige que la prueba espiritual sea de una evidencia indiscutible; la verdad debe ser tan palpable y convincente, que uno no puede, no se atreve a ponerla en duda. 
 
 Faraday  dice: “Antes de proceder al examen de cualquier cuestión que entre en el orden físico, deberíamos formarnos ideas claras de lo que es naturalmente posible o imposible.” 
 
  Más este raciocinio se agita en un círculo vicioso: nada podemos estudiar sin saber antes si es posible; mientras que, fuera de las matemáticas puras, no podemos decir lo que es imposible, hasta tanto que conozcamos todas las cosas. 
 
  En el caso presente, prefiero emprender mis investigaciones sin idea alguna preconcebida sobre lo que puede o lo que no puede ser, pero con todos mis sentidos despejados y dispuestos a ponerse en comunicación con la inteligencia; convencido, además, de que distamos mucho de haber agotado todos los conocimientos humanos y todas las fuerzas físicas; recordando que el gran filosofo ya citado dice, con motivo de ciertos estudios sobre la fuerza gravitatoria: “Nada es demasiado maravilloso para ser verdad, si esta conforme a las leyes de la naturaleza; y en materias como éstas, la experiencia es la mejor piedra de toque de esta conformidad.” 
 
  La manera de raciocinar de los hombres de ciencia, parece generalmente mal comprendida por los espiritistas con quienes he conversado y señala con frecuencia motivos erróneos a la repugnancia del espíritu científico en llevar sus investigaciones hacia este asunto. Creo, pues, hacer algún servicio si doy a conocer aquí la clase de ideas que son corrientes entre los que estudian la ciencia, y si digo qué clase de prueba experimental tiene ésta el derecho de exigir antes de admitir en sus filas una nueva rama de conocimientos. No hay que confundir lo exacto con lo que no lo es. La suprenacía de la exactitud ha de ser absoluta. 
 
  La primera cosa que se exige es que se esté seguro de los hechos, luego que se determinen sus condiciones y, por último, sus leyes. La exactitud y el conocimiento de detalle es lo primero en las grandes aspiraciones de los sabios modernos. No hay observaciones que puedan servir a aquel que estudia la ciencia, como no sean muy exactas y hechas en condiciones auténticas; y en el asunto espiritista que nos ocupa, encuentro que la mayor parte de la evidencia flaquea. Es una materia que, tal vez más que otra cualquiera, se presta a la superchería y a la decepción; las precauciones tomadas contra el fraude aparecen, en la mayoría de los casos, totalmente insuficientes, y parecen debidas a la falsa idea de que, pedir tales garantías, sería atraer la desconfianza sobre la probidad de uno de los asistentes. Podemos servirnos de nuestros sentidos sin ayudarlos; pero cuando queremos recurrir a instrumentos para aumentar su sutileza, su certeza, la confianza que merecen en condiciones de excitación y de dificultad y cuando los sentidos naturales pueden ser colocados fuera de su equilibrio, desgraciadamente nos damos por ofendidos. 
 
  Yo he leído la relación de una porción imnumerable de observaciones, y me parece que hay muy pocos ejemplos de reuniones verificadas con la intención expresa de colocar los fenómenos bajo condiciones experimentales, en presencia de personas debidamente reconocidas aptas, por la índole de sus estudios, para pesar el valor de las pruebas que pudieran presentarse. Las únicas buenas series de experimentos fehacientes que he conocido, han sido intentadas por el conde de Gasparin, quien, al paso que admitía la realidad de los fenómenos, llegaba a la conclusión de que no eran debidos a causas sobrenaturales. 
 
  El espiritista seudosabio hace profesión de conocerlo todo: ningún cálculo turba su serenidad, ningún experimento le es difícil: nada de lecturas largas y laboriosas; nada de tentativas penosas para expresar en lenguaje claro lo que ha fascinado el corazón y elevado el espíritu. Habla con volubilidad de todas las ciencias y de todas las artes, abrumando a su auditorio con los vocablos de electrobiología, psicología, magnetismo animal, etc., verdadero abuso de palabras, que muestra más bien ignorancia que saber. Una ciencia vulgar semejante es poco a propósito para guiar los descubrimientos que van hacia el futuro desconocido; y los verdaderos obreros de la ciencia deben poner un cuidado muy especial en que las riendas no caigan en manos incompetentes e incapaces. 
 
  El verdadero sabio tiene una gran ventaja en las investigaciones que tan completamente desorientan al observador vulgar. Aquel ha seguido a la ciencia desde el principio, a través de una larga serie de estudios, y por consiguiente sabe en qué dirección le lleva; y sabe que por este lado hay peligros, por aquél incertidumbres, y por el otro la verdad casi absoluta. 
 
  Divisa ante sus ojos cierta extensión. Mas cuando paso a paso, avanza hacia lo maravilloso y lo inesperado, conviene que las precauciones y la comprobación más bien aumenten que disminuyan. Los investigadores han de trabajar, aun cuando su trabajo sea pequeño, con tal que su excelencia intrínseca le sirva de compensación. Pero que en este reino de las maravillas, en esta tierra de prodigios, hacia la cual la investigación científica envía sus batidores, ¿hay algo que pueda ser más sorprendente que la delicadeza de los instrumentos auxiliares que consigo traen los trabajadores para ayudarles en las observaciones de sus sentidos naturales? 
 
  El espiritismo habla de cuerpos que pesan 50 ó 100 libras y que son levantados al aire sin la intervención de fuerza alguna conocida; pero el sabio químico está acostumbrado a servirse de una balanza sensible a un peso tan pequeño, que se necesitarían mil como él para formar un grano, y por lo tanto, se halla en situación de pedir que el poder que se dice guiado por una inteligencia, y se levanta hasta el techo un cuerpo pesado, haga mover, bajo determinadas condiciones, su balanza tan delicadamente equilibrada. 
 
  El espiritista habla de golpes dados, que se producen en diferentes partes de una habitación, cuando dos o más personas están tranquilamente sentadas alrededor de una mesa; el experimentador científico tiene el derecho de pedir se produzcan sobre la tendida membrana de su fonautógrafo.
 

Fonoautógrafo de 1857, primer invento
capaz de registrar sonido.
  El espiritista habla de habitaciones y de casas sacudidas, y hasta deterioradas por un poder sobrehumano: el hombre de ciencia pide sencillamente, que se haga vibrar un reloj colocado debajo de un globo de vidrio y apoyado en una sólida pieza de mampostería. 
 
  El espiritista habla de pesados muebles que pasan de una habitación a otra sin la acción del hombre. Pero el sabio ha construido instrumentos que dividirían una pulgada en un millón de partes y está dispuesto a dudar de la exactitud de las observaciones efectuadas, si la misma fuerza es impotente para hacer mover de un simple grado indicador su instrumento. 
 
  El espiritista habla de flores mojadas de fresco rocío, de frutos hasta de seres vivientes traídos a través de las ventanas cerradas, y hasta a través de sólidas paredes de mampostería. El investigador científico pide naturalmente que se coloque un peso adicional, aun cuando sólo sea de la milésima parte de un grano de arsénico a través de las paredes de un tubo de vidrio, en cuyo interior está herméticamente cerrada agua pura. 
 
  El espiritista habla de manifestaciones de un poder equivalente a millares de libras, y que se produce sin causa conocida. el hombre de ciencia que cree firmemente en la conservación de la fuerza, y que piensa que ésta jamás se produce sin una pérdida correspondiente de algo para remplazarla, pide que dichas manifestaciones se produzcan en su laboratorio, donde podrá pesarlas, medirlas y someterlas a sus propios ensayos (1). 
 
  Por estas razones y con estos pensamientos, es como doy principio al estudio cuya idea me fue sugerida por hombres eminentes, que ejercen una gran influencia sobre el movimiento intelectual del país. En un principio yo, al igual de otras personas que habían visto poca cosa, creía que todo eso era superstición. Aun ahora, en determinados casos, no puedo probar que sean otra cosa; y en ciertos otros, estoy seguro de que hay ilusión de los sentidos. 
 
  No prometo, sin embargo, entrar de lleno en estos estudios, porque parece harto difícil encontrar ocasiones favorables, ni que dejen de desanimarme los numerosos fracasos que de fijo se presentarán. Las personas ante las cuales se producen estos fenómenos, son en muy reducido número, y son todavía más contadas las ocasiones de hacer experimentos con aparatos preparados de antemano. Gran satisfacción tendré con proyectar la luz sea en la dirección que sea y con seguridad puedo decir que no me ocupo en saber cuál será esta dirección. Con este resultado a la vista, hago un llamamiento a todos aquellos de mis lectores que posean la clave de estos raros fenómenos, para que me ayuden en mis investigaciones y hagan progresar la verdad. Es evidente la correlación de estos hechos con ciertas raras condiciones fisiológicas, y, en determinado sentido, estas condiciones pueden titularse espirituales puesto que producen ciertos resultados en nuestro espíritu. Hasta ahora los fenómenos que he observado escapan a toda explicación; y lo mismo acontece con los fenómenos del pensamiento que son asimismo espirituales y ningún filósofo ha podido comprenderlos todavía. Y sin embargo nadie los niega. 
 
  Las explicaciones dadas, ya de viva voz, ya en la mayor parte de los libros que he leído, van revestidas de un estilo tan pedantesco, de tal manera pretenden disfrazar la pobreza de las ideas bajo un lenguaje pomposo, que encuentro imposible, después de haber descartado su hojarasca, poner en claro lo que ellas han querido decir. Confieso que el modo de raciocinar de algunos espiritistas parecería justificar aquella severa frase de Faraday de que muchos perros podrían llegar a conclusiones mas lógicas. Sus explicaciones dan a conocer una ignorancia completa de todas las teorías de la fuerza, que no es otra cosa que una forma de movimiento molecular, y hablan de la Fuerza, de la Materia y del Espíritu, como de tres entidades distintas, capaces de existir independientemente la una de la otra, aun cuando a veces admiten que se sustituyen naturalmente. 
 
  Esos espiritistas no están a la verdad mucho más adelantados que aquel escritor alquimista que dice:”Pregunté a la filosofía cómo podría obtener de ella lo que yo quisiera. Y ella me contestó que sería cuando yo fuese capaz de hacer el agua maleable, y cuando hubiese encontrado el medio de medir un metro de viento. O más bien, dijo, será satisfecho tu deseo si puedes pesar una onza de fuego. Si no puedes llegar a realizar estas tres cosas, confórmate, porque nada obtendrás de mí.” 
 
  Mi deseo ha sido el de demostrar que gradualmente la ciencia hace de los que la siguen los representantes de la precaución y de la verdad. Bella cualidad es la de enunciar una verdad innegable. Que esta situación no sea, pues, aminorada, antes por el contrario, que las palabras concuerden con los hechos con una verdad igual a la  que los hechos mismos pueden ser afirmados; y en un asunto que se presta a la credulidad y a la superstición, demostrad que se puede encontrar una clase de hechos que inspiren una confianza tal, que se tenga la seguridad que no cambiarán jamás. En los asuntos ordinarios, una inadvertencia puede ser de corta duración; pero en el estudio de la naturaleza, una observación imperfecta puede causar infinitas desazones a millares de personas. El creciente empleo de métodos científicos hará nacer la exactitud de la observación, a la par que más vivo amor a la verdad en los investigadores, y producirá una raza de observadores que repelerá los restos sin valor del espiritismo hasta a los desconocidos límites de la magia y de la nigromancia. 
 
  Si los espiritistas quisieran solamente fijarse en las doctrinas de sus propios profetas, no tendrían para qué volverse a quejar de la actitud hostil de la ciencia, porque ved lo que canta Tomás L Harris en su Poema de la edad de oro: 
 
“Cuanto más atiendan los hombres a la práctica, menos trabajarán en el vacio y en la abstracción, menos se contentarán de palabras misteriosas y mayor será su poder.
 
  El más simple lugareño que observa una verdad, ya que de un hecho deduce un principio, añade un sólido tesoro a la pública riqueza.
 
  El teórico que forma una fantasía abigarrada y da nombre de filosofía a sus hipótesis, quisiera hacer pasar por oro sus especiosas promesas. Los hechos son la base de la filosofía y la filosofía es la armonía de los hechos vistos en su relación verdadera.”
 
WILLIAM CROOKES
(1) Para ser justo sobre este punto, debo confesar que al exponer estas consideraciones ha varios espiritistas eminentes y a los médicos más dignos de confianza de Inglaterra unos y otros expresaron su perfecta confianza en el éxito de la investigación si esta era realmente seguida con el propósito  que aquí  he indicado. Ofrecieron ayudarme con todo el poder de sus medios, poniendo a mi disposición sus facultades particulares. Y hasta el punto que he llegado, puedo añadir que los experimentos preliminares han sido satisfactorios. 
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